Aquí, allá y en todas partes, está la idea o la fe, tan habitual, que hablar es ser, como en la ideología nacional francesa, o en los eslóganes del primer franquismo que exigían aquello de “Si eres español, habla español”: una expresión perfecta de la imposición deliberada de este principio de identidad. Es un principio, sin embargo, que también se puede mirar desde una perspectiva diferente: desde aquellos procesos históricos en los que hablar ha sido durante mucho tiempo la única o la principal forma en que se ha conservado el ser. Hago referencia, no hace falta decirlo, a aquellas sociedades que, especialmente en Europa, se han constituido en comunidades políticas a lo largo del último siglo y medio -comunidades nacionales, y eventualmente estados- a partir sobre todo de su supervivencia como comunidades lingüísticas… y de la conciencia de dignidad y distinción recobrada sobre la base de esta supervivencia.
Podríamos hablar de casos como los de Eslovaquia o Eslovenia, Rumania, Macedonia, Estonia o Letonia, de los pueblos a los que Engels llamó “pueblos sin historia” (sin una historia política autónoma en siglos recientes), pero que eran sin embargo pueblos con lengua. O de Lituania, de gloriosa historia dinástica y territorial con este nombre, pero donde el nombre histórico cubría regiones mayoritariamente ucranianas o bielorrusas, y con el ruso y el polaco, sucesivamente, como lengua culta y pública. El lituano, a mediados del siglo XIX, era sólo la lengua de los agricultores de unas comarcas bálticas… lengua gracias a la cual la nacionalidad lituana sobrevivió cuando estas comarcas, en manos de los rusos o los prusianos, eran el único testigo del antiguo poder y de la antigua gloria de los lituanos. En Estonia, por no salir del Báltico, la (escasa) población urbana hablaba alemán, yiddish o ruso, y sólo comenzaron a pensarse como posible nación cuando los intelectuales descubrieron que esa cosa extraña que hablaban los agricultores era un idioma verdadero, hermano o primo del finés.
De la observación de este aspecto y dimensión de la historia de Europa, se deriva una coincidencia casi sin excepciones: difícilmente hay “cuestión nacional” sin que haya también “cuestión lingüística”. Y viceversa, raramente hay un conflicto de lenguas que no sea, convierta o exprese un conflicto de carácter nacional: de sociedades que se quieren afirmar, en todos los casos (y a menudo frente a otra sociedad) como comunidades de cultura; de sociedades que se quieren afirmar también, en la mayor parte de los casos, como comunidades políticas. En este campo, las lenguas no son inocentes ni neutrales. Y las decisiones de los gobiernos son menos neutrales y menos inocentes todavía.
EL PAIS









