La recuperación del denominado Palacio del Condestable, sito en Iruñea, es ocasión que permite reflexionar sobre determinados aspectos de nuestro devenir histórico y el futuro de nuestro Patrimonio. Nos encontramos ante un notable edificio que recoge al mismo tiempo elementos notables de índole artístico y monumental, con otros de gran simbolismo político y cultural en general. Podría ser calificado en principio de edificio de interés privado, pero que encierra igualmente rasgos de carácter público. Para muchos es conocido que el citado Palacio perteneció a la familia española de duque de Alba ¿Cómo llegó esta familia a posesionarse de tal edificio? Para un linaje que se ha encontrado siempre en los entornos del poder, habrá costado pocos esfuerzos hacerse con un inmueble que, en el conjunto de los que ha poseído, no se encuentra en lo más alto de la escala de la consideración. Siglos hace que ningún Alba ha puesto los pies en el mismo y no existe ninguna relación afectiva entre familia nobiliaria e inmueble. A decir verdad, el edificio tampoco surgió por iniciativa de la citada familia.
El título de condestable del Reyno de Navarra recayó en la familia de los condes de Lerín, quienes en el proceso de esquilmación del Estado navarro y desarraigo del mismo, terminaron por fundirse con los Alba españoles. Los Lerín constituyen el paradigma de familia nobiliaria navarra decidida implementar el feudalismo bajo-medieval. A pesar de su poder e influencia tuvieron que esperar a la conquista española durante el primer tercio del siglo XVI, para conseguir sus objetivos de imponer los intereses familiares a los del Estado navarro. En ese momento, no se contentaron únicamente con el título de condestable, sino que usurparon igualmente el de Canciller del Reyno. Todavía en la década de los años 50 del pasado siglo el titular de la casa de Alba tenía la pretensión de que se le pagasen los cuarteles y alcabalas de sus dominios navarros, votados por las instituciones navarras para hacer frente a las exigencias españolas de pago del denominado “donativo gracioso y voluntario” y que la monarquía española transfería a sus amiguetes nobles y, según parece, en el tesoro acumulado por esa familia de parásitos se guarda el sello de canciller de Navarra que robaron ¡Y luego seguirán algunos hablando de Revolución liberal!
La familia de los Alba, por su condición de condestable tenía asiento en Cortes del Reyno. Éstas en repetidas ocasiones pretendieron que el duque residiese en Navarra, por resultar afrentoso que un cargo como el suyo no tuviera relación con Navarra. Todos los esfuerzos resultaron baldíos y de hecho, el patrimonio del ducado en Navarra dependía de un administrador, quien era el principal beneficiario de sus rentas, situación que se había generalizado en la mayor parte de las casas nobiliarias navarras, asentadas Madrid y ligadas a España. Todas ellas parasitaban a Navarra y fueron responsables del deterioro que sufrió el Estado Navarro, a raíz de la crisis del Imperio español, sobrevenida al inicio de la Edad Contemporánea, que culminó con la desaparición del sistema foral y la implantación de la ley de 1841, que algunos llaman paccionada.
En lo que se refiere al edificio del Palacio que aquí nos ocupa, los encargados de su rehabilitación han desconocido la utilización del mismo como casa de vecindad, función que ha marcado notablemente la trayectoria del mismo. Así, durante la primera mitad del siglo XIX se encontraba dividido en varias viviendas, en las que se acomodaban personas de diversa consideración social, utilizando las dependencias del inmueble de acuerdo con esa misma condición y actividad económica correspondiente.
El palacio tenía cuatro puertas abiertas a la calle Mayor. La más importante correspondía a la parte del edificio más destacada. Tal parte comprendía la vivienda principal con fachada a las dos calles, Mayor y Pellejerías, con entrada por la puerta principal, exclusiva para esta vivienda, la vivienda se desarrollaba en altura. Seguía otra puerta por la que se accedía a la cochera del palacio, patio interior y un cuarto, sin incluir ningún tipo de vivienda y luego otras dos puertas, que facilitaban el paso a viviendas respectivas. Resulta difícil determinar hasta qué punto esta distribución se correspondía con la estructura original del inmueble, aunque la presencia de la cochera y patio interior permite pensar que tal estructura fue respetada.
Por la parte de Pellejerías hay constancia de una puerta integrada en la estructura del inmueble, que facilitaba el acceso a dos viviendas. Los inquilinos, en este caso ocupaban plantas superpuestas, aunque el de la primera planta tenía derecho sobre el granero y un cuarto bajero localizados en la planta baja. Anexa al edificio se encontraba otra casa -denominada del Patio- parece corresponder al edificio gótico que permaneció en pie hasta los años setenta del pasado siglo, que muchos teníamos la esperanza de verlo recuperado, pero que, una vez más, la desidia e ignorancia de las autoridades municipales entregaron a la piqueta. Me apoyo en estas explicaciones en la presencia de una puerta con dintel que ha sido conservada en una zona del edificio que presenta un resalte en altura. La casa del Patio se correspondería con el espacio amplio que hoy existe en lo que se llama Rincón de la Pellejería. A señalar que los duques poseían en la misma calle de la Pellejería y frente al Palacio otra casa de inquilinos con dos viviendas, bodega y tienda para vender el vino allí mismo elaborado.
A la hora de valorar el resultado de la denominada rehabilitación, es obligado alabar la recuperación de amplios espacios, especialmente si estos responden a la estructura original -no se ha de perder de vista que nos encontramos ante un edificio de valor histórico, condición que ha de obligar en todo momento al rehabilitador- la recuperación de elementos auténticos, aunque pertenecientes a distintos momentos de la Historia del edificio, debe primar, atendiendo al valor de los mismos. En este sentido la recuperación del patio interior también es encomiable, al igual que la restauración de ciertas pinturas que, sin ser originales, han tenido una función destacada en el edificio.
Entre los aspectos cuestionables de la rehabilitación se encuentra el tratamiento que se ha dado a paredes interiores y exteriores. Siempre cabía reponer los elementos originales que pudiesen faltar en el conjunto de la estructura. No parece tener mucho sentido que se haya recuperado la galería de arcos superior de la fachada de la calle Mayor para ocultar bajo cemento sus elementos auténticos. En algún arco escarzano interior las dovelas del abocinamiento parecen querer salir al exterior. Otro detalle desafortunado es el tratamiento que se ha dado a dos columnas renacentistas que encuadraban la amplia escalera que asciende desde el patio a la planta primera. Tales columnas debían seguir encuadrando la escalera, sin embargo, se ha preferido dejar huérfana a una de ellas y la otra ha sido colocada en el balcón de la primera planta de la recuperada esquina, en un detalle muy posmoderno, pero poco renacentista ¡Cuando dejarán estos arquitectos de comportarse como decoradores que actúan sobre materiales perecederos!








