Mandela, padre de todos

PARA los creyentes, al menos de boquilla, todos somos hijos del mismo padre, celestial él, y sin embargo las diferencias de conducta, de pensamiento, etc., son diametralmente distantes entre unos hijos y otros… Unos parecen hijos ejemplares mientras que otros parecen hijos de la gran…

Viene todo esto a raíz del disfraz a que se ha sometido a Nelson Mandela en estos días posteriores a su fallecimiento, convirtiéndole en padre de todos: viendo los artículos de prensa y las declaraciones de distintos gobernantes del mundo, parece que el acuerdo es total a la hora de ensalzar al muerto: desde la derecha extrema hasta la radicalidad de izquierda, pasando por posturas más tibias, todos coinciden en señalar que “era tan bueno”.

Se trocea la actividad del líder negro y se coge aquello que viene bien al caso, de cada cual, para ensalzarle y de paso alabar los postulados propios. La operación se balancea entre la metonimia y la sinécdoque. El todo definido por alguna de las partes; quizá dando por bueno lo que aseverase Adorno: el todo es lo falso. Así, la inclusión hasta hace no tantos años, de él y su partido, en las listas de terroristas se ha desvanecido por arte de birlibirloque; nadie se acuerda de la organización en la que participó activamente, del brazo armado del ANC, Lanceros de la Nación (Umkhonto we Sizwe) ante las salvajadas de los blancos, muy en especial tras la matanza de Shaperville en 1960; también es verdad que la violencia que proponía debía empeñarse en evitar vidas humanas, y ser dirigida únicamente contra las cosas (instalaciones, transportes militares, etc.). No se han de olvidar sus propias palabras: “Resulta imposible enfrentarse a las bestias solo con las manos”. Fue precisamente en tierras sudafricanas donde hizo sus primeros pinitos en pos de la ahimsa y el satyagraha (no violencia y amor a la verdad) Mahatma Gandhi, y su lección no fue vana ya que Mandela siguió su senda, salvo en contadas excepciones, si bien decía el luchador indio que ” donde haya solo una oportunidad de elegir entre cobardía y violencia, sugeriría la violencia; aunque elegiría una tercera: la acción no violenta”.

De sus veleidades comunistas, en pos de una sociedad igualitaria y justa, ahora nadie dice nada… Por lo visto todo esto no son sino nimios detalles que no hacen sino reflejar los pecados de juventud, pequeños detalles sin importancia. De sus estrechas relaciones de amistad, por ejemplo, con Fidel Castro y con otros líderes populares que en aquellos momentos eran los únicos que criticaban, y se oponían, abiertamente el infame régimen del apartheid, frente al silencio y la complicidad de muchos de sus actuales hagiógrafos… El silencio más absoluto.

No cabe duda de que Nelson Mandela fue un luchador irredento contra el racismo y la injusticia, un rebelde que buscaba un futuro mejor para todos más allá, por encima de las diferencias del color de la piel, de las pertenencias étnicas, culturales y/o religiosas, mas lo que resulta tramposo a todas luces es cercenar al muerto, convirtiéndole en una especie de acaramelado santón desideologizado, más allá de izquierda y derecha (¿será a estas alturas una división trasnochada?). Del mismo modo que no es de recibo olvidar que existen las clases sociales, si no la lucha abierta entre ellas, sigue existiendo, y que la propiedad de los capitales y las tierras en manos fundamentalmente blancas; por otra parte, sigue siendo el pan nuestro de cada día en esa Sudáfrica, las enormes diferencias económicas y sociales, y la más inmunda corrupción, campa por sus respetos; situación que asoma más allá de las obras de sociología o economía, en las novelas de algunos destacados escritores sudafricanos, ambos blancos y Nobeles: así J.M.Coetzee, en su Desgracia o Nadine Gordimer, cuya última obra, Mejor hoy que mañana pone el dedo en la sangrante llaga de dicho país.

Si se obvian algunas de las cosas señaladas, el retrato del combativo luchador sudafricano queda convertido en el de una pía monjita o el de un devoto monje que reduce su actividad a poner una o la otra mejilla dependiendo de por dónde venga la hostia, y a una colorida colección de camisetas, estampitas, pegatinas, llaveros y demás merchandising del momento. Indudablemente Mandela y su mensaje son algo más, muchísimo más que estas bobadicas: su figura funciona como las ideas reguladoras kantianas (como si), señalando un horizonte de armonía, el de la “paz perpetua” de la raza humana (que dicho de paso solo es una, y no como en el mundo animal en el que funciona la división por razas, y por lo que se ve también en el lenguaje periodístico al uso); Mandela es un ejemplo de humanidad, del lado más sublime de ella, pertenecía al conjunto de los “imprescindibles” de los que hablase Bertolt Brecht, su pensamiento es como una flecha que apunta, inequívoco, el camino hacia el futuro fraternal de los humanos y/o a la igualdad de verdad, no a la formal del presente que hace bueno aquello que con sagaz tino afirmase George Orwell: todos somos iguales, mas unos más iguales que otros. Podría aplicarse al ahora desaparecido, aquello que precisamente dijo el autor de Homenaje a Catalunya, refiriéndose a Gandhi, “…como un político y comparando con otras figuras políticas importantes de nuestro tiempo, ¡ qué olor tan limpio consiguió dejar tras de él!”.

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