EL rito de la penitencia, en la práctica católica, mantiene una solemnidad y distancia entre el pecador y el “ministro”, o administrador del sacramento eclesiástico, que es un auténtico paradigma sobre las relaciones de jerarquía y de categorización moral. La humildad, degradada a lo infinitesimal, en la posición del reo o “confesando”, contrasta con la magnanimidad más comprensiva y generosa del administrador de la Verdad. Este estereotipo, tan magníficamente representado por Liliana Cavani en su filme Galileo, se ha transmitido a nuestro lenguaje cotidiano, y hoy en día son muchos quienes se arrogan el papel del “oráculo”, sobre todo si operan en “confesonarios-plataforma”, desde donde se expande la gran verdad universal. Y en ese sentido, las páginas de opinión de los diarios de difusión global proporcionan una tribuna de altura tan elevada como de la que históricamente se fue apoderando el binomio formado por el moralista y el confesor.
Es el caso de un reciente artículo de prensa, en el que el abogado bilbaíno Ruiz Soroa tacha a los nacionalistas vascos, favorables a la idea secesionista de la obligatoria patria hispana, como conspícuos reos de infame inmoralidad.
Hace unos días comentaba yo desde esta misma página de la prensa vasca, la posición, en mi opinión arrogante, del profesor Gregorio Peces Barba, en su “apreciación diabólica” de los nacionalistas, siempre adjetivados como excluyentes, respecto a su despecho y desafección frente a la evidencia épica de una “indisoluble unidad de España”.
Hoy es otro conspícuo representante de la “intelligentsia” española, quien llama a nuestra reflexión. Bajo el nada tranquilizante título ¿Tiene la secesión una relevancia moral?, llega a una conclusión ciertamente demoledora: “La secesión es inmoral porque quienes la piden son nacionalistas”. El abogado Ruiz Soroa desarrolla una curiosa y simplona tesis desde las páginas de opinión de un prestigioso diario en español. En ella, al igual que en la opinión del catedrático Peces Barba, los nacionalistas debemos cumplir con el aserto dantesco: “Dejad toda esperanza vosotros que entrais” en el infierno. En el caso del abogado, cualquier pensamiento nacionalista en favor de la autodeterminación nos coloca indefectiblemente (a los nacionalistas) en el campo de los inmorales.
Para llegar a esta sorprendente conclusión, con el oportunismo habitual desplegado en estos casos, saca de su contexto un párrafo menor declarativo del Partido Nacionalista Vasco (PNV) en el cual, y según su opinión sesgada “ad probandum”, se afirma que las libertades que reclamamos los nacionalistas vascos son únicamente para “restaurar nuestra personalidad colectiva”. Con lo que queda claro que nuestra finalidad (el para qué de la petición autodeterminante) nos hace evidentemente “reos de inmoralidad”.
Apoya su argumentario, el abogado bilbaíno, en una lectura sincopada y sesgada de la interesante conferencia de Benjamin Constant en 1819, en la cual, tras de la justificación moral de la Revolución Francesa a pesar de sus errores y excesos, trata de afianzar nuevas perspectivas para un liberalismo sin límites, planteando una versión más de las viejas querellas intelectuales, típicamente francesas, entre lo antiguo y lo moderno.
Serán característica de lo antiguo, en la Francia revolucionaria, aquellas “leyes que regulan las costumbres y como las costumbres lo sostienen todo, no había nada que las leyes no regulasen. Así, entre los antiguos, el individuo habitualmente casi soberano en asuntos públicos, era esclavo en todas su relaciones privadas”. Mientras que lo característico de la libertad moderna, en el aspecto político, es “el derecho de cada uno de influir sobre la administración del gobierno, sea por el nombramiento de todos o de algunos funcionarios, sea a través de representaciones, peticiones, demandas que la autoridad está más o menos obligada a tomar en consideración”.
O para decirlo de manera más concisa, “la finalidad de los antiguos era compartir el poder social entre todos los ciudadanos de una misma patria. Estaba ahí lo que ellos llamaban libertad. La finalidad de los modernos es la seguridad de los goces privados; y ellos llamaban libertad a las garantías acordadas a esos goces por las instituciones”.
En esta delineación puramente liberal será la educación pública el aspecto que marque uno de sus desacuerdos mas evidentes con la Revolución. Dirá Constant “tal como la educación, por ejemplo, cuando se nos dice que hemos de permitir que el gobierno se apodere de las generaciones nacientes para formarlas a su voluntad”. Marcando así su enfrentamiento a la idea de Saint-Just, quien defendía en los borradores para las instituciones republicanas que “los niños pertenecen hasta los cinco años a sus madres y después a la República hasta su muerte”.
Si se toma en su integridad la transcripción textual de Constant, no es fácil llegar a conclusiones categóricas, y menos aún decretar anatemas de lesa inmoralidad, ni contra los antiguos ni para los modernos. De ese tipo de conclusiones descalificadoras, la famosa conferencia de Constant, sí se separa considerablemente de aquellas otras querellas francesas o afrancesadas, como la que enfrentó en San Sebastián a los “boulevaristas y los antiboulevaristas”, en claves de modernidad. Por ello concluye su discurso de manera componedora y poco radical diciendo: “Lejos entonces, señores, de renunciar a ninguna de las dos clases de libertad de las que les hablé, es preciso, lo he demostrado, aprender a combinar la una con la otra”. Una de las ideas que más frecuentemente nos mueven en busca de certezas, a la caza de evidencias, en exploraciones de seguridad, es la que queda marcada por las complejas relaciones entre cada individuo, en su calidad de ciudadano, con el o los “círculos de nacionalidad”, de los que forma parte, y en los que se quiere insertar de manera voluntaria.
Ahí reside, en mi opinión, el tema del nacionalismo, desde posiciones “templadas” hasta sus expresiones más fuertes, como ideas arraigadas en muy amplias capas de nuestra sociedad y en nuestro tiempo. Su propia capacidad de ponerse al día, pueden considerarse equivalentes al potencial de “aggiornamento” de las ideas ilustradas y liberales procedentes de la Revolución Francesa. No aparece por ningún lado ni la presunta inmoralidad a la que nos trata de conducir Soroa, ni el estigma infernal en el que nos quiere introducir Peces Barba de manera dantesca, ni al imposible democrático y “solemne estupidez” de la que nos acusa Emilio Guevara.
A la vieja pregunta ¿vasco o español? que con tanta insistencia como impertinencia se nos lanza a los nacidos e integrados en esta parte del mundo, ¿por qué no le damos de manera culta y comprensiva una solución política más clara y duradera? Idea de la que quizás no esté alejada la esperanza cabal en una nueva Europa más moderna y solidaria que ésta que preconizan sus grandes estatalidades históricas, alineadas en ejes de conveniencia económica, y nos la imponen hoy, siguiendo la llamada anónima e injusta de los mercados.
Por ello ante tanta acusación infundada. A la pregunta del inquisidor de turno subido en su plataforma retórica, posiblemente sigamos planteando como confesión de parte. Me acuso padre de ser nacionalista… ¿Cuántas veces, hijo mío?… De toda la vida…
Puestos a aceptar una enfermedad grave en el nacionalismo vasco, en su relación con otras series de ideas y prácticas, yo no aceptaría que ésta sea el exclusivismo, ni el racismo y menos la xenofobia.
Antes bien, la gran lacra pendiente con la historia reciente, es en mi opinión, el haber tardado más de cincuenta años en terminar con la barbarie del terror y la intimidación, y además no haber sido capaces de hacerlo por sí mismos, sino haber precisado de la muy estimable colaboración española y francesa.






