Optimismo a deshora

El darwinismo social, aplicado torpemente a la lucha de clases y eventualmente a la de razas, hoy tiene pocos adeptos. Estar en la cima de la escala social era prueba irrefutable de superioridad no ya biológica sino moral. Cuando yo era muy joven y viajaba por Estados Unidos haciendo autostop, una vez a la salida de Houston me recogió a un conductor con aspecto de potentado. Durante el trayecto me explicó que en Estados Unidos quien no se hace rico o es un zopenco o es una mala persona. Aquella versión tan cruda del sueño americano era el poso secular de la doctrina calvinista, de acuerdo con la que la salvación eterna se refracta en la tierra en el bienestar temporal.

Con las reservas implícitas sobre el peligro de aplicar las ideas científicas donde no corresponde, hay que decir que existen argumentos para trasladar la doctrina de la evolución a la historia y la sociología. La prevención que condena a extrapolarla de la biología para explicar la formación y metamorfosis de los entes sociales tiene todo el aspecto de ceguera ideológica. Recuerda el miedo de los creacionistas cuando se les demuestra que el tiempo y los procesos orgánicos hacen innecesaria la hipótesis de un ‘deus ex machina’. Darwin jubiló el artífice universal al igual que Newton hizo innecesaria la hipótesis aristotélica del motor inmóvil. Darwin escribió que “cuando dos tribus primitivas competían en un mismo territorio, la que tuviera más individuos fieles, valientes y prestos a ayudarse y defenderse entre ellos ganaría y conquistaría a la otra. Una gente egoísta y contenciosa no se cohesiona, y sin cohesión no se puede hacer nada”. La historia catalana es la de una gente incapaz de cohesionarse en torno al interés común más básico, el de la supervivencia como pueblo. La disensión, salvo algunos episodios de solidaridad efímera, explica el hecho de que, a diferencia de otros pueblos de matriz histórica concomitante, los catalanes no se hayan expandido tras el breve período de relativo dominio mediterráneo, pronto clausurado por otros pueblos más cohesionados. Desde entonces, han retrocedido con la sistematicidad expresada por el dicho de que en cada colada perdemos una sábana.

Con la exigua excepción de Alguer, ninguno de los territorios conquistados por los catalanes conserva la lengua ni apenas la cultura salvo algún elemento residual. Tampoco se conservan en ninguno de los países de emigración catalana. Los rótulos de algunas calles de San Francisco exhiben nomenclatura catalana, pero nadie sabe su historia. América Latina está llena de apellidos catalanes, pero los portadores a menudo no tienen conciencia de ello. Ahora mismo tengo en clase a una estudiante con los dos apellidos catalanes, pero ni ella ni sus familiares, radicados en Madrid, tienen memoria genealógica alguna del origen. La diáspora catalana nunca forma comunidad ni exhibe continuidad. Históricamente, el catalán se funde dentro de la sociedad de llegada y raramente deja rastro en la segunda generación. Con el tiempo, la indiferencia a la conservación de los rasgos colectivos se ha reabsorbido en la sociedad de origen y opera en el interior del país. Ahora es la inmigración, más que la emigración, la que actúa como un ácido sobre la cultura y la lengua sin que los naturales reaccionen, como lo hacen los organismos sanos frente a los retos del medio. Cohibidos por un catecismo ideológico que no tiene otro objetivo que neutralizar el instinto de supervivencia, los catalanes se encargan de la propia represión, como lo hacía el ‘JüdischerOrdnungsdienst’, la policía judía de los guetos. Colaboran con ella los partidos, convertidos en dóciles al Estado con la vana ilusión de que así aplazan el golpe definitivo. Colaboran los medios haciendo un chivo expiatorio y unos intocables del único partido que sacude el sueño ideológico de los políticos mientras la vida catalana se apaga por falta de “individuos fieles, valientes y prestos a ayudarse y defenderse entre ellos”.

Quizás Cataluña evolucione hacia una especie diferente de sociedad y dentro de unas décadas no quedará más que una lengua muerta y una cultura fósil. Ésta no es ninguna prospectiva temeraria; es más bien una bastante probable. Y sobre todo una que duele. Por eso han salido últimamente voces que llaman al optimismo, como si el optimismo fuera el ungüento mágico para todos los males y no la droga con la que el país ha alucinado hasta llegar al Primero de Octubre. La situación es tan desesperada que algunos piden responsabilidades a quienes describimos la realidad de forma fiel a la imagen que nos llega y no al servicio de las necesidades analgésicas de quienes piensan conjurar el desastre consolidando su rumbo. Que haya periodistas que piden castigos para quienes hacemos sonar la alarma es la prueba de que el doctrinario progresista cada vez se asemeja al de la Falange cuando preceptuaba el optimismo al final de los Puntos Iniciales del manifiesto fundacional.

No hay mala intención en el fanatismo con el que los progresistas condenan a quienes nos negamos a pintar de rosa las puestas de sol. Tampoco la había en sus precursores fascistas, no menos idealistas que los radicales de hoy. Lo que hay es estupidez culpable o, quizás más razonablemente, una pereza epistémica considerable que les aboca al ‘panglosismo’, la doctrina establecida por el famoso personaje de Voltaire (1). Como dice el antropólogo Lionel Tiger en el libro ‘Optimism: TheBiologyof Hope’: “Los seres humanos tienden a ver conscientemente lo que quieren ver. Literalmente, tienen dificultades para ver las cosas con connotaciones negativas y, en cambio, ven con mucha facilidad los elementos positivos”.

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Pangloss

EL MÓN