El magnífico reportaje de Xavier Montanyà sobre Xavier Vinader, que TV3 ofreció anteayer, pone de relieve las sombras más oscuras de la transición española. Si no lo ha visto, se lo recomiendo. Es contenido en las formas, pero radical en el fondo. La transición española, que nos vendieron como una transición modélica, tenía muy poco de modélica. La pervivencia del Estado franquista, sin Franco, y después la asunción por parte del PSOE de la guerra sucia ilegal -el peor legado de la dictadura- obligan a repensar todo aquel periodo. La escena en que Felipe González dice que la democracia se defiende en las cloacas, vista hoy, hace vomitar. Pero, vista el día que la dijo, a mí me dio mucho miedo. Me acuerdo perfectamente.
Pero hay que entender cuál es la base de esta decepción. Y la base es que la transición no fue una ruptura, sino una derrota atenuada de las fuerzas democráticas, que se encontraron obligadas a pactar con el franquismo. Esta es la diferencia con Portugal o Grecia, esta es la diferencia con Alemania. Aquí no se derrotó al franquismo. Y la transición se diseñó con una doble lectura: aparentemente era la derrota del régimen, pero en la práctica era, también, la salvación de los suyos. El caso más claro, la ley de amnistía, que vivimos como un triunfo democrático y que, aunque fue un cierto triunfo democrático, con los años se vio que era especialmente una ley de punto final destinada a proteger a los franquistas. Se puede comprobar aún hoy, con ocasión de la querella argentina.
No hablen, pues, de un pasado remoto. Esta semana PP y PSOE han impedido que se ilegalizasen los partidos fascistas y de extrema derecha. También esta semana la ONU ha vuelto a exigir al gobierno español que reabra las fosas donde yacen, aún desconocidos, los muertos de la República. Y, para terminar de aclarar a quien apoya el Estado, esta semana hemos visto cómo un diplomático español rendía homenaje a una unidad nazi, la División Azul. Y no ha pasado nada.
El año que viene hará cuarenta años de la muerte de Franco y, por tanto, del fracaso de la transición. Es evidente que, viniendo de la dictadura, el régimen juancarlista era mejor. Pero, visto con la perspectiva de hoy, y sobre todo desde la posibilidad de ruptura real que significa ahora la independencia, se hace difícil no preguntarse cómo es que, como país y como ciudadanos, hemos aguantado tanto sin tomar ninguna decisión fuerte y rotunda. Y la verdad es que muchas de las respuestas posibles son muy tristes y muy inquietantes.
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