Nueva política, viejos intelectuales

He encontrado gracioso que el dirigente de Podemos, Pablo Iglesias, representante de la supuesta nueva política, haya recurrido al viejo tópico del intelectual que “necesita volar” para explicar la escapada de su amigo Juan Carlos Monedero. Iglesias ha declarado que a Monedero el partido “le quedaba estrecho y le impedía desplegar sus alas” y que su “aguijón crítico” sería más útil “sin la presión de la responsabilidad orgánica”. Vaya: nos lo ha descrito como aquel intelectual cuya libertad se opone al compromiso político concreto. Incluso está bien que haya hablado de “volar” y no de vivir recluido en su torre de marfil, que, vistos los precios a los que le pagan los informes académicos, podría haber sido también una imagen acertada.

No me detendré, sin embargo, en valorar las declaraciones durísimas del uno, refiriéndose a la deriva política de Podemos como “salvoconducto para la mentira, el engaño, la traición y las malas artes”. Ni a las palabras contemporizador de otro, que justificaba la “dimisión” del primero asegurando que la política exige una “flexibilidad” que, entendía, el intelectual no tiene. Y no lo haré porque me las tendría que tomar como expresión de opiniones francas, y más bien me parecen propias de una confrontación de tácticas electoralistas, de personalismos inconfesables y de ganas de huir de estudio para minimizar la crisis. Sería absurdo, pues, pensar que detrás de estas declaraciones a los medios hay un planteamiento argumental riguroso que haya que discutir.

Sin embargo, de la diatriba verbal y del intento de reconducción condescendiente, me interesa un aspecto de fondo. Me refiero a la necesaria -según mi parecer- tensión colaborativa entre el político de acción y el intelectual crítico. Porque entre el intelectual orgánico de Gramsci, al servicio de la justificación de unos intereses de clase o partido, y el que vive encerrado en la torre de marfil celoso de preservar la asepsia de su pensamiento, también cabe la del ‘intelectual independiente de criterio y a la vez comprometido con la verdad y libertad universales y la justicia y el bienestar particulares, un modelo cercano al defendido por Mannheim.

De la dificultad del papel del intelectual crítico y a la vez comprometido ya había escrito con acierto Jean-Paul Sartre en ‘Plaidoyer pour les intellectuels’ (Gallimard, 1972), publicado en catalán con el título ‘Defensa dels intel.lectuals’ (PUV , 2006). Sartre pone el acento en la “soledad” del intelectual, un “hombre de más” y con un papel “inasimilable”, “sospechoso para las clases trabajadoras, traidor para las dominantes”. Y recuerda que “el poder, sea cual sea, quiere usar los intelectuales para su propaganda, pero se desconfía y siempre empieza las purgas por ellos”. Y en este “sea cual sea”, pongamos el poder político, el económico, el mediático o el de una ONG o la sociedad civil en general.

Sostengo, pues, que si bien es cierto que la relación entre pensamiento y acción, entre intelectual y político, es inevitablemente tensa, es esa misma dialéctica la que garantiza el compromiso del primero y la autocrítica del segundo. Y sostengo que es una muy mala noticia que esta tensión no se sepa buscar y mantener. En el caso de Iglesias y Monedero, la ruptura ha sido explícita y radiada en directo. Pero en la mayoría de otros partidos, existe de manera más o menos soterrada. La crítica de una acción política envía al intelectual a las listas negras, con la misma celeridad que una aprobación los convierte en propagandistas sin habérselo propuesto.

La ruptura de la tensión entre Iglesias y Monedero, pues, es síntoma de retroceso de Podemos hacia la vieja política. Un lugar del que, los que ya están en ella, tampoco dan señales de saber o querer salir.

ARA