Los del rosa-rosae

Despotricaba con mi amigo Patxi, el vasco -que ni se llamaba Patxi sino Remigio, y que en lo de ser vasco no veo porqué había de serlo más que los demás-, contra la mala sangre de aquel cura. Era la tercera vez que me sacudía tamaño collejazo…

– Ostia, neri eman didana… -murmuró él, el paciente y sosegado Patxi.

El padre Merallo era un  cura zamorano físicamente bastante bien diseñado, que bien que se lo sabía él. Tras sus pasos bien estudiados siempre quedaba una estela perfumada como de canela y el fru-frú de su impecable y rutilante hábito.

Daba clases de latín a los que íbamos, bien para bachiller, bien para curas.

Y además era el organista del convento. Director de un pequeño coro –como parroquial- de niños y ensayador perenne de la tocata y fuga en re menor de Bach, que probablemente nunca dominó.

El hecho de que me soltara dos o tres guantadas, tampoco era muy extraño teniendo en cuenta que era un crío bastante disperso, según me recriminaba su reverencia…

– “No creo que a este paso llegues alguna vez al “quousque tandem abutere” –Me espetaba, con lo que yo pensaba que el tal “quousque” sería algo, que sin duda habría de estar tan sólo al alcance de los obispos-.

A Patxi  el vasco, ciertamente lo tenía triturado.

Era un  muchacho tranquilo, algo introvertido. Solía venir casi todos los veranos a casa de su tía, la de Pamplona. Sabía integrarse en el barrio, aunque algunos le despreciaban, quizás por su expresión algo tosca.

Acudía a la catequesis y participaba en el coro.

Debió pasar una auténtica vergüenza cuando el levita zamorano le soltó tamaño soplamocos…

Pues que al asustadizo mocetón se le escapó un gallo y el atildado cura  -que no lo podría tragar, quizás por lo de vasco- interpretó, ante las carcajadas de los demás- que el chavalote lo había hecho a propio intento…

El padre Merallo era abusivamente recto con la chavalería –y es que sacaba con sorprendente facilidad a pasear el guante-, actitud educativa que el padre Echezarreta no compartía y que más adelante supimos que se lo recriminó y no sólo por la humillación infligida a Patxi y otras más, sino por el tono despectivo que utilizaba tratando de remedar el “rústico” acento del niño, que encontraba reales dificultades para expresarse en castellano, “ la lengua de Cervantes y no la de ciertos patanes montañeses que venían los sábados a Iruña a confesarse y que había que soportarlos por la caridad de Dios” como decía el cura zamorano, pero claro como el dicho clérigo gozaba de cierto prestigio por sus dotes de convicción y de pescador de almas, sobre todo entre las mujeres… que buena labor debió ser captar a dos hembras, que buena fama tenían de casquivanas en el barrio y que el cura castellano, que era mucho clérigo, no solo las atrajo al redil eclesial sino que las incorporó con tal entrega, que en adelante, aquellas “reconvertidas marías”  como quiera rondaban los ámbitos conventuales y que incluso hasta le invitaban al fraile a sus casas, porque como ellas decían con ciertas sonrisas cómplices, al padre Merayo le encantaba el conejo y el que ellas aderezaban había de ser especial y que a tal punto debía haber llegado su conversión -la de las Marías-, que en varias ocasiones, el coro de infantes allí reunido a la espera del fraile músico, había de disolverse porque faltaba el susodicho dire y que nadie daba noticia de él, a lo que el padre Echezarreta, meneando su respetable testa, apostillaba con algo así -que mas adelante lo entendí-, como “cherchez la femme”…

El padre Echezarreta era el mejor amigo de Patxi el vasco, Se veía que le apreciaba. Era muy contrario a las técnicas seudomísticas y pedagógicas del padre Merallo.

Había cantidad de cosas que el joven sacerdote vizcaíno no aceptaba del cura zamorano.

Por ejemplo cuando en las grandes celebraciones litúrgicas, el fraile zamorano, enfebrecía su órgano y sin duda a muchos feligreses, con el himno nacional, lo que molestaba sobremanera al fraile vasco, porque según él “las exaltaciones patriótico-guerreras, no eran propias de la casa de Dios.

Pero lo que sin duda más molestaba a éste último –que más de una vez le echaba en cara al dandy del convento-, eran las soflamas que el clérigo zamorano nos infligía en el descanso de los ensayos.

Pelayo con su virgen de Covadonga, el Cid, ganando victorias después de muerto, los reyes católicos extendiendo por el mundo la civilización y el imperio de la cruz, Lepanto, Móstoles, Agustina de Aragón y el cura Merino…

¡Cuanta tergiversación, cuanto fanatismo! –protestaba el joven cura Etxezarreta.

Lo cierto es que ambos frailes volaron –o los hicieron volar- del convento.

Al joven fraile vizcaíno por díscolo e inadaptado a la coyuntura político-religiosa o si se quiere religioso-política –y para evitar males mayores- lo mandaron al Darién, a convertir indiecitos.

El Padre Merallo abandonó el regazo de la Iglesia, para aposentarse en otro si no más cálido, si al menos más “jugoso”. Así debía ser sin duda el de la joven hacendada criolla, con la que se fugó a México.

Puede que los hechos que narro parezcan puras anécdotas o en cualquier caso caricaturas. Pues no. Muchos de mis coetáneos corroborarán, sin duda, que estos episodios se encuadraban perfectamente en el marco de la década de los 50 y 60.

El pueblo, mal que bien, se adaptaba –o se adormecía- ante esta cultura de la incultura, del desconocimiento, de la manipulación, hasta llegar a formar ese gran sustrato inerte que ha hecho posible, esta España cutre, acrítica y ruinosa.

A pesar de todo, algunos –sin duda unos privilegiados-, tuvimos la suerte, no sólo de alcanzar el “quousque tándem…, el beatus ille qui procul negotiis y hasta el tu autem domine misere nobis… sino  lo que aún es más importante.

Y es que no sólo aprendimos el silogismo – y a negar las nunca cuestionadas mayores o menores- la filosofía escolástica y otras –por fin-, no tan escolásticas…Contra todo pronóstico, aprendimos a razonar, a cuestionar, a disentir a plantear otras propuestas, a investigar nuevos caminos…

Y esto si que mereció la pena…

Es decir, aprendimos a liberar y oxigenar las conciencias…

Fue sin duda, de aquellas avanzadillas de latinistas, quizás “humanistas…”, seminaristas, conventuales o laicos (fundamentalmente en Euskalherria), de donde surgieron las que asestaron los primeros quebraderos de cabeza al régimen, es decir, al nacionalcatolicismo franquista (fascista).

Aquel renacimiento, revolución –o como se prefiera llamar- ideológicos, así mismo contra pronóstico, fue el que al propio tiempo, despertó en muchos de nosotros, la conciencia de pertenecer  a un pueblo, Euskalherría.

Desde ahí,  el descubrimiento del descarnado aniquilamiento que el franquismo y España en general, ejercían sobre el patrimonio humano y cultural de nuestro pueblo, era ineludible.

Gran parte pues, de aquellos “agitadores” que lideraron los movimientos políticos –entonces denominados de izquierdas-, ¿quién lo duda? eran carne de coro y sotana…

También es cierto, que con el transcurso del tiempo, buen número de ellos traicionó las expectativas revolucionarias, se cambiaron la chaqueta y se incorporaron al cómodo pesebre del Statu quo.

Hoy los podemos ver, -Vasconia es pequeña y todos nos conocemos- bien situados, gozando de puestos y pingües prebendas, adquiridos por los servicios prestados a la corte…

Todo al final fue un espejismo, porque en realidad aquellos vientos que durante la transición intuíamos como vientos de libertad, duraron lo que una tormenta de verano…

Nada ha cambiado. Pervive ese mismo magma pútrido y destructor de cualquier hálito renovador o avance humanístico que durante siglos ha sido la política española y que la gran mayoría de los españoles parece soportar sin mayores estridencias

La misma España de charanga y pandereta, la del diablo cojuelo… Devota de Frascuelo o de la friki de turno-.

El país absolutamente futbolero, que no lee –quizás se le haya olvidado por falta de hábitos-, ni se solivianta… La España irresoluble de Cánovas y Sagasta,  o del PP o PSOE , que tanto monta…

Y sin embargo, yo si rompería una lanza por todos aquellos coetáneos, que fueron capaces de emerger de aquella negra noche del franquismo y que aún hoy día, sus teas incombustibles, siguen iluminando  los entuertos más lúgubres de Euskalherria.

Tengo el pleno convencimiento, de que en el nuevo horizonte que – por muchos obstáculos que siembre el fascismo hispano-  entrevemos, su lucha incansable, sus esperanzas nunca marchitas y sus mensajes, lucirán como potentes luminarias.

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua