Túnez: atentado mortal contra Chukri Belaid, líder marxista y panarabista
Ayer la calle Bourguiba volvió a llenarse de detonaciones y gases lacrimógenos. Desde por la mañana, una multitud se había ido volcando sobre el Ministerio del Interior portando banderas tunecinas y del Frente Popular y lanzando al aire su dolor y su rabia: «Túnez Túnez, libre libre, fuera el terrorismo» o «seguridad, libertad, dignidad nacional» o el inevitable «el pueblo quiere la caída del régimen». Hacia las dos de la tarde, cuando el cortejo con el cadáver de Chukri Belaid llegó hasta la plaza de los Mártires, una violenta carga policial dispersó a las 8.000 personas concentradas en la avenida. Entre tanto, en Sidi Bouzid, cuna de la revolución, ardía una sede del partido Ennahda y en Gabes, Sfax, Mahdia y Gafsa -un poco por todas partes- se producían protestas y manifestaciones de duelo.
Chukri Belaid, de 48 años, era el líder del Movimiento Patriótico Democrático Unificado, fuerza marxista y panarabista que forma parte del Frente Popular. Junto a Hamma Hamami, el dirigente del Partido de los Trabajadores, era la cara más visible, la más mediática, la más beligerante de la recién nacida coalición de izquierdas.
Desde hace meses venía denunciando la complicidad entre Ennahda y las Ligas de Defensa de la Revolución, una red confusa de comités locales que algunos describen como «el brazo armado» o las «milicias» del partido islamista en el Gobierno. Pocos días antes de su asesinato, Belaid había proporcionado una lista de presuntos miembros de Ennahda implicados en la interrupción violenta de un acto del Frente Popular en Le Kef. La víspera misma de su muerte, en una intervención televisiva, había alertado contra la violencia política y acusado al Gobierno de connivencia e inducción.
Para los miles de tunecinos que se manifestaron ayer para rendir homenaje al nuevo mártir de la revolución, el vínculo entre Ennahda y el atentado del martes por la noche es evidente. También para los dirigentes de la oposición. Hamma Hammami, en una declaración enérgica y serena, atribuyó la responsabilidad «política y moral» del crimen a Ennahda, al Gobierno de la «troika» y a la propia Asamblea Constituyente, que habría pasado por alto o incluso disculpado la creciente confrontación. Otros líderes del Frente, menos prudentes, han acusado a Ennahda de haber dado la orden de matar a su compañero. Las contundentes condenas de todos los políticos sin excepción -el primer ministro Jabali, el jeque Ghanouchi o el presidente Marzouki- suenan como hipócritas ofensas en los oídos de los partisanos de la víctima.
Este vínculo evidente presenta, en cualquier caso, dos puntos débiles. El primero, en efecto, es que es demasiado eviden- te. El segundo es que, en el marco de una lucha partidista mal asentada sobre un abismo de manos negras, es más que dudoso que a Ennahda le beneficie en lo más mínimo un aumento exponencial de la tensión y la inestabilidad.
Con la mitad de la población aterrorizada y la otra mitad furiosa, la mayor parte de las preguntas son respondidas desde las vísceras y, por lo tanto, quedan inquietantemente en el aire, alimentando el pedaleo de angustia. No sabemos quién ha matado a Chukri Belaid ni qué vendrá después; no sabemos ni siquiera quién sacará provecho de esta sacudida política y emocional. Podemos tan solo describir los efectos.
El primero tiene que ver con el Gobierno. La remodelación anunciada desde hace dos meses había quedado en manos de los socios de la «troika» tras retirarse la oposición de las negociaciones. Pero los tres partidos gobernantes no se ponían de acuerdo e incluso el presidente Marzouki había amenazado con dimitir de su cargo si no se aceptaban las condiciones del CPR. Esas condiciones tenían que ver con la salida de Rafik Abdesalam, implicado en un escándalo de corrupción, del Ministerio de Asuntos Exteriores; el primer ministro Jebali estaba dispuesto a sacrificar al yerno de Ghanouchi, pero este se obstinaba en apoyarlo.
Ayer, tras el asesinato de Chukri Belaid, el líder de Ennahda pidió un aplazamiento de la remodelación gubernamental e inmediatamente muchos tunecinos se precipitaron en calenturas complotistas. Horas más tarde el primer ministro Jebali anunció el «adelantamiento» de la remodelación, que se producirá en las próximas 24 horas, y muchos tunecinos -quizás los mismos- se han entregado a calenturas complotistas.
El segundo efecto tiene que ver con la oposición. Durante los dos últimos meses Nidé Tunis, el partido del bourguinista Caid Essebsi y de los «fulul» del régimen, ha atraído a su órbita a la mayor parte de la oposición laica. Solo resistía el Frente Popular. Pocas horas después de la muerte de Chukri Belaid el Frente Popular se reunía con Nidé Tunis y sus partidos satélites y juntos emitían un comunicado en el que anunciaban algunas medidas comunes: la convocatoria de una huelga gene- ral, la retirada de todos los diputados opositores de la Asamblea Constituyente y la exigencia de dimisión de un Gobierno a sus ojos definitivamente privado de toda legitimidad. Mientras que el Gobierno se descascarilla, la oposición es cada vez más un «bloque». La confrontación bipolar se vuelve así más neta y virulenta. Y muchos tunecinos se precipitan, cómo no, en calenturas complotistas.
El asesinato de Chukri Belaid marca un giro dramático y sin retorno, al menos mental, en esta estrategia de la tensión montada entre bastidores por una -o dos o tres- fuerzas interesadas en descabalgar al pueblo tunecino de su revolución. Hará falta un ejercicio casi ascético de inteligencia estratégica para no caer en la trampa. Una gran respuesta colectiva debe detener a los asesinos. Pero de la intensidad, calidad y prudencia de esta respuesta dependerá que el miedo y la furia dejen paso a un fortalecimiento de la democracia y, por lo tanto, del Frente Popular o a una victoria de todas esas manos negras y todos esos guantes grises que buscan sumir al país en el terror y la violencia.
http://gara.naiz.info/paperezkoa/20130207/386764/es/Manos-negras-guantes-grises
Funeral, resurrección, peligro
Túnez: el entierro multitudinario de Chukri Belaid
Más de un millón de personas -según datos del ministerio del Interior- acompañó ayer a Chukri Belaid hasta el cementerio de Al-Yalaz, en lo que es sin duda no sólo el entierro sino la manifestación más grande de la historia de Túnez. Como dice el sociólogo Jabib Ayeb, hubo un 6 de enero (la fecha en la que comenzó en 2008 la revuelta minera), hubo un 14 de enero (día del derrocamiento de Ben Ali) y hay ahora un 8 de febrero, tercer jalón de un proceso que el asesinato del líder de Frente Popular puede reconducir y acelerar. Esta enorme movilización, en un país paralizado por la huelga general, ha tenido sin duda una dimensión catártica: la re-liberación de ese miedo nuevo que amenazaba con atenazar los corazones y paralizar, como en tiempos de la dictadura, el pulso popular. El entierro de Chukri Belaid, tiene razón Gilbert Naccache, es un signo de salud revolucionaria, de vitalidad intravenosa, la prueba de que el aliento rugiente que derrocó al dictador no se ha apagado. Un aliento liberador que ha tenido ya su traducción en una conquista en apariencia diminuta, pero de un alcance subversivo: por primera vez en la historia de Túnez y quizás de todo el mundo árabe, contra lo que es la tradición, las mujeres han entrado junto con los hombres en el cementerio y participado con ellos en el funeral.
Pero la multitudinaria movilización de ayer tiene también una evidente dimensión simbólica. Hay como un déjà vu que retrotrae la memoria colectiva al 14 de enero y que, por un trampantojo mecánico, pero comprensible en el marco de la confrontación actual, contribuye a identificar de manera engañosa el partido Nahda con Ben Alí, hasta el punto de que durante algunas horas se difundió en la red -y en algunos medios digitales- la falsa noticia de que el líder islamista Rachid Ghanouchi había abandonado el país para refugiarse en Londres. Este trampantojo se ve reforzado por las propias cifras de participación, que alimentan la conciencia de una especie de unanimidad nacional. Ahora bien, no se debería ceder a la ilusión de que, frente a Nahda, el pueblo está unido como lo estuvo fugazmente frente a Ben Ali. En primer lugar porque no hay que olvidar que Nahda, pese a su desgaste, cuenta con un apoyo que no tenía el dictador y que su criminalización sólo puede nutrir los sectores más radicales y reaccionarios de esta formación y atizar las formas más violentas de confrontación. En segundo lugar porque esa aparente unidad oculta en realidad intereses políticos muy diferentes encarnados en fuerzas muy dispares vinculadas ayer en el espacio, pero que no lo están ni en los programas ni en los métodos ni en los objetivos. Basta pensar en las declaraciones del “viejo zorro” Caid Essebsi, máximo dirigente de Nidé Tunis, pidiendo la disolución de la Asamblea Constituyente o en algunas llamadas al golpismo que circulan por la red (a las que la presencia del ejército protegiendo el sepelio ha dado también alas “revolucionarias”). La gigantesca, emocionante movilización del viernes pone en manos del Frente Popular un capital que es suyo sólo de refilón y que podrían utilizar otros actores en dirección contraria a la que Chukri Belaid deseaba. Es como si a toda velocidad la misma revolución que derrocó a Ben Ali estuviese ahora a punto de derrocar, o de dejar a un lado, a la fuerza política que esa misma revolución llevó al poder y que ayer apareció encogida, arrinconada, con su puñado de seguidores, un poco afónicos, pidiendo respeto a la legalidad frente al Parlamento del Bardo. Pero descartar a Nahda, ¿para ir a dónde? ¿Para que gobierne quién?
Es aquí donde hay que introducir la otra dimensión, la propiamente política, que es la que en definitiva va a definir, si lo hay, el reemplazo a medio plazo de Nahda. El asesinato de Chukri Belaid y la demostración colectiva de ayer no permiten mantener ni un minuto más el impasse institucional. La formación de un nuevo gobierno provisional aceptado por la mayor parte de las fuerzas políticas es la única garantía de que no se produzca un peligrosísimo vacío de poder. La insistencia ayer del primer ministro Jebali, tras el funeral de Belaid, en proponer un gabinete “técnico” y apartidista plantea algo más que dudas legales de procedimiento. Como sabemos, no sólo el Frente Popular y las otras fuerzas de oposición, no sólo el presidente Marzouki, socio de gobierno; también sus propios compañeros de partido han manifestado su rechazo a esta solución. Lo que el miércoles por la noche, horas después del asesinato del líder marxista, parecía una iniciativa valiente y esperanzadora se revela ahora una cabezonería casi suicida. Incluso si llegara a formar gobierno sin negociaciones previas con los partidos y al margen de la Asamblea Constituyente, una moción de censura podría dejar sin efecto sus nombramientos. Por lo demás, la idea de un gobierno de unidad nacional, propuesta por la coalización de izquierdas, quedó ayer refrendada por la movilización popular. Esa movilización debe servir, en efecto, para relegitimar la Asamblea Constituyente, única emanación concreta de la voluntad popular, acelerar la aprobación de la carta magna y celebrar nuevas elecciones lo antes posible. La prolongación de la incertidumbre abre grandes escotes a las maniobras de todas las manos negras y alimenta el riesgo de que un nuevo atentado convierta esa multitud poderosísima de ayer, potencialmente de izquierdas, en la justificación misma de una trágica involución a la argelina.






