Subido al caballo de su mayoría absoluta (más numerosa en escaños, pero más pobre en votos), lo primero que ha hecho el eufórico Alberto Núñez Feijóo ha sido reclamar a su paisana, la ministra de Fomento, Ana Pastor, que termine el AVE de Galicia en tiempo y forma. No por previsible, la petición deja de ser significativa y, si ustedes quieren, aleccionadora.
A estas alturas, no es necesario ser Germà Bel (precisamente porque sus explicaciones, y las de otros analistas, nos han hecho saber la realidad) para entender que la red del AVE ha sido, de todas las grandes inversiones realizadas por el Estado español en las últimas décadas, la que seguramente tiene la relación más inversamente proporcional entre su coste y su rendimiento. Es decir, que ha sido enormemente cara y ha resultado ser perfectamente inútil. No es, como ha denunciado el mismo Bel más que reiteradamente, un instrumento al servicio de la economía, sino una herramienta política: concretamente, una herramienta pensada para la culminación de un determinado proyecto de cohesión territorial del Estado español. Con el único problema de que se ha demostrado ruinosa. Más de 50.000 millones de euros (que se dice pronto) malgastados en trenes que nadie coge, hasta el punto que el ratio de pasajeros por kilómetro de línea es, en España, de 2,8, la más baja del mundo en el ámbito de la alta velocidad. En un reportaje publicado hace dos años y medio por el periodista Quim Torrent el diario El Punt / Avui aparecía la fulminante ironía que le dedicó el secretario de Transportes de EEUU, Ray LaHood, al entonces ministro de Fomento José Blanco, al visitar España para conocer de primera mano la realidad del AVE: “Ustedes son ricos, nosotros no nos lo podemos permitir”, le espetó. La frase era aún más sangrante si tenemos en cuenta que todo este bien de Dios de trenes ha sido pagado principalmente con los fondos europeos que, durante unos años, permitieron que España fuera bien (para usar la frase inolvidable de Aznar), y que el desvarío del AVE, con sus líneas ferroviarias desde la nada hacia ninguna parte, es de la clase de cosas que le han hecho ganar a España el descrédito financiero y económico internacional, acompañado por una indeseable fama de país derrochador. Así pues, y en vísperas de la petición del rescate general, no parece lo más acertado insistir aún con el juego de trenes. Pero sin embargo, Feijóo pide poder inaugurar su AVE, y su deseo será cumplido. ¿Qué sentido tiene ésto?
Sólo uno: que España es un país en el que absolutamente todo -desde las lenguas hasta el fútbol, desde las infraestructuras hasta la banca- se convierte en un asunto de afirmación nacional. Nacional española, se entiende. A esto hay que sumar el principio de “Nosotros no vamos a ser menos que nadie”, en el que se basa el noventa por ciento de la lógica del sistema autonómico. Y entre el anhelo de afirmación nacional y la realización del demagógico designio que nadie sea menos que nadie, se nos va el dinero público, la credibilidad, las fuerzas y la vergüenza.







