O la independencia o el independentismo

Ser independentista tiene ventajas y dificultades pero tiene una característica curiosa: puedes estar muy solo. El independentismo permite escisiones hasta el infinito y, en función de formar parte de una minoría muy minoritaria, reivindicar que se guardan en un cajón las esencias políticas más puras para evitar que las mayorías impertinentes las ensucien con su heterogénea característica.

La independencia es otra cosa. Luchar por la independencia es asumir que, como todos los países mínimamente democráticos del mundo, el tuyo será un país diverso. Un país con personas de derechas, de izquierdas, personas que ni saben si son de izquierdas y derechas, e incluso antidemócratas o apóstatas de la propia nación. Es la gracia de ser independiente y ser demócrata: asumir que la propia opción política, por válida que parezca, sólo gustará a una parte del país y que tocará convivir, respetar y esforzarse para que la democracia preserve el resto de opciones.

Y el camino hacia la independencia ya es un poco eso: entender que cada uno defiende de forma legítima sus proyectos políticos pero entender, sobre todo, que sólo desde el profundo compromiso con el movimiento de liberación nacional -que, vuelta a empezar, será diverso y hasta incluirá antagonismos desde una perspectiva ideológica- se puede mantener una unidad de acción que genere y mantenga una mayoría social suficiente para culminar el proceso de independencia.

Hace sólo diez años nos hubiera parecido imposible que Convergencia y Esquerra compartieran un mismo grupo parlamentario con un único objetivo: la independencia. Hace sólo cinco años, nos habría parecido marciano que este grupo parlamentario contara con el apoyo de las CUP. Y nos habría parecido impensable porque éramos incapaces de imaginar una unidad de acción política que ha sido posible, también, gracias a una sociedad civil organizada que ha demostrado que éste era el clamor del independentismo.

Contamos, claro, con que el Estado español utilizará los tres poderes que nunca ha separado para destruir esta unidad de acción. Pero resultaría inexplicable que el final de esta lección de democracia fuera provocado desde las propias filas independentistas. En todo caso, sólo se explicaría porque alguien o algunos prefieren ser independentistas que independientes.

El 24 de septiembre de 2015, un exdiputado de la CUP escribió y publicó un tuit valiente y significativo: ‘Nunca hubiera pensado que a las puertas de la fundación de una República y la apertura de un proceso constituyente, habría una izquierda bloqueante’. Es exactamente eso y estoy convencido de que ahora no pasará. No nos lo vamos a permitir porque no nos lo podemos permitir. El 27S emitimos un mandato democrático que no puede ser defraudado por ninguna de estas tres fuerzas políticas.

EL MÓN