Todavía no he encontrado a quien me pueda convencer de que no habrá un acuerdo razonable para hacer una convocatoria electoral que nos permita saber finalmente si hay o no una mayoría de catalanes favorables a la independencia. Y aunque esta última semana se han puesto todos los focos en el desacuerdo entre ERC y CiU, opino que la confrontación franca entre las diversas perspectivas de los que queremos la independencia no sólo no es un obstáculo, sino que forma parte inseparable del proceso. Después de todo, los desacuerdos son minúsculos frente al acuerdo descomunal a favor de la independencia. Y, más aún, los choques son ínfimos ante lo que será la confrontación con España a medida que se acerque la ruptura definitiva. Quien se acobarde por los arañazos de ahora, que se empiece a untar con árnica para cuando llegue la hora final.
La sensación de desacuerdo insalvable entre la propuesta del presidente de Cataluña, Artur Mas, y la del presidente de ERC, Oriol Junqueras -que es desde estas legitimidades políticas como hablaron-, es causada por el hecho de haber fijado la mirada en la cuestión de si lista única o listas diversas. De ahí también los errores de cálculo sobre cuál recogía más votos, al confundir la lista única con una suma de votantes de CiU y ERC, o el resultado de las listas diversas con el voto propio de unas elecciones legislativas y no con las convocadas bajo un paraguas común. Y las encuestas no pueden decir nada, porque todavía no sabemos cómo se configurarían ni una ni las otras, ni quién las lideraría, ni qué papel tendrían los partidos y los independientes, ni con qué programa y proyecto de gobierno se presentarían para los meses siguientes.
Para mí, la cuestión de las listas sólo puede dilucidarse en el final de todo, después de considerar el resto de dilemas que hay en juego. Es decir, qué formato de gobierno es el más conveniente para hacer la transición y cuál es la estrategia más adecuada para conseguir el reconocimiento internacional, para construir las estructuras de estado necesarias y, claro, para gobernar el día a día minimizando los riesgos ante un Estado español enfurecido. De modo que confío en que, en las próximas conversaciones, el orden del temario de las negociaciones sea exactamente el inverso al de los debates públicos de estos días. Y si se llega a una conclusión o a otra sobre las listas para favorecer los acuerdos de fondo, ningún problema.
También soy del parecer que querer determinar la cuestión de listas en función de quién atrapa más indecisos es un error. Primero, porque ahora mismo el comportamiento electoral está determinado por factores tan complejos que los análisis de verdad sólo se podrán hacer cuando se hayan celebrado las elecciones. Que el electorado, en las encuestas, pueda dar catorce diputados a una formación que no sabe si se presentará, ni quién la liderará, ni qué programa tendrá, pone en evidencia que las indecisiones son múltiples y que el malestar da lugar a decisiones insólitas. Segundo, es un error de concepto: si estamos convencidos de que todavía no tenemos un país bien decidido por la independencia, puede ser mejor que no corramos tanto y terminemos el trabajo, ciertamente a medias, de hacer conocer todas las buenas razones de la independencia y no hacer depender un gran futuro de la decisión imprevisible de los indecisos.
Mi preocupación mayor, en cambio, es saber si, como pueblo, estamos listos para la confrontación que vendrá. Saber si el coraje nos acompañará hasta el final. Hasta ahora hemos cantado las virtudes del buen rollo que permitía manifestarnos sin el más mínimo conflicto. Todo muy del gusto catalán, pacífico y alérgico al ruido. Cuidado, sin embargo, que la aversión al conflicto no sea, al final, la causa de un fracaso imprevisto.
ARA







