Lo que hay detrás de las listas fantasma

Si el hecho de presentar listas fantasma en unas elecciones, con candidatos del Partido Socialista y del Partido Popular que no han puesto nunca los pies en el pueblo donde se presentan, ya constituye un fraude democrático, un insulto a los electores y una acción carente de toda ética que merece la reprobación general, la excusa aducida por el portavoz del PP, Enric Millo, en el sentido que lo hacen “por miedo”, es absolutamente repugnante. ¿Miedo de qué? ¿De quién? ¿De Hannibal Lecter, de Freddy Kruegger, de Cruella De Vil? Hace falta mucha malignidad para decir algo así. Malignidad, cinismo y caradura. ¿Pero qué se puede esperar de un personaje que militaba en Unió, que se ofreció a Esquerra, que recibió de ésta la sugerencia de llamar a la puerta de los socialistas y que finalmente fue a parar al PP? Hay unos requisitos éticos mínimos que toda persona que se dedica a la política debería reunir.

Por suerte, durante estos últimos días El Singular ha hecho un trabajo espléndido, firmado por Gemma Aguilera, explicando el fraude con cobertura legal que el PP y el Partido Socialista han perpetrado para las elecciones municipales del 24 de mayo y ha ofrecido datos altamente ilustrativos de la magnitud de la maniobra. El PSOE de Cataluña presenta 145 listas y el PP 140. Es decir que más de una cuarta parte de sus listas son una burla a la sociedad catalana, en general, y a los electores de los municipios pequeños, en particular. Y es que se amparan en la Ley Orgánica de Régimen Electoral General española, que no sólo admite esta aberración, sino que la incentiva económicamente con nuestro dinero. Más de un millón de euros, en este caso. Y esto independientemente de si obtienen un voto o ninguno, ya que la incentivación no va ligada a los resultados.

Hay, sin embargo, otra razón, además de la económica, y es el intento de los mencionados partidos de enmascarar su pérdida de representatividad en Cataluña. El descenso es tan grande que necesitan mentir a la ciudadanía intentando hacer creer que no pasa nada. Pero sí que pasa, porque la falta de implantación que arrastran es fruto de la inmensa desconexión que existe entre su ideología nacionalista española y el grueso de la sociedad catalana. De hecho, la deformación de la realidad forma parte de su praxis política, ya que la falta de escrúpulos que demuestran, confeccionando una falsa representatividad, es prima hermana de la piña que hacen entre ambos para impedir que los catalanes podamos decidir nuestro futuro político en las urnas. En ambos casos encontramos el intento de ocultar una derrota democrática que les escuece. Saben que son minoría en Cataluña y no quieren que el mundo lo vea por medio de un referéndum. Por eso hacen leyes antidemocráticas que, además de permitir estafar a la ciudadanía y rascarle los bolsillos, criminalizan las urnas e ilegalizan el voto. En resumen: a falta de legitimidad moral, la fabrican legal. Es su ley, la ley que dice que el pueblo catalán no existe, la ley que dice que el pueblo catalán no puede decidir, la ley que dice que el pueblo catalán ha venido a este mundo a someterse a la santa voluntad de España hasta el fin del mundo.

Es vergonzoso, además, que los que repiten noche y día la cantinela según la cual “hay que hablar de los problemas reales de la gente y acercarse al ciudadano” son los mismos que se alejan y elaboran listas con militantes totalmente ajenos a los municipios, militantes que viven a doscientos, seiscientos o ochocientos kilómetros de distancia. ¡Han llegado a introducir militantes de Granada! Estamos hablando, en definitiva, de los mismos que se desgañitan diciendo que estas elecciones no deben leerse en clave preliminar de las plebiscitarias del 27-S, porque “lo que importa son las personas, no las siglas”. ¡Qué cara! Hace falta mucha caradura, para exigir que el votante esté empadronado en el municipio mientras que el candidato puede estar empadronado donde le dé la gana. El despropósito es tan inmenso que incluso se incentiva que alguien pueda presentarse como candidato en un pueblo en el que no puede votar.

En cuanto a la cínica falacia expresada por Enric Millo, que dice que se presentan con gente de fuera porque así los ciudadanos “tienen la posibilidad de votar lo que realmente quieren votar”, no puede ser más grotesca. Realmente hace falta mucha bajeza moral para decir que las listas fantasma se hacen para que la gente pueda votar lo que quiere votar. Como si la implantación en un municipio y el conocimiento de los problemas locales, por parte de los candidatos, no fuera un requisito ético básico para la elaboración de toda lista electoral. La bajeza moral se agrava, sin embargo, si añadimos que populares y socialistas son los dos partidos que niegan el derecho de los catalanes a votar lo que quieren votar. Los carceleros de las urnas se atreven dar lecciones de democracia. A estos extremos llegamos.

Situados en este punto, ya se ve que no es por miedo, que el Partido Socialista y el Partido Popular elaboran estas listas que denigran la democracia. Es por caradura. La cara de querer ocultar que no tienen candidatos. No los tienen. No los tienen porque les cuesta encontrar catalanes que no sientan vergüenza al poner su nombre en la lista de unos partidos que son enemigos declarados de los derechos nacionales de Cataluña. Esta es la verdad que les escuece. Saben bien que el colaboracionista, en todas las culturas, ha sido siempre el personaje más esperpéntico de la colectividad. Es aquel que trabaja al servicio del explotador y que experimenta un placer morboso con la sumisión y la humillación de los suyos. No, no es por miedo a que se conviertan en fantasmas, es para intentar intimidarnos haciéndonos creer que son muchos. Pero basta con quitarles la sábana para ver que debajo no hay nada.

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