
D.P.
Si España fuera realmente una (grande y libre), no necesitaría defender su unidad a sangre y fuego, como viene haciendo desde hace más de quinientos años. Y, por otra parte, no es casual que los genocidas que impusieron la falsa identidad española masacrando, expoliando y expulsando a los diferentes pasaran a la historia como los Reyes Católicos, ni que fueran ellos los inspiradores del franquismo, que adoptó sin reservas su heráldica, sus lemas y sus símbolos. La admisión de lo falso y lo irreal solo se puede llevar a cabo desde el delirio y solo se puede imponer con la violencia extrema. Los hechos objetivos acaban imponiéndose por sí mismos —por más que algunos se empeñen en negarlos—, pero las mentiras hay que repetirlas miles de veces, como decía Goebbels, para que los necios se las crean; y a quienes no se las creen hay que amordazarlos.
A primera vista, resulta sorprendente que entelequias como la supuesta virginidad de María o la doble naturaleza de su hijo hayan sido defendidas a lo largo de los siglos con la mayor brutalidad; pero la tradicional alianza de la Iglesia con los poderes establecidos hace de la quema de herejes —la defensa a ultranza de los dogmas— una necesidad de supervivencia, tanto para la primera como para los segundos. Y aunque ya no se puede quemar vivos a los herejes ni perseguir a los infieles, se puede seguir criminalizándolos, y el nacionalcatolicismo actual necesita continuar haciéndolo tanto como sus antecesores, los Reyes Católicos y Franco.
No es casual que el proceso de fascistización acelerada de Occidente iniciado con el pretexto del 11-S coincida con un proceso igualmente acelerado de romanización de la Iglesia (disfrazado de aggiornamento), con la reactivación del Santo Oficio —ahora denominado Dicasterio de la Fe— y con el cuestionamiento sistemático —sistémico— de la teología de la liberación y del cristianismo de base.
El poder de la Iglesia, que a veces subestimamos o creemos en declive, sigue siendo enorme (después de tres desamortizaciones, aún es la mayor propietaria de bienes inmuebles del Estado español), y el nacionalcatolicismo de Franco e Isabel la Católica, de la Inquisición y el Malleus Maleficarum, del Opus Dei y la Conferencia Episcopal, es para muchos, en estos momentos críticos, una opción tan tentadora como lo es el fundamentalismo islámico en otras latitudes, y por los mismos motivos.
Si el PP y Vox apuestan por ir a la caza del voto fundamentalista, es porque saben que esa es, hoy por hoy, su mejor estrategia electoral. Dicho de otro modo: están apostando por la fascistización de una burguesía y un proletariado sin conciencia de clase cada vez más asustados; una fascistización a la española, de cerrado y sacristía, de espíritu burlón y de alma quieta…
La segunda transición
Durante el franquismo, los progresistas sufrían en sus propias carnes los rigores de la represión y no tenían más opciones que la resignación o la clandestinidad. Pero, en un país desarrollado, al poder le sale más a cuenta comprar a los progresistas que reprimirlos, y así, con la autodenominada «transición democrática», la mayoría de los intelectuales y de los militantes de izquierdas se dejaron estabular dócilmente a cambio de pasto seguro y un pequeño reducto de permisividad en el que retozar. El progresista se cortó la coleta subversiva y se convirtió en progre. Y se creó un partido político a la medida de este progresista apocopado, un partido de aluvión apresuradamente articulado alrededor de un núcleo pequeño, pero prestigioso; combativo, pero dentro de un orden. Y en poco, poquísimo tiempo el PSOE se convirtió en la primera fuerza parlamentaria del Estado español, en el principal dique de contención de la verdadera izquierda, en el mayor fraude político de nuestra historia reciente. Y en la coartada perfecta para millones de progres.
Es lo mismo que sucedió —y sigue sucediendo— con el cristianismo: en su nombre y para la supuesta defensa de sus ideales de igualdad y fraternidad, se constituyó la Iglesia Católica Apostólica Romana, la gran gestora del miedo y la ignorancia, impulsora o cómplice de los mayores atropellos de la historia, soporte moral de la aristocracia y de la alta burguesía depredadora. No es casual que la Iglesia haya servido de inspiración y modelo a mafias, partidos políticos y multinacionales, sobre todo en la católica España.
Pero la plena aceptación de la moral cristiano-burguesa requiere un grado de ofuscación o de hipocresía excesivo, inasumible para los sectores más ilustrados de una sociedad desarrollada. Solo un necio o un canalla puede defender, a estas alturas, la barbarie neoliberal, la represión sexual, la supremacía masculina o la criminalización del aborto, por lo que era necesario articular un discurso alternativo (pero no radicalmente distinto) al del nacionalcatolicismo tradicional: había que crear una seudoizquierda que sirviera de refugio y coartada a los progres. Y hay que reconocer que el PSOE, con la interesada colaboración de la más poderosa máquina mediático-cultural del país y de un importante sector de los sindicatos y de otros partidos supuestamente de izquierdas, ha hecho un buen trabajo. Hay muy pocos intelectuales que no hayan vendido su voz o su silencio, y los jóvenes revolucionarios de los setenta se han convertido, en su mayoría, en ejecutivos agresivos o funcionarios obedientes.
La represión y la caspa del franquismo no han dado paso a la libertad y la dignidad, sino a la seudolibertad del consumismo y la suprema indignidad de la impostura. Los progres de la «España democrática» (las comillas indican el uso irónico de ambos términos) son gourmets y llevan trajes de Armani, ven el cine de Almodóvar y de Amenábar, admiran a Woody Allen y a Paul Auster, escuchan a Serrat y a Sabina… La elegancia superficial y la superficialidad elegante son sus emblemas, sus señas de identidad. Han sustituido el mito del héroe por el del antihéroe, a John Wayne por Humphrey Bogart, a Hércules Poirot por Philip Marlowe; han sustituido el compromiso y la lucha por el glamour y el talante. Pero su impostura es cada vez más difícil de mantener, no solo ante los demás, sino también ante sí mismos. Tras la infamia de los GAL y otras manifestaciones flagrantes de fascismo explícito, ya no basta con ser moderadamente tonto para creer que el PSOE es un partido de izquierdas: hay que ser tonto de remate. Ante las pruebas irrefutables, cada vez más difíciles de ocultar, de que el maltrato y la brutalidad policial son prácticas sistemáticas —sistémicas— e impunes, hay que estar muy desinformado o ser muy obtuso para seguir pensando que esto es una democracia. Y si para algo está sirviendo la actual crisis económica es para que cada vez más personas se den cuenta de que el país sigue estando en manos de una oligarquía criminal que, una vez más, pretende que sean las trabajadoras y los trabajadores —y las/os inmigrantes, sobre todo las/os inmigrantes de usar y tirar— quienes paguen los platos rotos de un mercado que solo es libre para los ricos.
Se impone, pues, una segunda transición, un nuevo «cambio» (recordemos que esta fue la palabra fetiche del PSOE de Felipe González) hacia un capitalismo supuestamente nuevo, un nuevo traje nuevo para el emperador de siempre. Seguramente asistiremos a un nuevo Pacto de la Moncloa, a un nuevo acuerdo entre ladrones de guante blanco y bota de hierro. Pero esta vez lo tendrán más difícil. Solo podrán engañar a los que quieren ser engañados, a quienes dicen que votan con la nariz tapada, pero sin aclarar que tienen que taparse la nariz para no percibir su propio hedor. Y esa es una buena noticia. La mala noticia es que el desenmascaramiento de la seudoizquierda puede fortalecer el otro gran engaño, el mayúsculo y primigenio, el que es inasequible a la razón porque apela a verdades reveladas e inmutables. Y podríamos asistir a un nuevo auge de la religiosidad politizada, del nacionalcatolicismo más rancio.






