Los colapsos

A raíz del colapso de la red de Cercanías en nuestro país, los articulistas hemos abusado de las metáforas ferroviarias por encima de nuestras posibilidades, así que no insistiré a un lector que puede agradecer que expresemos por escrito su rabia, y que, sin embargo, a pesar de una total unanimidad, se siente frustrado por la incapacidad de revertir una crisis sistémica como la actual. Efectivamente, unos días de mal tiempo han generado una serie de incidentes que, frente a un mantenimiento endémicamente deficitario, en una reacción en cadena, ha dejado el transporte público en una situación comparable a la de los bombardeos alemanes durante la segunda guerra mundial. Quizás peor, teniendo en cuenta que un país en guerra como Gran Bretaña de 1940 disponía de mecanismos de reconstrucción más ágiles, organizados y efectivos que en la actualidad.

Se pueden buscar miles de disculpas, sin embargo, las leyes de la física, de la matemática y de la historia, señalan a un único culpable: España. España y su psicología de ‘hidalgo’ (más vale aparentar que tienes una red moderna de alta velocidad que resolver problemas prácticos cotidianos). España y su proyecto (convertir Madrid en un agujero negro que desertiza su ‘hinterland’ y destruye a conciencia las posibilidades de desarrollo económico de su nación rival: los Països Catalans. España y su ADN borbónico que busca incansablemente la represión de los catalanes. España, porque un AVE que no se podía permitir, se convertía en medio de transporte concebido para los sectores económicamente mejor situados y profesionales, mientras se deja a la intemperie a una menospreciada masa trabajadora. España y su tradición política, fundamentada en el contraste entre la retórica democrática e institucional y la dictadura del ‘deep state’, incluidas las cloacas que rodea todo este mundo de comisionistas, contratos y subcontratos y subcontratos de los subcontratos por donde se cuelan los impuestos de los plebeyos de ingresos decrecientes y progresivamente proletarizados. Y también es culpa, por supuesto, del colaboracionismo del propio personal político, que abandonaron la única salida posible, la independencia, y ahora se han convertido en triste lacayos de esta monumental estafa llamada España. No hay solución posible, ni justicia, ni dignidad sin la independencia!

Sin embargo, hablaba de metáforas. Y en un ámbito que conozco bien, el educativo, también se ha aplicado el modelo ferroviario de destrucción lenta que, efectivamente, también ha llevado al colapso. Décadas de desinversión, experimentos educativos sin criterio ni marcha atrás, la humillación constante de sus profesionales, el abandono de la red pública, la rebaja de la exigencia, un diseño que, como el ferroviario, a menudo terminaba en vías muertas o estaciones abandonadas, o priorizando a aquellos grupos sociales que se convierten en minoría. No se habla demasiado, tampoco, del hecho de que en estos últimos años se están creando decenas de universidades privadas, y de centros de formación profesional, de calidad dudosa y de nula necesidad, en el enésimo episodio de oportunismo, especulación, mediocridad e indiferencia respecto a las necesidades de la sociedad, es decir, revitalizar la naturaleza del franquismo travestidode borbonismo. Y en este punto, la administración catalana ha sido el alumno aventajado de la destrucción del propio sistema. Sólo recordar que con nocturnidad y alevosía se han cargado las humanidades y las ciencias del currículo, se pasan por el forro la inmersión y han logrado ser una de las comunidades donde los maestros estén entre los peor pagados y tratados, empujando a la comunidad educativa hacia una desmoralización cósmica. El azar ha hecho que la huelga de ferrocarriles coincida con una de docentes que promete ser bastante seguida, porque la acumulación de malestar y resentimiento requiere de espacios para manifestarse.

A ello se añade el colapso demográfico, que precisamente representa en buena medida al agente detonador de este país de más de ocho millones de habitantes con servicios públicos concebido para poco más de la mitad. La forma en que se ha hecho, sin debate, por la puerta trasera, y con el peligroso concepto de premiar por saltarse las normas, dudo que sea bien recibido por el electorado (y es por eso que no se han atrevido a llevarlo al legislativo). Más allá de los muchos dramas personales de muchas personas que viven sin permiso para residir, es como si medio millón de conductores que circularan sin carnet de conducir –objetivamente, un delito–, se les premiara con un nuevo carnet nuevo sin tener que pasar por las clases teóricas, las prácticas, las tasas y el examen. En otros términos, representa un insulto y una desautorización para todo aquél que cumple las normas y nos deja en una peligrosa dinámica de derechos y obligaciones asimétricas. O aún peor, en ciudadanos de primera (que no hace falta que respeten las normas) y de segunda (las que deben cumplirlas bajo sanciones severas). Y eso, por supuesto, profundiza también este tipo de colapso en la cohesión de una sociedad que se rige por obligaciones diversas según el colectivo, retornando a aquel mundo premoderno que tanto preconiza el neorreaccionarismo de la ilustración oscura tan presente entre los psicópatas que rodean a Trump. Ya hace tiempo que pienso que organizaciones como Sumar o Podemos deben estar infiltradas por la ultraderecha, porque con estas decisiones parece que empujan a su electorado natural hacia un terrible dilema: o neoliberalismo con apariencia de democracia liberal; o bien neoliberalismo sin ninguna voluntad de disimular que exista otra norma que la fuerza bruta. Más o menos lo que ya ha ocurrido en Argentina con la motosierra de Milei. En cualquier caso, con decisiones de este tipo se rompe el contrato social fundamentado en la dialéctica entre derechos y deberes.

Porque, efectivamente, asistimos a un colapso multidimensional: de los trenes, de las instituciones, de las reglas del juego, de la moral, del buen sentido, de la prudencia, de la democracia, de los equilibrios sociales. Un colapso protagonizado por el Estado profundo, y muy especialmente su principal garante, un PSOE que sostiene esa gran farsa llamada España con mayor eficacia que nadie.

https://elmon.cat/opinio/collapses-1115844/