Leyendas que son radiografías

Cada vez estoy más convencido de que el origen profundo de la crisis que vivimos, que es sólo parcialmente una crisis económica, puede ser explicada por medio de dos efectos a los que la publicidad ha dado un nombre. Se trata, a nivel colectivo, del efecto L’Oréal (“¡Porque yo lo valgo!”). Y, desde una perspectiva individual, del efecto Mediamarkt (“¡Yo no soy tonto!”). El efecto L’Oréal explica miles de absurdos kilómetros de alta velocidad desde la nada hasta la nada, o aeropuertos desolados en capitales de partido judicial, o cientos de “centros de interpretación” con dos docenas de visitantes anuales. El efecto Mediamarkt permite hacer inteligible la risita de suficiencia de cuando le contaba a alguien que en nuestra casa preferíamos vivir de alquiler. Ellos no eran tontos -me explicaban, didácticos- y justamente por eso habían firmado una hipoteca a 40 años de 1.500 euros al mes por un piso de 70 metros cuadrados, en vez de “tirar el dinero con un alquiler”. Pero todavía -¡ay! – había gente más espabilada que ellos: he aquí el problema. Los sórdidos papelotes de Caja Madrid/Bankia que han salido a la luz muestran un mundo de verdaderos gángsters (David Fernández fue preciso en la denominación) que se presionan de una manera amenazante, explícitamente, sin ningún tipo de complejo. Quiero decir que la buena gente afectada por el efecto Mediamarkt no sabía con quién se estaba jugando los cuartos.

Siempre he pensado que las leyendas urbanas son una radiografía de inquietudes profundas y de miedos inconfesables. Para entender el trasfondo de los dos efectos que acabamos de comentar hay un par de historias especialmente significativas. Una vez pasada la obsesión de los tapones de plástico, que puso de manifiesto la extraordinaria credulidad de muchas personas, han llegado los relatos de los ‘chemtrails’ y los de la ‘burundanga’ o ‘escopolamina’. Se trata, en este caso, de verdaderos signos de los tiempos. Los ‘chemtrails’ son las estelas de condensación de los aviones pero interpretadas en términos de gran conspiración: resulta que unos ‘Oscuros Poderes’ echan todo tipo de cosas terribles, desde bacterias hasta productos químicos potencialmente letales. A estos misteriosos aviones, sin embargo, no los ve nadie. ¿Por qué actúan así?. Para “controlarnos”, dicen los que creen. La ‘burundanga’ es una sustancia que anula la voluntad de las personas. El relato más habitual, significativamente, siempre pasa por un banco. Resulta que a una pobre señora unos tipos le preguntan si les puede indicar una dirección y, cuando le enseñan el mapa, soplan una sustancia blanca y la víctima pierde la voluntad y la memoria, pero no el conocimiento. Entonces se la llevan a una sucursal bancaria, le hacen sacar todo el dinero que pueden y desaparecen. Al cabo de dos o tres días, la víctima recuerda lo que ha pasado, recupera la voluntad y denuncia los hechos. Los de la sucursal, obviamente, no observan ninguna presión por parte de nadie ni ningún síntoma anormal, ya que esta pérdida total de la voluntad no va asociada a ningún comportamiento extraño.

Los ‘chemtrails’ y la ‘burundanga’ dejan entrever de una manera casi impúdica que la asunción individual de la propia responsabilidad es percibida ya como una especie de dolor de cabeza innecesario, como un estorbo que nos podemos ahorrar cuando lo creamos oportuno. Y aquí vuelvo a la extraña convergencia entre estafadores y estafados que les comentaba antes. Las transcripciones de las comunicaciones entre Blesa y el hijo de Aznar se basan en la misma lógica: hay cosas que escapan a nuestra voluntad, conspiraciones gigantescas contra las que no se puede hacer nada. Blesa, Aznar jr. y toda ese grupito también fueron víctimas de la ‘burundanga’ y los ‘chemtrails’. Como la señora que explica que entró a un banco por culpa de un polvo blanco que le hizo perder la voluntad, los peces gordos de aquella cueva de ladrones llamada Bankia que teledirigida por el PP no podían hacer nada para restituir el orden cósmico, alterado por oscuras conspiraciones contra las que no había fuerza de voluntad posible. ¿Y las preferentes, pues? “¡Eran inevitables!”, Responden. Fue, de hecho, contra su voluntad, habiendo consumido ‘burundanga’, después de que pasara un ‘chemtrail’ cargado de activos tóxicos. El que firmó la hipoteca de 1.500 euros a 40 años para un piso de 70 metros cuadrados asiente: a él le pasó lo mismo, justamente. Tras una bufarrada de ‘burundanga’ se vio ante un notario, impotente. Incluso el alcalde que ordenó la construcción de ese auditorio para 1.000 personas en un pueblo de 300 evoca, melancólico, el episodio: ¿quién se podía resistir al efecto L’Oréal?

ARA