Los ataques a los historiadores catalanes

El clima político actual está contaminando todo tipo de debates y controversias. Y esto llega incluso a la reflexión y a la crítica acerca de la producción historiográfica. Los últimos meses estamos presenciando cómo en muchos medios de comunicación españoles, y también en algunos de catalanes, se desarrolla una clara ofensiva que pretende cuestionar el rigor y la labor profesional de los historiadores catalanes. Todos ellos quedan englobados dentro de una genérica “historiografía catalana” que es acusada de haberse puesto al servicio del proyecto político independentista. Así de simple y de contundente.

Una manifestación de estas imputaciones se concreta en los vehementes ataques que está recibiendo el libro de Josep Fontana ‘La formación de una identidad. Una historia de Cataluña’. Algunos articulistas, no siempre historiadores, se han dedicado a censurar esta obra empleando básicamente comentarios despectivos personales y no argumentos científicos. Se ha llegado a calificar este libro de típico producto del “nacionalismo romántico” o de ser una obra “romántica, nacionalista y comunista”. Y, por si fuera poco, se ha convertido en un recurso común utilizar la figura y la obra de Jaume Vicens Vives, como gran renovador de la historiografía catalana, para cuestionar lo que hoy elaboran los historiadores catalanes.

Ante estas pretensiones habría que hacer un par de advertencias: primeramente, no se puede generalizar y simplificar sobre el estado de una comunidad científica tan variada y extensa como la de los historiadores; ni sobre la catalana, ni sobre la española, ni la china. En segundo lugar, si se pretende censurar la obra de un historiador, como Fontana, primero habría que estar bien informado, ser mínimamente riguroso, leerse el libro, entender su tesis y no escribir de oido, como hacen algunos. Porque, como dice aquel viejo refrán: “No hay nada más atrevido que la ignorancia”.

El problema de fondo de estas actitudes agresivas radica en la existencia de un colectivo de opinadores españoles que está fuertemente obsesionado en defender y justificar el discurso oficial sobre la identidad y la historia de los españoles. Estos son, de hecho, unos escritores nacionalistas pero que nunca se reconocen como tales. Esta es una vieja y conocida táctica de muchos publicistas españoles: negar que ellos sean nacionalistas y acusar a los demás de serlo, como si eso implicara automáticamente una grave descalificación profesional. Incluso se ha llegado a decir que los historiadores catalanes no están capacitados intelectualmente para historiar su país porque están contaminados de nacionalismo -es la tesis que defiende Antonio Elorza-. Ellos, en cambio, sí que son unos profesionales objetivos y rigurosos, ya que opinan y escriben sin ningún prejuicio ideológico. No es necesario rebatir mucho estos ridículos planteamientos, impresentables ante cualquier foro científico internacional.

Hoy la historiografía catalana, como la de todos los países, es plural y diversa. Se publica de todo: bueno, regular y también malo. Y, además, se sufre un notable intrusismo, es decir, que también hay publicistas poco rigurosos que difunden tesis, a veces muy absurdas e incluso provocadoras, que editores poco cuidadosos publican. Esto ha pasado y pasa aquí, y también en Madrid y en Madagascar. Desgraciadamente, en todas partes hay aprendices y publicistas indocumentados, incluso en la historiografía española. La lista sería muy larga.

Últimamente, algunos opinadores españoles, y también alguno catalán, se han mostrado especialmente agresivos con todo lo que se ha publicado en Cataluña respecto de los hechos de 1714 y, en general, sobre la Guerra de Sucesión. Un colaborador de la FAES ha llegado a decir que en Cataluña se está construyendo una “leyenda escandalosa” llena de prejuicios nacionalistas. Respecto de las interpretaciones sobre el significado del 1714, yo recomendaría a estos opinadores, y también a algún historiador poco informado, que primero se leyeran, por ejemplo, los excelentes y detallados artículos de balance bibliográfico que han escrito últimamente Nadal y Joaquim Albareda. En su texto, este último, si bien reconoce que “hubiera sido deseable que, durante el Tricentenario, el ejercicio de la práctica historiográfica no hubiera resultado tan condicionado por el debate político”, considera que esta conmemoración en Cataluña “ha dejado un buen legado”. Ambos historiadores son extremadamente críticos con las posiciones idealistas y simplificadoras de algunas de las conmemoraciones oficiales catalanas y no esconden su desacuerdo con ciertas obras poco rigurosas hechas en nuestro país. Pero, sobre todo, comentan las muchas y valiosas aportaciones realizadas estos últimos años. Y, además, repasan la producción historiográfica española sobre esta cuestión y, aparte de señalar notables deficiencias metodológicas en muchas obras, destacan el claro predominio de mensajes políticos subyacentes “en clave unionista”.

Una historiografía no puede ser calificada de seria si no se atreve a situarse allí donde está el auténtico debate científico de los profesionales y huye del mundo de la politiquería interesada. Ciertamente, los historiadores catalanes debemos ser más cuidadosos y censurar algunas publicaciones, e incluso algunas actitudes que benefician muy poco el prestigio de nuestra colectividad. Nadal y Albareda lo han hecho y esos artículos suyos representan un ejercicio intelectual riguroso y honesto que, hasta ahora, no fue correspondido con otros escritos similares en el mundo historiográfico español. ¿Por qué será?

ARA