Memoria histórica y olvido de la Historia

En las últimas décadas el tema de la memoria histórica viene ocupando un lugar cada vez más amplio entre los historiadores, que han encontrado un campo nuevo de estudio en el análisis de las relaciones, tanto entre Historia y memoria como en la historia de la memoria. Una de las primeras cuestiones suscitadas por el estallido de la memoria ha sido la puesta en entredicho de la propia expresión memoria histórica que algunos encuentran desafortunada y frágil, pues si es memoria no es Historia y si es Historia no es memoria.

De todos modos, el protagonismo de la memoria histórica se explica por el extraordinario eco mediático de los episodios históricos envueltos en la polémica por los hechos reprobables (políticas de exterminio, represión indiscriminada, terrorismo de mayor o menor intensidad, etcétera) que les acompañaron. Tales actuaciones siguen planteando numerosas cuestiones en el gran público, porque continúan abiertas las heridas que provocaron, y, en algunos casos, sigue pendiente el problema anejo de las responsabilidades. De ahí el interés que despiertan y que periódicamente vuelvan a estar de actualidad.

Se entiende así que el control de la memoria colectiva sobre tales acontecimientos y cualesquiera otros de carácter histórico de lugar a auténticos combates por la memoria, pues su gestión, como es comúnmente admitido, se hace en función de los problemas del presente, que con frecuencia se pretende legitimar o deslegitimar utilizando el pasado. No en vano, Pierre Nora definió la memoria como “instrumentalización política del pasado por el presente”.

En este sentido sabemos que “lugar de memoria” equivale a lugar de la elaboración de la memoria, que es algo en construcción, es decir, no la simple manifestación de las huellas del pasado, sino el proceso de elaboración histórica y social de ese pasado. De ahí la importancia de la memoria histórica y de las políticas de memoria en la génesis y evolución de las identidades colectivas, políticas, sociales o nacionales. En este último caso porque, en determinados contextos, dan lugar a discursos que contribuyen sin duda alguna a perfilar históricamente comunidades imaginarias en función de sus conflictos respectivos.

Por tanto, se corre el peligro de que algunas políticas de memoria quieran imponer una Historia más o menos sesgada y en suma poco científica, debido sobre todo a que van acompañadas por silencios explícitos sobre diversos temas, la indiferencia o desatención hacia otros, y en definitiva, por políticas de silencio.

Se entiende así que, además de lugar de memoria, memoria colectiva o política de memoria, los historiadores, sociólogos, escritores, periodistas, etcétera manejen conceptos o expresiones tales como deber de la memoria, obligación de la memoria, recuperación de la memoria, restitución de la memoria, reconstrucción de la memoria, guardián de la memoria, traición de la memoria, falacias de la memoria, abusos de la memoria, heridas de la memoria, memoria democrática, memoria moral, memoria aniquilada, memoria artificial, memoria obligada, memoria archivística, memoria desgarrada, desmemoria, memorialización, e incluso ojos de la memoria, activistas de la memoria o asesinos de la memoria.

En consecuencia, no es extraño que en los últimos años los medios académicos hayan organizado no pocos congresos, simposios, jornadas, etcétera, acerca de estas cuestiones, y que las revistas especializadas hayan dedicado números monográficos, dossiers, informes, etcétera, sobre el uso y el abuso de la Historia y de la memoria. Por citar uno solo la Asociación de Historia Contemporánea dedicó su último Congreso (Zaragoza, 2002) a Los usos públicos de la Historia.

De otra parte, como “la construcción de la memoria ha sido siempre un instrumento utilizado por el poder” (Elorza), la administración, el manejo de la memoria y la gerencia de los recuerdos es algo en lo que se implican los gobernantes, que en función de sus objetivos, prioridades, etcétera, llevan a cabo unas políticas de memoria determinadas. Por poner un ejemplo cercano se pueden citar los Encuentros para la recuperación de la memoria histórica, organizados por el Departamento de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco en abril de 2003, y por referir el caso de un autócrata metido a historiador, el autonombramiento de Saddam Hussein como jefe de un denominado nada menos que Proyecto de reescritura de la Historia de Irak, promovido por el partido Baath para dar una identidad compartida al pueblo iraquí.

Desde luego no corresponde a la ley, sea cual sea el gobierno que la proponga, establecer una determinada memoria histórica, pero todo lo dicho pone de manifiesto el lugar central que se otorga a la memoria, ya que, como escribió Juan Sisinio Pérez Garzón “cumple funciones de cohesión colectiva y despliega comportamientos que necesariamente adquieren el carácter de políticos, porque afectan a las formas de convivencia de la polis, y se ajustan a las diferentes expectativas de futuro que cada grupo propugna”.

Así pues, en un panorama dominado por la manipulación y los atropellos de la memoria se abre paso la necesidad de reivindicar y buscar lo que Paul Ricoeur llamó “política de la justa memoria” frente a la imposición del olvido forzado o del recuerdo selectivo propiciado por la pasión partidista o nacionalista.

Un ejemplo de esto último lo constituyen dos leyes de Francia de 2001 y 2005, respectivamente. La primera convirtió en delito la negación del genocidio armenio (1915-1917), y la segunda, olvidando que la actuación francesa en la Argelia colonial había sido calificada del mismo modo, dispone en su Art. 4, que “los programas de investigación universitaria den a la historia de la presencia francesa en ultramar, especialmente en África del Norte, el lugar que merece (…), y que se dé a la Historia y a los sacrificios de los combatientes del ejército francés en estos territorios, el lugar eminente al que tienen derecho”.

Ya en nuestra tierra piénsese en qué parte de los numerosos memorialistas dedicados a la recuperación de los asesinados en Navarra, al inicio de la Guerra Civil, atribuyen con frecuencia a los durante tanto tiempo ignominiosamente ocultados (memoria silenciada) ideas y banderas que en gran medida les fueron ajenas.

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