Susan Sontag, en su libro ‘Ante el dolor de los demás’, meditó sobre la representación del daño en las imágenes fotográficas. Es un texto valiente y perspicaz, en el que escribió que “lo que se denomina memoria colectiva no es el hecho de recordar sino estipular que ‘eso’ es importante”.
El atrevimiento de Sontag es aseverar que la memoria es una decisión, una indicación que procede de una elección. Por eso he dicho que el texto es valiente, por lo menos ante quien considera que la memoria es una evidencia natural, establecida a perpetuidad y portadora de un mandato imperativo blindado a cualquier modificación de los herederos, un tótem que reclama actos de adoración a determinadas expresiones del pasado concluyendo que nada se puede tocar, en lugar de asumir y mirar el pasado como un rescate patrimonial histórico, y en consecuencia eventual (pero no arbitrario), y mudable (pero no frívolo). ¿Para qué debería servir un patrimonio si no es para interpelar y decidir su uso, el provecho o el rechazo ?: “‘Eso’ es importante”, dice y subraya con picardía Sontag. O sea, “atrévete a decidir”. Y sí, para mí Sontag tiene razón.
Esta posición sintetiza una corriente de análisis memorial que ha ido creciendo en tamaño, calidad y gestión a medida que las actitudes imperativas se revelaban inútiles para comprender cómo se formaba la memoria pública y qué se podía hacer. Me refiero a la propuesta de considerar la memoria como un fenómeno de indicación, un trabajo de nominación y posesión, orientado y gestionado por necesidades culturales y políticas: tú -o ‘eso’ – me importas; tú -o ‘aquello’- no. Este es uno de los motivos por los que la memoria expresa litigios humanos y políticos a través de metáforas y símbolos. Encubrir la naturaleza conflictiva de la memoria y sus diversos soportes expresivos -nombres, placas, himnos, monumentos…- ha generado problemas y malestar, y los últimos cuarenta años son prueba empírica de ello. La voluntad administrativa de pacificar los recuerdos proponiendo un solo discurso simbólico se ha sostenido en tres sofismas: suturar heridas, equiparar víctimas e inmortalizar aquello que nos hacen recordar, pero sin posibilidad de revisión; hacerlo perpetuo en la memoria de los hombres. Este modo de proceder ha generado discordias notables que han revelado cómo la marginación inducida de nombres, banderas, símbolos, espacios, liderazgos, género, eventos… puede cambiar y sus agentes rebelarse e incorporar sus referentes identitarios, pero también puede liquidar símbolos considerados ofensivos por su propia visión de las relaciones humanas, y puede introducirse en la agenda política, o hacerla suya y empezar a gestionar y administrar relatos complementarios o en algunos casos sustitutivos, o ambas cosas, depende. Y esta circunstancia bien puede considerarse un éxito de los que han intervenido, desde ámbitos disímiles, para que Barcelona -y Cataluña- reconozcan donde se encuentran las bases éticas de su atormentada tradición democrática y para que sus alegorías sean incorporadas al texto narrativo de la ciudad, en el espacio público. Si bien las personas que han hecho emerger estas vindicaciones sospecho que pertenecen a la masa, creciente, de ” resentidos que ladran su odio por las esquinas”, según precisó el presidente José María Aznar con su verbo habitual, impagable y sombrío, o la señora Anna Caballé cuando, en un artículo de prensa (el País, 02/25/2016,*), también calificaba la acción de estas personas de “resentimiento ideológico, clasista y sectario”; ella, que, al parecer por sus palabras, es de tipo agradecida, imparcial, comprensiva, y particularmente bien educada, claro. La incriminación hacía referencia a las actuaciones anunciadas sobre el monumento y la plaza dedicados en honor al empresario y traficante de esclavos (de almas, dice el excelente libro de Gustau Nerín) Antonio López. El monumento a López es un espacio urbano con el que la ciudad siempre ha mantenido diálogo: en 1936, durante la fiebre iconoclasta, los resentidos y clasistas derruyeron el monumento, pero en cambio ninguno de aquellos resentidos, clasistas y sectarios derribó el monumento de mosén Cinto Verdaguer -cura y protegido de López, aunque la hecatombe eclesiástica de aquel verano fue tremenda. Después de la guerra, los agradecidos, imparciales, comprensivos y bien educados habían ganado y levantaron otra vez el monumento. Después, en los años noventa, el monumento promovió varias indignaciones y debates, y ahora también.
El argumento para mantener a López en el podio es que somos hijos del pasado y el pasado no cambia, lo que nadie niega hasta donde yo sé; lo que cambia son los símbolos del pasado, que es muy diferente, y confundir el pasado con sus representaciones y alegorías es lo mismo que confundir la realidad con la ignorancia propia. El otro argumento consiste, por decirlo rápido, en el hecho de que todo el mundo ha hecho cosas feas en la vida, pero también buenas; ¿estamos ante un vacío ético? Después de todo, los actuales traficantes de mujeres, niños o refugiados hacen el bien porque generan un número no desdeñable de puestos de trabajo y facilitan esperanzas de bienestar; es cierto que también generan dolor, sí, pero queda mal decir que debe prevalecer. O un individuo o una comunidad religiosa que ha practicado el abuso sexual; es reprobable, sí, pero también ha generado consuelo y espiritualidad o ha sido un buen docente… dicen. ¿Una vida brillante y llena de elementos positivos redime cualquier acción? ¿Hacemos un monumento a Dominique Strauss-Kahn?
La cuestión de fondo no es la pureza de una conducta sino qué hegemonías representa una ciudad, y el debate forzado para mantener el nombre de Llucmajor a la futura plaza de la República es un ejemplo, también. El tema es delicado porque los nomenclatores los carga el diablo. El criterio es la convivencia de nombres y culturas políticas, pero esta es una realidad que aún no existe en las calles de nuestra ciudad porque la historia de los dominios culturales y sociales ha sido desequilibrada, faltan todavía un montón de resentidos, y sobre todo de resentidas, y sobran, más que franquistas, más que borbones, sobran los que tienen responsabilidad notoria de sangre, y los traficantes de almas osaría decir que la tienen. En el caso de López, nadie ha negado aún su condición de negrero, como mucho la ha puesto en duda, y tan sólo ha argüido como defensa que además de daño generó riqueza, que subió de la nada y se hizo rico a empujones, y ya se sabe que hay daños colaterales. En cualquier caso, tal vez una opción sería levantar a su lado, frente al edificio de Correos, un monumento a Juan March, y que se miren y se abracen bajo el cielo, y un poco más allá alcanzaremos las golondrinas, y desde el mar veremos la ciudad del esfuerzo simbolizada en aquellos dos grandes creadores de puestos de trabajo gracias a sendos negocios de importación/exportación.
(*) http://cat.elpais.com/cat/2016/02/24/cultura/1456350394_667685.html
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