Por increíble que se crea, ya no la Guerra Civil, sino la posguerra parecen cosa de un ayer muy lejano y, sin embargo, o por eso, aún hay gente que no tiene una idea clara de lo que fueron en realidad. Es cierto que la expresión de una guerra, por desgracia, nos es más familiar. Pero sobre el significado de la posguerra existe una noción confusa respecto a lo perjudicial de las condiciones que creó, ignorando lo dañina que fue, pues afectó destructivamente a la ciudadanía tanto física como moralmente, cuyas consecuencias son todavía menos conocidas y mucho menos reconocidas. Hay que decir que la realidad de esta lectura no debe extrañarnos, puesto que durante toda la posguerra, incluso tras la muerte del dictador, primero asesinaron y luego encarcelaron la otra historia, la de pueblo derrotado, evocando solamente la escrita por los curas, los militares y los tecnócratas del Opus Dei. Qué se puede esperar del actual sistema gubernamental cuyas cenizas respiran junto a las brasas franquistas, que nunca reconocieron, ni por asomo sospecharon, que los rojos tuvieran sentimientos humanos. Su máxima preocupación ha sido asesinar también el recuerdo de la posguerra, sembrar de cemento las tumbas del olvido y renunciar a su renacimiento, enlosando el suelo que refugia una memoria de muerte, en su tiempo castrada bajo el lema que les otorgó el poder: ¡muera la vida, viva la muerte, arriba el orden!
Así se revela la secreta inseguridad de estos triunfadores de la posguerra, por eso nunca bajan la guardia. Aunque, de momento, nos toleran. Han matado tanto que no les queda más remedio, pero sospechan que ese bacilo que construye el pensamiento por cuenta propia se instale de nuevo en esa sociedad de caridad de cartón piedra que construyeron bajo la represión y el terror. Para llevarles la contraria, es necesario reinsertar la memoria de los ajusticiados mediante cualquier plataforma cultural, intelectual, festiva, lúdica, deportiva y social si se quiere, pero sobre todo hay que fundamentar una política del recuerdo que no anule el recuerdo del sufrimiento alimentado por su sed y ambición de poder, descartando la pueril oposición política que hasta ahora no hecho más que intentar incendiar una pirámide egipcia con hogueras de papel. Sus instituciones nos aventajan inmisericordemente con el argumento de su madurez como raza perseguida que siempre ha justificado las expulsiones, las depuraciones y la represión. Mientras tanto, aquel pensamiento que sustentó la política de los frentes populares insiste en caer en el error de la división. Para que las divisiones no surjan efecto de nuevo, quizás sea necesario volvernos a recordar el exterminio que sufrieron durante la guerra y la posguerra todos los que no fueron sumisos alejándose de la envidia, con la ambición de ser todos un poco más iguales.
Bajo esta pretensión, existen múltiples ejemplos que constatan la dificultad que se van a encontrar para asesinar y borrar de nuevo nuestra memoria. Uno de los métodos empleados es el género literario. Estos días, bajo las tapas de una novela me he reencontrado con la ilusión de ponerles un poco más complicado ese constante intento de anularnos desde su victoria. Sé que es difícil abogar por este cometido, bajo la expresión de las letras, debido a la desgarradora temática que envuelve el asunto, pero no pierdo de vista que escribir una novela, lo mismo que ser lector, consiste en ponerse en la piel de seres desconocidos y probablemente imaginarios que, sin embargo, son nuestros semejantes, sabiendo que hay experiencias que no pueden inventarse o que sólo se transmiten con una vibración de la verdad si uno las ha vivido en propia carne. He tenido la ocasión de experimentar una vez más esta unión entre la ficción y la realidad gracias a la novela Las tres bodas de Manolita de Almudena Grandes, donde el desamparo, el sufrimiento y la soledad se convierten, por encima de los personajes y las situaciones, en los verdaderos protagonistas de la narración histórica de esa barbarie consumada durante la posguerra, sepultándolos con la realidad de esa terrible atmósfera. Creo que su lectura simplificaría, junto a otras, el conocimiento de nuestra sociedad.
Sabemos de sobra que las élites gobernantes están dispuestas a hacer lo que sea con tal de no perder el negocio del poder, ya que consideran que forma parte de sus pertenencias, una propiedad más entre las que han heredado de sus antecesores, con la única pretensión de dejar su herencia a sus descendientes. La causa de su dominio y la obtención de su poder, floreció sobre el humus de la victoria contra la legitimidad republicana -de que se puede estar en desacuerdo, como ellos, de la misma forma que se puede estar en desacuerdo con su monarquía-; la consecuencia de ese galardón es que muchos de los que hoy tienen entre sus manos la responsabilidad política, económica y jurídica del país están convencidos de que el patrimonio de sus padres se debe a la fortuna de su mérito, sin llegar a comprender cómo los descendientes de una masa analfabeta, atea, libertaria, vaga y disoluta tengan algún derecho para exigir que la segregación a la que fueron sometidos en la posguerra se tenga en cuenta, y mucho menos reciba la integración total en el concurso de los hechos históricos.
Una vez más, otra lectura sobre aquellos acontecimientos ha despertado mis recuerdos en búsqueda de la historia de nuestras familias -rojos derrotados- y la de sus amigos, la de sus ilusiones, que son nuestros extravíos, sabiendo que su relato no carece de interés ya que es también, hasta cierto punto, la historia de nuestra época, de nuestras ilusiones, precisamente, y de sus extravíos. El enlace con nuestro pasado pertenece a esas generaciones que conocieron un país pobre, atrasado y agrario. Un pasado lastrado con la desigualdad y el servilismo, al que se opusieron legítimamente mediante unas elecciones ganadoras, cuyo resultado no fue del agrado monárquico, militar y eclesiástico. Nuestros parientes sufrieron la posguerra a causa de un levantamiento contra el orden establecido que desencadenó una cruenta guerra civil y el posterior episodio dictatorial no menos sanguinario para los derrotados, desde donde estos “carcas beatos de mierda que se creen que este país es suyo y que es natural que sus jornaleros se mueran de hambre, pero no toleran que se quiten los crucifijos de las escuelas” ahora pretenden borrar la memoria del pueblo.
Almudena Grandes ha conseguido reconstruir mediante su relato el sumidero por donde ha circulado durante tantos años el recuerdo inmutable, tan intacto en el ayer que no encaja en el ahora, invitándonos a sobreponernos a esa amargura de la posguerra, como si se tratase de un viaje en el tiempo donde los pecados del pasado no se olvidan, intentando que la prepotencia de los ganadores no haga borrón y cuenta nueva, para restablecer los lazos de su poder.
Los que mandan siempre han sospechado de la vida prohibiendo la vida. Vamos a evitar que nos prohíban de nuevo vivir, obligándoles a dejarnos vivir, pero recordándoles la maldita posguerra, a su pesar.
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