La fiesta de San Juan es la fiesta nacional de los Países Catalanes, una fiesta que nació hace medio siglo en la Cataluña del Norte y que a lo largo de este tiempo, a través de la Llama del Canigó, se ha extendido por toda la nación con el fin de mantenernos cohesionados ante las agresiones políticas, identitarias, lingüísticas y culturales que recibimos por parte de los estados español y francés. De todos modos, la celebración de la edición de este 2014 es más pertinente que nunca porque se han exacerbado los ataques provenientes de España en clara aplicación del plan FAES de hacer posible en el siglo XXI lo que Franco no consiguió el siglo XX: el descuartizamiento de los Países Catalanes.
La lengua es el alma de los Países Catalanes, es la columna vertebral de la nación, es su elemento de cohesión, y es lógico que concentren tantas energías en su aniquilación. Si el dicho afirma “muerto el perro se acabó la rabia”, España añade: “muerta la lengua, muerta la nación catalana”. Esta es la razón por la cual los planes de exterminio lingüístico son tan feroces en las zonas gobernadas por el PP y tan persistentes en el Principado mediante leyes hechas en Madrid. De hecho, los intentos de establecer denominaciones diferentes para el catalán, a fin de romper su unidad lingüística, persiguen este objetivo: reducir el “problema catalán” a cuatro provincias en el seno de las cuales el catalán se convertiría en una lengua meramente doméstica e informal.
Nos equivocaremos, por tanto, si nos mostramos indolentes ante las agresiones en el País Valenciano, en las Islas y la Franja. Es la misma lengua, es el mismo pueblo, es el mismo edificio lo que atacan. Y si lo miramos como si fuera un asunto externo, si adoptamos la actitud pasiva del vecino que, mientras no llamen directamente a su puerta, no se siente agredido ante el desalojo violento del edificio donde vive, la agresión se nos llevará sin darnos cuenta de ello. En este sentido, me ha sabido mal que el presidente Mas decidiera apoyar a Felipe VI en Madrid, símbolo máximo del reino que nos aplasta nacionalmente, y que no hiciera lo mismo -ni siquiera en visita informal y en mangas de camisa- con el profesor Jaume Sastre, que ha estado cuarenta días en huelga de hambre en Palma en defensa de la lengua. La lengua del presidente Mas, la lengua de las Islas, la lengua del Principado, la lengua de los Países Catalanes. ¿Por qué merece más atenciones y honores Felipe VI que Jaume Sastre? ¿Por qué honramos a los que nos aplastan y olvidamos a los que nos defienden? Se puede decir que apoyar a Felipe VI es sólo un gesto diplomático y de buenas maneras. Muy bien, de acuerdo. ¿Pero por qué no extendemos estas “buenas maneras” a una persona que no ha dudado en poner en peligro su vida para salvar a un bien común como la lengua? ¿Por qué dedicamos buenas maneras a unos y a otros no? En todo caso, esto nos da la medida de la importancia de celebrar la Llama del Canigó este 2014. Ya se ha visto que la lengua la salvan las actitudes individuales.
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