Manifiesto por la prioridad natural

El ideal de paz mundial, defensa de la justicia y alivio del sufrimiento de los contemporáneos no son ideas surgidas de las barricadas del siglo XIX y mucho menos del laboratorio político progresista de los últimos años. Hace más de cinco siglos, estas tres ideas motrices sobrevolaban los campos y las ciudades de Europa despertando conciencias, removiendo espíritus y enalteciendo corazones. Tres fueron sus difusores: Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro de Londres y Joan Lluís Vives de València. Los tres, como han estudiado Antonio Fontán, Enrique García Hernán o el hispanista Joseph Pérez, forjaron la cultura humanista europea de la transición del medievo a la época moderna. Intelectuales de talla universal, los tres se conocieron, cartearon y gozaron de una amistad no exenta de algún desencuentro. Espejos de nuestro tiempo, en este 2026, agitado por los mismos males de la guerra, la injusticia y la falta de misericordia, se cumplen 510 años de aquel annus mirabilis de 1516, en el que, como señaló Fontán, Erasmo y Moro –con el añadido de Maquiavelo– dieron a conocer sus más célebres obras, a las que se sumó pronto Vives con sus Declamationes Syllanae (1520).

Erasmo, Vives y Moro conformaron con sus libros, su espíritu libre y sus actos la más noble filosofía política europea y construyeron los principios básicos de la dignidad y del humanismo. Y es obligatorio, cinco siglos más tarde, recuperar esa bandera con vehemencia, incluso con radicalidad no exenta de arrojo.

Desde hace lustros, el actor británico Ian McKellen declama, con la técnica propia de la escuela inglesa, un monólogo que se ha hecho viral recientemente. El lector seguro que lo encontrará en las redes sin demasiado esfuerzo. Se trata de un fragmento perteneciente a una obra inacabada titulada Sir Thomas More y, aunque muestra correcciones de varios autores, es posible que una porción notable fuera escrita de puño y letra por el mismo William Shakespeare. Datada a finales del siglo XVI, en este monólogo, Moro, nombrado sheriff (lo fue de verdad en 1510) y ante la persecución de unos inmigrantes por la turba, alza su voz con unas palabras que hoy resuenan en nuestras conciencias (en traducción de Jorge Ávalos): “Imaginad ahora que triunfáis / y veis a los odiados extranjeros / –con sus bebés colgando de la espalda / y el pobre equipaje que aún les queda– / caminar con dolor hacia los puertos” (…) ¿Y qué habéis conseguido? (…) Yo os lo digo: habríais enseñado que la mano dura / y la insolencia habrán de regir / que el orden será siempre sofocado/ Y por tal modo os digo que ninguno / vivirá para ver la edad madura / pues, por igual capricho, otros rufianes / con la misma rudeza y la razón / que anheláis ahora, os perseguirán/ y los hombres, voraces como peces / se devorarán unos a otros”.

En su parlamento, Moro plantea a los amotinados y perseguidores el más grande de los interrogantes humanos: la rueda de la fortuna. ¿Qué sentirían ellos si tuvieran que pasar por el mismo trance que los inmigrantes estaban sufriendo? “¿Os gustaría hallar una nación / de un temperamento tan insensible / como el que hoy mostráis, que en su furia atroz / no os diera un sitio donde alzar la vida?”.

En este discurso no se plantean grados de arraigo, ni se habla de la casuística de quienes llegan, ni de los años que estaban ya conviviendo con los ingleses. No hay cantidad, sino absoluta calidad. El razonamiento es universal y radicalmente humano y ante él no valen subterfugios, excusas ni ­disimulos.

Moro/Shakespeare plantea la cuestión de una forma concluyentemente humana: o se está favor del desamparo o se está en contra. Vives estaría de acuerdo con esta disyuntiva y lo estaría porque en uno de sus libros lanzó también una pregunta directa a las entrañas de sus contemporáneos: “¿Qué significa, en efecto, que, en las ciudades cristianas, en las que todos los días se lee el Evangelio, esto es, el libro de la vida y en él el único precepto, el amor, se viva de forma tan distinta a como allí se prescribe?”.

Ni Moro ni Vives ni Erasmo vivieron en un mundo intelectual abstracto, acomodados en elucubraciones intelectuales y sofismas académicos, sino que tuvieron que bajar a la arena y tuvieron que lidiar con príncipes y con emperadores, con sus ambiciones, objetivos políticos y desmanes. A uno de ellos, a Moro, su coherencia le costó la cabeza. Por cierto, el único libro manuscrito que ha sobrevivido de toda su obra (su testamento espiritual, escrito en la Torre de Londres hacia 1535 mientras esperaba su muerte ordenada por Enrique VIII) se encuentra, vaya casualidad, en València, en el Colegio del Patriarca, a pocos metros de la estatua de Vives que honra el claustro del edificio histórico de la Universitat de València y cerca de donde su amigo valenciano había nacido en 1493.

Con los mimbres de la filosofía política europea de Vives, Moro y Erasmo deberíamos ser capaces de redactar nuestro Manifiesto Natural contra la ‘mountainish inhumanity’ (Moro/Shakespeare) de quienes se dicen defensores de otras prioridades que la natural. Como preámbulo, citaríamos a Vives cuando clama contra quienes “apartando a los demás con puertas, paredes, cerrojos, hierro, armas y finalmente leyes (…) introducen carestía y hambre en la abundancia de la naturaleza y proporcionan pobreza a las riquezas de Dios (…) No haya para ti hombre alguno a quien no mires como hermano (…) No debe disminuir tan racional afecto, ni la diversidad del linaje u origen, patria o nación, ni la diferencia de idioma, profesión o estado”.

¿Me lo firmarían?

LA VANGUARDIA