Publicado originalmente en La Opinión núm. 45 del 22/12/1928
El dirigente comunista Joaquín Maurín fue muy crítico con la figura de Pablo Iglesias y las renuncias históricas del PSOE
Los socialistas españoles han conmemorado el tercer aniversario de la muerte de Pablo Iglesias. Han aprovechado la ocasión para quemar ante su tumba abierta hace poco el incienso de su veneración. El pabloiglesismo rinde el tributo de ritual a quien lo creó. Bien es verdad, sin embargo, que los honores de general y la apoteosis deslumbrante, en determinadas ocasiones, bordean el sainete.
En torno de Pablo Iglesias se ha forjado una leyenda de la que conviene deshacerse. Se le ha querido presentar como un creador obrero de excepcional valía, como el forjador del movimiento obrero español.
Nada más lejos de la realidad. Iglesias tenía todas las condiciones de un político provinciano. Era un pequeño cacique en su feudo, que mantenía cerrado completamente. ¡Ay de quien se atreviera a penetrar en el cercado! ¡Ay de aquel que intentara desplazarlo! Era atrabiliario, astuto, «cuco» -como se dice en términos madrileños-. Poseía en grado elevado el don de la intriga. Sabía maniobrar en los pasillos, poniendo zancadillas y moviendo unos grupos contra otros. Su talento es parejo al de los políticos burgueses de su generación. Romanones, Lerroux, Sánchez Guerra en la burguesía eran ni más ni menos que Pablo Iglesias en el Partido socialista. Mediocridades en un país mediocre.
No consintió nunca que en el partido hubiera quien pudiera estar por encima suyo. El jefe vitalicio esgrimió todas las armas para que nadie lo hiciera bajar del estrado.
En el campo socialista español, en la época de Pablo Iglesias, ha habido tres hombres muy superiores a Iglesias y a los que lógicamente correspondía la dirección del socialismo español: Jaime Vera, García Quejido y Perezagua.
Vera, el único teorizante de importancia en el seno del socialismo peninsular, fue siempre rechazado por Iglesias. El pensamiento de Vera no pudo marcar su surco profundo. Iglesias, desconfiando receloso, supo conseguir, acudiendo a todos los medios, que Vera no fuera el cerebro del Partido, como merecía. Apeló al recurso demagógico, migrado, de oponer el obrero al intelectual. La táctica obtuvo éxito, en un medio proletario incipiente, simplista.
En García Quejido había una comprensión política muy superior a la de Iglesias. García Quejido tiene el mérito de haber sido uno de los escasísimos socialistas españoles que tuvieron la intuición justa de cuál era el deber del Partido socialista en relación con la misión histórica del proletariado. Sabé ver con exactitud que el porvenir socialista en España iba unido a la conquista de la Barcelona obrera. Pero la idea estrecha, raquítica, de Pablo Iglesias se impuso. Pablo Iglesias triunfó contra el parecer de García Quejido.
Perezagua ha sido el agitador más valioso que ha tenido el socialismo en nuestro país. Cuando Pablo Iglesias en Madrid iba del brazo con la pequeña burguesía, Facundo Perezagua, en Vizcaya, organizaba a los mineros, creaba la Federación socialista y lanzaba el proletariado de Bilbao a una lucha encarnizada contra la burguesía. El alma del Partido socialista lo ha constituido siempre el núcleo proletario vizcaíno, que Perezagua animó en el período fuerte de su vida.
Desaparecido Vera, no fue un simple azar que Quejido y Perezagua, cuando se produjo la escisión del Partido socialista, en 1921, votaran por la adhesión a la III Internacional, mientras que Pablo Iglesias, con todos los lugartenientes de su escuela, se colocaba enfrente de la Revolución rusa.
Pablo Iglesias no fue nunca un jefe verdadero del proletariado. Prefería buscar el contacto con la pequeña burguesía más que dedicarse a forjar un partido animado por una fe y un impulso proletarios. La primera manifestación de este divorcio, de esta refracción, se evidenció al fijar los cuarteles generales del Partido en Madrid, dejando a Cataluña abandonada al caos anarquista y a la demagogia radical burguesa.
La burguesía puede estar agradecida mucho tiempo al abuelo por este fallo capital. Iglesias consumó así la impotencia posterior del proletariado español, dejándolo dividido y alejado de toda actividad trascendente
Siguió una marcha idéntica a la de la misma burguesía. Toda la dinámica de la política socialista desde la Restauración ha gravitado en torno a una España dual: la industrial y la agraria, en rivalidad constante.
El proletariado podía haber pasado por encima de estas características específicamente capitalistas, con lo cual su fuerza habría sido de importancia decisiva en determinados momentos. Pero Iglesias hizo todo lo posible para que la división adquiriera un trazo indeleble. Y, en efecto, quedaron dos partidos enfrentados, en disputa y discordia incesantes: anarquistas aquí y socialistas allí.
La relativa estabilidad de la política capitalista se ha basado justamente en la anulación del proletariado, producida por esta escisión, cuya responsabilidad recae casi íntegra sobre Pablo Iglesias. En vez de acercarse a Barcelona para conquistarla, huyó de ella, dejándola al capricho del azar. Por razón histórica de evolución ideológica del proletariado, Barcelona, Cataluña, habrían sido socialistas si el Partido socialista lo hubiera querido, si en Iglesias latiera un impulso de anhelos proletarios.
El anarquismo catalán es un fenómeno de romanticismo social, de atraso en la formación doctrinal del proletariado. Su desaparición es obra de una difusión amplia de las ideas marxistas. Además, Barcelona nunca ha sido anarquista. La prueba evidente de ello fue el paso de la gran masa obrera al lerrouxismo, a comienzos del siglo, después de treinta años de anarquización.
Si el Partido socialista lo hubiera intentado, Barcelona y Cataluña, es decir, los grandes focos industriales, habrían sido socialistas. Esto es tan claro como un teorema. Este evento habría alterado por completo la relación de fuerzas sociales, y destruido el sistema de balanceo de la política burguesa, seguido desde la Restauración hasta ahora. El proletariado habría jugado el papel que en todos los países de Europa ha llevado a cabo.
Esto, naturalmente, no convenía a la burguesía. Pablo Iglesias, por incomprensión teórica, y por su propensión a preferir la influencia de masas más próximas ideológicamente a la pequeña burguesía que al proletariado auténtico, trabajó, inconscientemente, sin duda, contra los intereses de su clase.
Sus simpatías y proclividad hacia la pequeña burguesía fueron coronadas aún por la Conjunción republicano-socialista. El partido socialista se alejaba del proletariado para crecer en fuerzas que no tenían nada de obreras, perdiendo, como es natural, su carácter de partido de clase.
La trayectoria política de Iglesias ha sido directa, como una espada: hacia la transformación del PS en un partido de la burguesía liberal.
* * *
Se puede escribir la historia heroica del proletariado español, sus luchas difíciles, sus sacrificios, sin necesidad de mencionar a Pablo Iglesias. Y esto es el juicio más contundente que pueda ser formulado sobre una persona. Un luchador obrero que no está al lado de la clase obrera en las horas graves, ¿puede ser considerado como un verdadero militante de la causa? El militar que durante la batalla permanece emboscado en la retaguardia, es merecedor no sólo del desprecio, sino del enjuiciamiento por traición, por cobardía.
Los acontecimientos culminantes en los anales del movimiento obrero español son: Monjuic, la huelga general de 1902, la semana de julio de 1909, el agosto de 1917 y el período 1919 a 1921.
A finales de siglo, el proletariado de Barcelona era perseguido encarnizadamente. Los anarquistas, revolucionarios, abnegados, heroicos, escribían con su sangre páginas imborrables en los sótanos de Montjuic. ¿Dónde estaba Pablo Iglesias entonces? ¿Qué hizo el Partido dirigido por él con el fin de solidarizarse con las víctimas torturadas? El silencio es complicidad cuando el deber no permite callar.
En 1902, Pablo Iglesias hizo más. El Partido socialista se opuso decididamente a la huelga general del proletariado de Barcelona, explosión formidable que anunciaba futuras tormentas. La gran burguesía y el Estado tuvieron en Iglesias un aliado formidable, que apeló a todo con tal de desacreditar el esfuerzo magnífico del proletariado barcelonés. Al enterarse que las Trade Unions inglesas habían votado una cantidad para ayudar a los huelguistas, Iglesias se apresuró a hacer el triste papel de rompe-huelgas intentando disuadir a las Trade Unions de su propósito. Un agente patronal no habría procedido de otro modo.
Las jornadas de 1909 en Barcelona, transcurrieron entre la ausencia completa de los socialistas. Barcelona se encendió al rojo vivo. El Madrid socialista, ante el volcán en erupción era una tromba de agua. Por principio, por tradición, Iglesias ha estado siempre en el otro lado de la barricada, cuando la clase obrera de Barcelona se ha alzado protestataria y tumultuosa.
En 1917, la defección socialista fue escandalosa. Lo mismo que en los años posteriores, cuando el movimiento obrero nacional se jugaba en luchas encarnizadas el porvenir por mucho tiempo. Cuando uno es un soldado al servicio de la clase obrera, se muere en el campo de batalla con el fusil apuntando al enemigo, como Jaurès, como Liebknecht, como Rosa Luxemburgo, como Zapata, como Matteotti, como Ferrer, como Salvador Seguí. Pablo Iglesias llegó a los setenta y cinco años sin haber conocido la cárcel sino muy brevemente en su juventud. Su muerte causó más impresión en la propia burguesía que entre los obreros. Es natural. Estaba más cerca de aquella que los trabajadores.
El sembrador murió. Pero queda la cosecha. Maravillosa, ¡ciertamente! Si el socialismo no fuera otra cosa que la política seguida por Largo, Besteiro, Saborit, Cordero y demás discípulos de Pablo Iglesias, habría motivo para ser pesimista. En España no hay hoy enemigos peores del socialismo que los socialistas oficiales. La clase obrera, al ver tanta bajeza, tanto servilismo, se aparta asqueada. La Unión General de Trabajadores tenía 218.000 afiliados en 1923. En el Congreso de septiembre de 1928, las cifras oficiales daban 135.000. La baja es enorme. Y los socialistas no podrán quejarse de falta de libertad para realizar sus propagandas.
Cojo al azar un número de «El Socialista». El del 27 de noviembre. Y leo que han celebrado los siguientes actos de propaganda: conferencia de Largo Caballero en Zaragoza, mítines en Antequera y Alhaurín, conferencias de Pastor y Antonio Ruiz en Zaragoza, Congreso de las sociedades obreras de Burgos, mitin en Leganés, conferencia de Sánchez Rivera en Vallecas, mitin en Chamartín de la Rosa, conferencia de Gracia en Redondela, en Ribadavia, en Valladolid, conferencia en Sueca, Congreso del Sindicato Nacional Ferroviario en Barcelona, diversas reuniones sindicales en Madrid…
Nunca el Partido socialista había tenido tanta libertad para sus propagandas como ahora. Durante esto que hemos dado en llamar el viejo régimen, encontraban la concurrencia de anarquistas, sindicalistas y comunistas, y en cierta medida la de los propios republicanos. En cambio, actualmente, todo va de la mejor manera posible. Como en el adagio español: «ancha es Castilla». Nadie les disputa el terreno. Margen completo. Monopolio absoluto -monopolio de Estado, claro-. Los agitadores y propagandistas socialistas recorren España de norte a sur, de este a oeste, predicando las excelencias del pabloiglesismo.
La colaboración de los socialistas a la situación política imperante es bastante sabida, y evidenciada como para que haya que insistir en ello. La presente actitud del Partido socialista es la evolución, lógica, natural, del pabloiglesismo.
Es más: no podía darse otra conclusión.
* La digitalización de este artículo se debe al trabajo de compilación de la versión catalana de Marxist.org
LLIBERTAT.CAT
http://www.llibertat.cat/2014/11/pablo-iglesias-i-el-pabloiglesisme-28668







