Ya he comentado en otras ocasiones que soy de la opinión de que la principal responsable del desprestigio de la política es la propia lógica de confrontación que se ha establecido entre los partidos en nuestro país.
Se trata de un tipo de combate que no se basa tanto en la contrapropuesta ideológica o de programa, como en la descalificación personal del adversario y que acaba exacerbando el descrédito general de todos. Ahora bien, y excepcionalmente, la crítica política sí va más allá de la carnicería partidista y suelta cargas de gran profundidad. Es el caso de la estrategia que sigue el Partido Popular en Catalunya.
Particularmente, desde las últimas elecciones catalanas, el PPC se ha propuesto no tan sólo desacreditar a los contrincantes –hasta aquí, nada nuevo bajo el sol–, sino que intenta minar a las instituciones políticas catalanas, especialmente si tienen alguna presencia internacional. Y eso ya tiene otra dimensión y gravedad, sobre la que no deberíamos frivolizar.
Ciertamente, no se trata ahora de recordar una vez más que el PP en Catalunya fue corresponsable del recurso de inconstitucionalidad que llevó a la castración del Estatut del 2006 y, de rebote, a la profunda crisis política actual. Ni siquiera pretendo hacer hincapié en hasta qué punto este PP forma parte de la organización que se dedicó a promover un anticatalanismo visceral en toda España –del cual todavía no se ha disculpado– y que aquí ha acabado convenciendo a una mayoría de catalanes de que es definitivamente inútil cualquier intento de encaje territorial en el Estado. No: lo que ahora quiero remarcar es cómo el PP en Catalunya, desde el 2010, sigue una estrategia de fondo destinada a debilitar no tan sólo a los titulares sino a las propias instituciones de autogobierno en cuanto ponen el pie fuera de la frontera estatal. ¡Acusan al soberanismo de cerrarse en sí mismo, y se encabritan cuando salimos al extranjero!
En particular, uno de los casos más graves es el que se ha producido recientemente cuando, al dictado de determinada prensa española, el PP en Catalunya ha querido erosionar la institución del Síndic de Greuges. Sólo una cierta mezquindad en la política catalana puede explicar que el intento del PP no haya suscitado una indignación superlativa, tanto institucional como popular. Por que si ya es bastante grave haber puesto en cuestión la honorabilidad de Rafael Ribó, manipulando la hipersensibilidad del populismo fácilmente impresionable ante cualquier gasto institucional por justificado que esté, todavía lo es más el querer confinar tal institución al ámbito doméstico, hasta hacerla irrelevante. Lisa y llanamente: si alguna cosa molesta al PP en Catalunya del Síndic de Greuges no es el coste de sus viajes al extranjero –un gastomínimo, justificado y transparente–, sino la internacionalización de la institución. Es decir, les irrita la presencia mundial de nuestro ombudsman y, a través suyo, la proyección que pueda tener Catalunya. Ribó, por méritos sobrados, ha conseguido la presidencia europea y estar en la ejecutiva del Congreso Mundial de los Omdubsman, realizando un trabajo ingente a favor de los derechos de las personas. Pero al PP de la señora Sánchez-Camacho y de El Mundo, capaz de publicar un editorial infame con el título “El patriotismo como coartada para el despilfarro”, no les preocupa en absoluto el supuesto despilfarro –no lo discutieron en los presupuestos–, sino la visibilidad internacional de un patriotismo que no consideran suyo.
No se extrañe nadie de que no hayamos oído queja alguna del diputado del PP señor Enric Millo por el hecho de que Rajoy mezclara política y fútbol el fin de semana del trágico rescate en la banca, ni que por patriotismo –español– su presidente despilfarrara una fortuna en un viaje de ida y vuelta a Polonia para ver un partido de fútbol que podía haber seguido por televisión. Todo lo contrario: con quien se ha enseñado el portavoz popular es con el presidente Artur Mas calificando de “tour turístico” la promoción internacional de la industria catalana tecnológicamente más adelantada y con más futuro. Millo –antiguo nacionalista catalán y que ahora se comporta como es habitual en los conversos a una nueva fe– intenta ridiculizar al president Mas por el hecho de ir por el mundo, según sus palabras, a “explicar el pacto fiscal con la canción del llorón y el agravio victimista”.
Una vez más, lo que realmente ha irritado a la franquicia catalana del PP es que Mas se haya dirigido al mundo para intentar mejorar la imagen de Catalunya, especialmente maltrecha al estar contagiada por la realidad de una España insolvente que perjudica gravemente a los empresarios catalanes, a los investigadores y al conjunto de los catalanes.
A la prensa españolista conservadora, y al partido que los representa, aquello que les cuece es ver a un presidente catalán dialogando en inglés con los principales medios de comunicación internacionales. Les incomoda –y les preocupa– que Catalunya pueda ser reconocida como interlocutor internacional. Por esa razón ya se estrenaron con la campaña en contra de las delegaciones de la Generalitat en el extranjero.
Y ahora no van a pasar por alto ningún movimiento que proyecte Catalunya al exterior. No hace falta que les diga que es justo esta irritación aquello que confirma el gran acierto del programa de proyección exterior que sigue Artur Mas y, por supuesto, lo que debe afianzar la tarea de Rafael Ribó en el plano internacional.






