Agravio comparativo es la expresión que me vino de inmediato cuando escuchaba a José Bono su intención de colocar una placa conmemorativa a la monja Maravillas (María Margarita Pidal) en la sede del Congreso que preside. Ya sé que asociar ideas a bote pronto nos puede jugar más de una mala pasada, pero es inevitable hacerlo. Los enlaces son la fuente de la interpretación. El nazi Goering nos dejó para la posteridad aquello de “cada vez que escucho la palabra cultura echo mano de mi pistola”, que algún bloguero ha puesto en boca del tuerto Millán Astray. Por Dios que no quiero provocar una nueva asociación entre el proceder de Bono y el del par de mentecatos que he citado posteriormente. Las palabras me han fluido sin concierto. Mis nervios cerebrales tienen, sin duda, aviesas costumbres.
Decía que agravio comparativo y nuevamente asocio intuitivamente un nombre con otro. Supe de una Maravillas que no era sor, a la que la oficialidad de su pueblo natal, precisamente, ha negado recientemente un homenaje. En Larraga, Navarra. Se llamaba como la monja, nombre hermoso donde los haya, y fue violada y ejecutada cuando apenas tenía 14 años, el día grande de la Virgen de agosto de 1936, mientras los fariseos llenaban la iglesia y pedían una intercesión divina que ayudara a Falange a cortar la hierba republicana. Su padre Vicente contempló la perversión antes de ser también ejecutado. La muerte azul.
Sugieren los expertos que los peces tienen poca memoria y, en consecuencia, la esfericidad de la pecera se les antoja océano. No somos peces, sin embargo, a pesar del olvidadizo José Bono y de los herederos de los pistoleros. Tenemos memoria afortunadamente y la cultivamos. La muerte de Maravillas, por niña, nos conmocionó y su nombre, junto a sus apellidos, Lamberto y Yoldi, nos acompañó durante los años en que debíamos dar explicaciones exhaustivas de la barbarie franquista para ser creíbles en la denuncia.
Con Maravillas condensamos la pérdida de un sueño y, como ya hiciera Pearl S. Buck con su hija que nunca creció, suspiramos por aquello que perdió y que hemos conocido, sufrido y padecido. Y por qué no, por lo que la vida tiene también de deleite, a pesar de los pesares. Con Maravillas supe de otros niños que, al igual que ella, no superaron la barrera de la inocencia, los que fueron retratados en esos carteles que pretendían demostrar al mundo la inhumanidad del fascismo. El holocausto incrementó lo que creíamos insuperable y el escandaloso numero de víctimas borró cualquier referencia nominal (¡qué expresión tan poco literaria!). Los del 36 fueron engullidos por un torbellino diabólico. Risas, corros, muñecos, pajaritas de papel… se desvanecieron entre los humos del olvido.
Maravillas, sin embargo, continuaba en algún lugar. El nombre no es de los que se olvidan. ¡Qué padres sino libertarios pueden poner semejante nombre a una hija! Su muerte, atroz, martilleaba ese destino ineludible de los recuerdos que, a fuerza de hacerse viejos, pierden intensidad y se esfuman entre la maleza de nuestra sociedad que corre hacia el infinito. ¿En qué punto de la Vía Láctea se paró la historia? Millones de galaxias conectadas por túneles inescrutables ahondan el desasosiego y nos asfixia el recuerdo. ¿Para qué?
Conocí a Josefina, la hermana de Maravillas, hace unos años. Vive en una residencia de ancianos de Pamplona. Como la del Congreso, fue monja, quizás entonces la única opción para poner tierra de por medio entre la tragedia y la existencia. Su madre no se lo perdonó jamás. La iglesia había jaleado la muerte de su marido y la de su hija del alma. Josefina había abierto la puerta a los verdugos y alguno de ellos, además, le dio un caramelo. Lo aceptó con gusto, pero el lamento sustituyó su emoción desde que le llegó la razón.
Sus superiores también tenían memoria. Era la hija de un rojo. La congregación la envió a fregar suelos a su escuela más lejana, en Pakistán. Volvió cuando murió Franco. La espalda no le daba tregua y pasó un año en cama, recuperándose del destierro. En su convalecencia alguna emisora dio cuenta de las primeras búsquedas de desaparecidos durante la Transición. En Navarra, incluso, los familiares se reunieron para abrir fosas y rescatar a los innombrables. Una luz en la oscuridad. Quiso recuperar el recuerdo de Maravillas, un papel, un testigo, una aunque fuera nimia evocación. Porque el cuerpo de su hermana, y ése era el tormento, había sido pasto de los perros. Sus superiores no le dejaron. Con la Iglesia topamos.
La monja perdió entonces esa fe que quizás no tuvo jamás. Abandonó el convento y vivió de la caridad. La hija de un rojo lo es para siempre. A veces, la muerte es más dulce que la vida porque Josefina vive torturada por aquella imagen, abriendo la puerta de su casa en Larraga a los falangistas. Su memoria es la nuestra, el envoltorio que esconde una vida truncada. Una, diez, mil, decenas de miles. No hay somnífero que esconda las lágrimas, ni salvación posible. Porque polvo somos y por eso nos asimos a la memoria con tanta vehemencia.
Bono, y cuantos le acompañan en esa pecera dorada, nos agravian con sus olvidos, con esas trivialidades de jovenzuelos falangistas que tan extendidas están en una sociedad más plana que plural. Me irrita la continuidad del franquismo y, en ocasiones, siento como si mi tiempo debiera haber sido otro, aquel que vivieron Maravillas, Josefina, Vicente, niños y adultos, que exigían pan, reclamaban justicia y gritaban libertad. Tiempos convulsos, bien es cierto, y breves, muy breves. Pero, ¿qué es la brevedad? Bendita inocencia, Maravillas.









