Onda expansiva

Las bombas no discriminan. Si en Barcelona o Sabadell o en Tarragona cayera un atentado tocaría a quien pasara por delante, sin preguntar preferencias políticas o la marca del vermut. Es por la elemental naturaleza de la onda expansiva que la denuncia de los Mossos ante la Audiencia Nacional es un espejo tan limpio.

Denuncian los Mossos que la Policía nacional alertó a un grupo de terroristas de que los estaban investigando. Según Antonio Baquero y Mayka Navarro, de El Periódico, los mensajeros, informantes de la Policía, lo confirmaron ante el juez. También el mosso que se jugaba la vida infiltrado en la célula. Del ministro responsable, Jorge Fernández Díaz, tenemos esfuerzos lakoffianos. Mientras el día de la detención vinculaba soberanismo y yihadismo, el jueves, en medio de la tormenta, declamó: “La lucha antiterrorista y la política antiterrorista deben ser de Estado y no se pueden dejar en manos de los que no tienen el más mínimo sentido de Estado”. Lucha y política: distinguibles.

Es una batalla diplomática. Afuera preocupa averiguar si el Estado catalán sería tanto o más efectivo que el español contra el terrorismo. Barcelona, la cuarta ciudad no capital con más consulados -Nueva York, Hong Kong, Hamburgo-, es el tablero. El reportaje sobre agentes extranjeros comprando en el Bonpreu, como tantas rugosidades del país, no tiene quien la escriba.

Las declaraciones del ministro son el afán de Rajoy. El Estado que nos protege las ciudades las trata como a los agentes extranjeros de la novela que aún no se ha escrito: primero la política. Y la claque local o lo esconde o celebra el oprobio: primero la política.

Es recurrente: la prioridad de los gobiernos estatales no ha estado nunca en Barcelona, Sabadell o Tarragona, la más elemental de las razones de Estado, que es la vida, sino el actual mercadeo de intereses y cobardías, a tanto la lenteja. Todavía colaboramos y vamos perdiendo. Mira los puertos: tesoros geográficos, abismos geopolíticos. Mira aeropuerto, Cercanías, el corredor de mercancías. Los entornos metropolitanos de Tarragona y de Barcelona (la cuarta aglomeración urbana del continente y la tercera del Mediterráneo) serían turbina logística del sur de Europa. Pero preferimos discutir del léxico de Ada Colau, en lugar de los silencios de los candidatos. La culpa, como la cosa, es nuestra.

El mundo es de ciudades aceleradas, vitales, reconciliadas con su personalidad, con margen para traicionarse: colisiones de electrones y neuronas, luz y libertad. Pero una Barcelona así es una amenaza, desplazaría el centro de poder -también hacia dentro- y la onda expansiva llegaría hasta Valencia, Zaragoza y Perpiñán. Nos falta una ambición a la altura, catalufos.

Las bombas, como la prosperidad, no entienden de preferencias ideológicas, pero los ministros sí. Y los alcaldes también.

La Vanguardia 16 de mayo 2015

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