No me gustaron los resultados de las elecciones. Y no me gustó que el presidente Mas enviara a Oriol Pujol a hablar con TV3, si bien puedo encontrarlo comprensible. Pero sobre todo no me gustó la alegría de la militancia de ERC y todos aquellos gritos de independencia, como si la independencia se lograra gritando, mientras desuellan a uno de los tuyos. Y aún me gustó menos el resentimiento que supuraba el discurso de Joan Herrera, acusando a CiU de insensibilidad social, como si escuchar el clamor de la gente después del Once de Septiembre, y jugarse una mayoría cómoda para buscar una solución los problemas de financiación, no fuera a trabajar por el bienestar social. También me parecieron decepcionantes los peludos de la CUP. Un partido que pretende representar un retorno a la pureza y que reivindica los Països Catalans debería demostrar más generosidad con los candidatos que defienden el país, aunque piensen diferente.
En su conjunto fue una noche triste, y no sólo por los resultados, sino porque se vio con qué rapidez se desinfla la tensión que el presidente Mas había impuesto al debate político. De pronto todos los partidos se sintieron libres de soltar sus discursos folkòricos, y Cataluña volvía a parecer un parvulario -o un avispero, según un amigo mío-. Mientras Rajoy y Pedro J. se fumaban un puro de un palmo, las izquierdas hacían volar sus palomas con una frivolidad que hacía temblar. Francamente, no puedo dejar de preguntarme cómo lo harán para cambiar el “modelo económico” del país si abandonan a su suerte al único presidente que se ha enfrentado seriamente al ‘status quo’. Aunque, en su desesperación, los electores pierdan la memoria, los líderes de la izquierda deberían ser más modestos, después de los estragos que hicieron durante el tripartito. Ayer, sólo Junqueras mantuvo las formas, aunque me hubiera gustado que hubiera defendido al presidente Mas, reconociendo los riesgos que ha corrido poniendo los intereses de CiU al servicio de los intereses del país.
Estas elecciones debían servir para sacar la política catalana de la bola de confusionismo cínico y sentimental que ha extendido la falta de poder político. Más allá de los resultados, el objetivo era saber cuál era el panorama. Se trataba de hacer un referéndum sin hacerlo, de sondear el país y dar legitimidad a una hoja de ruta que hace tres años se consideraba impensable que sacara 71 diputados. Bueno: ahora el Parlamento es un reflejo bastante exacto del pensamiento de los ciudadanos, sin ambigüedades y es eso lo que tenemos. Partidarios a favor de la consulta: 87, cuando antes había 86. En contra 48, cuando antes había 49. Con una participación del 70 por ciento, PP, PSC y Ciutadans, no suman más diputados que CiU, a pesar de la ayuda de la brunete y la policía. Si fuera al revés, no nos atreveríamos ni a hablar en catalán. La prensa internacional da la victoria al independentismo, y hace un relato muy diferente del de Madrid. Esperábamos mejores resultados, pero fue tétrico ver cómo las izquierdas corrían a refugiarse en la comodidad del discurso social, cuando las elecciones se habían convocado por otro motivo.
Yo no creo que falten votos. Falta cultura y determinación, y leer más a Maquiavelo y Schopenhauer. Mientras las izquierdas celebraban su frívola victoria y La Vanguardia preparaba semáforos rojos, Rajoy y Pedro J. se fumaban un puro de un palmo. Basta ir a los libros de Historia para saber que, si perdemos, perderemos todos.







