Las tres violencias que se acercan

A partir de este momento, primeros días de septiembre, comienza una ofensiva española en la que pasarán cosas que muchos catalanes no habrían imaginado que pudieran pasar. Todo lo que hemos visto, todo lo que hemos escuchado y todo lo que hemos leído hasta ahora ha sido un divertimento comparado con lo que se nos viene encima. Hasta ahora, el españolismo ha adoptado diversas actitudes ante el proceso catalán: la indiferencia, la burla, la intimidación, la descalificación, el insulto, la amenaza… Estaban convencidos de que el Proceso era un agua de borrajas tras lo que todo volvería a ser como antes. Es decir, que la consulta del 9-N sería desconvocada, del mantel de la Moncloa dejarían caer alguna migaja como premio y el proceso de descuartizamiento de los Países Catalanes, la persecución de la lengua catalana y la españolización en las escuelas seguirían su curso. Pero la consulta no ha sido desconvocada, Cataluña aparece día tras día en los medios de comunicación internacionales, y ya hay países que, de manera velada, dejan entrever que reconocerán el Estado catalán en cuanto se proclame.

Llegados aquí, el nacionalismo español, con el orgullo herido, se prepara para usar su herramienta favorita, la que lo ha definido a lo largo de toda su historia: el uso de la fuerza. La fuerza que puede ejercer una democracia totalitaria como la española, claro. No, no hablo de una fuerza física oficial, con tanques entrando por la Diagonal. No es que el cuerpo no se lo pida -la policía española ya usa la violencia apaleando seguidores del Barça que llevan esteladas, por ejemplo-, pero el marco de la Unión Europea impide traspasar ciertos límites. La nueva violencia española contra Cataluña tendrá tres puntas. La primera ya hace tiempo que está activa y consiste en inventarse agresiones, es decir, en convertir cualquier actividad cultural de Cataluña en una agresión a España o a los catalanes empapados de autoodio. Si han llegado a satanizar los castellers, ¿qué no harán? En este apartado encontramos desde la falsa bofetada de una señora de Terrassa a Pere Navarro hasta la ridícula denuncia del ultra Jaime Gelada, concejal del PP de Cardedeu, afirmando que los ‘trabucaires’ habían escenificado que lo ejecutaban. Fijémonos que ni Navarro ni Gelada han estado solos en la difusión de su mentira. Tanto el uno como el otro han contado con el apoyo total de la prensa española. A Gelada, el diario franquista La Razón incluso le dedicó una portada. La invención de éste, sin embargo, es esperpéntica, ya que no sólo indica una ignorancia suprema sobre lo que son los ‘trabucaires’ y la tradición despertadora que tienen en Cataluña, sino que pretende hacer pasar la tradicional despertada cardedeuenca por una ejecución, lo que significaría una ejecución masiva, ya que la comitiva se detiene varias veces en diferentes calles de la villa durante la Fiesta Mayor. Huelga decir que considerar que estos paros constituyen ejecuciones de vecinos es propio de una mente enferma, pero detrás está la intención de criminalizar a Cataluña, como lo demuestra el hecho de que sea el PP quien ha llevado el caso a la Fiscalía. No nos quieren pacíficos, no nos quieren como somos; nos quieren violentos, nos quieren como ellos.

Ellos sí hacen auténticas simulaciones de fusilamiento, ellos sí que envían al ejército de Tierra a simular fusilamientos poniendo un alcalde y un trabajador municipal de Jaca contra una pared y disparándoles balas de fogueo ante los gritos extrañados de la población. Después, incluso condecoran y ascienden a los simuladores. Este es el caso de Jaime Íñiguez Andrade, el oficial que comandaba la operación, ascendido en 2012 a general de Brigada y condecorado en 2014 con la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco. Más cerca tenemos las recientes agresiones contra las sedes de Barcelona de Òmnium Cultural y la Asamblea Nacional Catalana. Pero, como digo, estas cosas sólo son una anécdota, comparado con lo que está por venir.

La segunda punta de la violencia que desatarán contra Cataluña consistirá en provocar situaciones que permitan obtener imágenes de enfrentamientos físicos por razones ideológicas. La existencia de víctimas españolistas permitiría presentar la realidad catalana como una realidad violenta, y la existencia de víctimas catalanistas serviría para culpar al Proceso de haber creado un clima de crispación. No podemos olvidar que si hay algo que saca de quicio al Estado, es el carácter pacífico del Proceso y el hecho de que la modélica Vía Catalana fuera noticia de primera plana en todo el mundo. Por tanto, habrá que estar atentos y no caer en provocaciones.

La tercera punta, finalmente, consiste en una violencia estructural. Aparecerán nombres de malhechores catalanes -con acusaciones reales o inventadas-, que serán criminalizados por su origen, a fin de presentar a Cataluña a ojos internacionales como un país de crápulas y vividores, y se pondrá toda la carne en el asador para descabalgar al presidente Mas por medio del descrédito. Ya lo hicieron antes de las elecciones catalanas y ahora volverán con más virulencia embarrando su nombre. Piensan que eliminando a Mas dinamitan el Proceso y a eso se abocarán de lleno. En este sentido, no se puede excluir que se produzca un intento de agresión personal al presidente -que, contrariamente a lo que mucha gente piensa, podría estar protagonizado por un loco independentista -falso loco y falso independentista, naturalmente- que lo tildaría de botifler, más que por un loco españolista indignado, lo que impactaría enormemente a la sociedad. El 16 de octubre de 2012, desde el Singular, ya escribí el artículo “El atentado contra Artur Mas” en el que abordaba más ampliamente esta cuestión. Por si acaso, la escolta que lleva hoy en día el presidente es muy superior a la de otros tiempos, pero también en este caso habrá que estar atentos.

Otro elemento de violencia estructural que también hay que prever es la suspensión de la autonomía. Parecería lógico que esperaran a ver qué hace Cataluña el 9 de noviembre para actuar, pero con la rabia que llevan dentro no se puede excluir que actúen antes. ¿Y qué puede pasar, si no hacemos la consulta y vamos directos a elecciones plebiscitarias? En este caso no cambiaría nada, porque España no las admitirá -no admitirá que el mundo sea testigo de su derrota- y las impedirá de la única manera que puede: suspendiendo la autonomía y rebajando el flaco autogobierno catalán al nivel del de la isla de Perejil. ¿Se atreverán? ¿No se atreverán? Ganas no les faltan y el plan lo tienen sobre la mesa.

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