¿Por dónde empezar? Quizás las fotografías sean aquello que mejor representa la herencia, el somos. Veo las imágenes del homenaje a los fusilados y arrojados -algunos de ellos aún con vida- a la sima de Otsoportillo e intuyo una sensación de orfandad en los familiares de las víctimas, imágenes perdidas que buscan desesperadamente recuperar la relación con su origen, el recuerdo, la memoria de aquellas personas inocentes, víctimas de un terror planificado y profundamente injusto. Cuya prepotencia sigue ahí. Una juez obliga a restaurar una calle en A Coruña en homenaje a Millán Astray con el peregrino argumento jurídico de que esa concesión data de antes de 1936 y por lo tanto no está afectada por la Ley de Memoria Histórica. Como si las andanzas salvajes de Millán Astray tuvieran paréntesis en la propia historia al margen del alcance delictivo de sus hechos y dichos. El pueblo toledano de Méntrida organiza un acto de homenaje en sus fiestas locales “a los caídos por Dios y por España”. A unos de los caídos entonces. En Cuenca, el alcalde del PP recupera una calle en honor del falangista violento José Antonio Primo de Rivera. Curas que celebran misas de conmemoración del régimen bajo retratos del dictador y otros secuaces. Y la serie podría seguir. Políticas resacosas que se empeñan en permanecer eternas. También en Navarra, donde el Gobierno incumple con arrogancia la Ley Foral de Símbolos de 2004 en lo que se refiere a numerosos elementos de exaltación franquista. La mediocridad de alzacuellos, togas o uniformes que impone el olvido es peor para la dignidad de la memoria que la corrupción interesada de la historia.







