Las palabras que salen de las manos

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A algunos de mis estudiantes, dicen, les hace reír mucho que no pueda estar quieto cuando doy las clases. Incapaz de quedarme sentado, me paseo continuamente por el aula con cierto nerviosismo. Pero, además de moverme, como si persiguiera algo que no acabo de encontrar en mí, parece que gesticulo mucho, especialmente con las manos. Sé que este extraño hábito marca la forma de hablar de muchas personas, como si buscáramos con el cuerpo y las manos palabras que permitan a las ideas de materializarse. Me consta que no es necesario ser profesor por haberlo sentido.

El gran Henri Focillon escribió en 1934 un libro emocionante titulado ‘Elogio de la mano’, al que vuelvo cada año por una curiosa fidelidad. En este texto se pregunta si las manos son seres animados y si todavía podemos pensarlas como meras prolongaciones de algo que no nace con ellas. Y reconoce que las manos están dotadas de un genio enérgico y libre, una fisonomía propia, como “rostros sin ojos y sin voz, pero que ven y hablan”. Quizás por eso nos fascinan tanto las manos, que dicen, a veces, lo que la boca no acierta a formular. Y añadía: “El rostro humano es sobre todo un compuesto de órganos receptores. La mano es acción: toma, crea e incluso se diría que piensa”.

Focillon, a propósito de Dafne, la maravillosa pintura de Polaiuolo, escribió, comparando sus manos con las del Centauro, unas palabras reveladoras: “Me parece ver al hombre antiguo respirar el mundo por las manos, estirar los dedos para hacer de ellos una red con la que alcanzar lo imponderable. «Mis manos -dice el Centauro- han tanteado las rocas, las aguas, las plantas innominables y las más sutiles impresiones del aire, pues yo las he alzado en las noches ciegas y calmadas para que sorprendan los aires y extraigan signos para augurar mi camino… » El Centauro y Dafne, privilegiados de los dioses, […] no tenían otras armas que las de nuestra especie para tantear el Universo, para alcanzar su experiencia, incluso en estas corrientes translúcidas que no tienen peso y donde el ojo no ve nada”.

Quizá por todo ello, por la inmensa expresividad de las manos que buscan, que piensan y dicen, aunque muy a menudo no sepamos exactamente qué, siempre me han fascinado las manos del ángel en el motivo visual de la Anunciación. Con independencia de cualquier consideración teológica o religiosa, este gesto de quien llega para llevar un mensaje inesperado e insólito, tan radical que es capaz de cambiar el curso de una vida, siempre ha sido un reto fabuloso para la representación visual: ¿cómo dar a ver esta irrupción, fulgurante en el curso de la vida cotidiana, que conmociona tanto a quien lleva el mensaje como a aquélla, en este caso, que la recibe? Durante siglos, este motivo ha estimulado la imaginación de artistas de extraordinario talento. Fra Angelico, que acertó a destilar la forma canónica de la Anunciación, lo hizo mostrando las manos plegadas del ángel encima del pecho, como quien custodia un secreto que la boca casi no tiene el valor de decir. Tras él, Leonardo y Botticelli arrancaron el ángel de su estatismo cuando, atravesado por una conmoción incontenible, le desplegaron el brazo, haciéndolo avanzar, para que la mano dijera el secreto que llevaban. En ellos, la mano de Gabriel se convierte en un gesto de una elocuencia sobrecogedora: ya no es un mero instrumento, es el mensaje. Por eso, pienso, a veces dejamos de escuchar a aquel que habla para mirarle las manos. Y, por ello, a veces, es por las manos como sabemos lo que dice. Quizás porque, como decía Cixous, el cuerpo no miente. En los gestos de la mano puede encontrarse una verdad difícil de descubrir en las palabras.

ARA