La actriz Sílvia Bel leyó de una forma inmejorable el texto de un poema ya arrugado por el uso: “Tenemos lo que tenemos y basta”, escuchábamos, ante miles de personas. Y la afirmación no podía ser más cierta. Pronto hará un año que conocimos el texto de una doble pregunta que, tanta gente, aceptamos a pesar de haber preferido una sola y más clara, sin necesidad de tantas vueltas a la noria. Dimos apoyo, también, a una consulta de carácter no vinculante, a pesar de que muchos hubiéramos preferido un referéndum de autodeterminación, claramente identificable como tal por la comunidad internacional. La imagen de los representantes de seis partidos, haciendo piña con el presidente, de derecha a izquierda, nos hizo ver que no había más cera que la ardía y que aquello era lo máximo a lo que se podía aspirar, dada la correlación de fuerzas y el marco legal vigente. Ahogando cómo nos ahoga la estética, nos dejamos llevar por el momento: el entorno gótico del Palau, la solemnidad del anuncio, la imagen de unidad y, sobre todo, las ganas que teníamos de otorgar al que veíamos mucha más fuerza de la que, en realidad, tenía. Entonces ya se intuía, por no decir que ya se sabía, que la consulta, tal como había sido anunciada, no se llevaría a cabo.
Sorprende cómo es posible que si se pusieron de acuerdo en la fecha y la pregunta, no lo hicieran también en la gestión de la anulación y sustitución por otra fórmula, francamente difícil de precisar, a estas alturas. ¿Cómo puede ser que los partidos conocieran de repente la suspensión de la consulta, de manera unilateral? Lo desconocemos. Pero la sospecha de una cierta improvisación planea sobre el escenario político. Ya me parece bien que ahora se nos diga que, de cara a nuestro futuro, debemos centrar todos los esfuerzos en el 9-N y que el día siguiente ya hablaremos. Me parece bien en cuanto a los ciudadanos, pero confío en que los líderes del proceso no esperarán al 10-N para empezar otro debate público, con baile de bastones en plaza y sálvese quien pueda al final, cada uno por donde le tira. Tienen la obligación civil, el deber patriótico y la responsabilidad democrática de no defraudar y debatir y preparar, antes del 9-N, un acuerdo nacional mayoritario para nuestro futuro inmediato, que ya anunciarán más adelante. No podemos avanzar a golpe de improvisación o de jugada táctica con mirada corta, porque el ánimo del país se resiente y más podrán resentirse en las urnas los partidos protagonistas de este estilo.
Así las cosas, el 9-N, tal como ha quedado, es la expresión de nosotros mismos, de nuestra fuerza débil y nuestra capacidad poco osada. Sólo tenemos esto, esto que no sabemos ni cómo lo debemos llamar y todo el mundo que nos mira. ¿Qué hacer, pues? ¡Cualquier cosa salvo del ridículo! Debemos aprovechar lo poco que tenemos, porque como enseña la sabiduría popular, “más vale eso que nada”, manifestación magnífica de nuestro pragmatismo, mira por dónde… Debemos utilizar lo que tenemos, que es poco, pero tenemos que saber utilizarlo para que sea mucho. Debemos convertir la lima de las uñas en una sierra mecánica para hender barrotes de acero. A estas alturas, el Estado no sabe en qué consiste el 9-N, cómo se votará, quién, dónde, no sabe nada. Por primera vez en siglos, la mayoría de catalanes tenemos sentido de Estado, porque desconocemos como él los términos prácticos de la operación. Pero sabemos muy bien una sola cosa: si hay un nivel elevado de participación para responder la pregunta anunciada y gana el doble sí, habremos ganado ante el mundo, frente a una España que no nos deja votar y nos obliga a expresarnos de esta manera tan insólita. Si, por el contrario, va a votar poca gente, por más que el resultado sea favorable, todo nos será más difícil. Por ello, el 9-N iré a votar ‘sí-sí’, no tanto por lo que es el ingenio participativo en el que participaremos, sino por lo que tanta gente queremos que sea y que así se interprete en todo el mundo. La fuerza del 9-N debe reflejar la ilusión por el mañana que queremos: libre e independiente.
EL PUNT – AVUI









