Las últimas semanas se había rumoreado con insistencia que el presidente acabaría convocando elecciones de manera inmediata. La intervención suave de España por Europa -para salvarla de aquel ridículo sentido del honor tan castizo- había dejado el gobierno catalán sin interlocución. ¿Con quién debía negociar, con los hombres de negro enviados por Bruselas? Por lo tanto, tampoco era extraño el silencio total del gobierno español a la propuesta de pacto fiscal, que contrastaba con el griterío mediático permanente contra las pretensiones “insolidarias” de los catalanes. Eso sí, los aparatos del Estado funcionaban como un reloj y seguían robado competencias. Además, con un acceso muy limitado al fondo de liquidez autonómico para hacer frente al vencimiento de los bonos patrióticos, las dificultades financieras no se habían relajado. En el último mes, el pago de sueldos a los funcionarios se había vuelto a retrasar diez días. Ante todo esto, la presión popular no acababa de estallar, pero se hacía insostenible. Y para acabarlo de liar, a la Asociación de Municipios por la Independencia se acababa de incorporar Barcelona, y con 653 municipios y más del 70% de la población, ya empezaba a especular con la fecha de los referendums locales. Una convocatoria incómoda para el gobierno de la Generalitat, que no sabía cómo debería administrar unos resultados más que previsibles.
El presidente hacía una semana que no salía del Palacio de la Generalitat, y los consejeros debían estar disponibles a cualquier hora del día. El gobierno se debatía entre ganar tiempo o precipitar unas elecciones con una promesa de ruptura claramente soberanista. Desde hacía unos meses, se había creado un gabinete -un secreto tan bien guardado que sólo lo conocían los cinco consejeros de más confianza- que elaboraba informes técnicos para estudiar posibles estrategias de ruptura, calculando los costes, considerando hojas de ruta… Además, se había contratado a una organización israelí especializada para hacer un cálculo de probabilidades de éxito en un proceso de independencia y, en la mejor hipótesis, sólo le daba un 55 por ciento. Nadie dudaba del apoyo popular a una Catalunya independiente y de una amplia victoria electoral de los partidos soberanistas, como señalaban todas las encuestas. Pero la pregunta que realmente inquietaba al presidente es qué harían los poderes fácticos del país.
También la gente de la calle intuía que estaba a punto de pasar algo gordo. Con muchas dificultades, todo el mundo ahorraba -bajo el colchón de casa- por tener como mínimo tres meses de cojín, que era lo que aconsejaban algunos tertulianos con su frivolidad habitual. Huelga decir que las despensas estaban llenas, en una reacción típica de los tiempos de guerra. Y los supermercados, gasolineras y todo tipo de tiendas estaban haciendo un gran esfuerzo logístico para mantener los stocks al máximo nivel.
Aquella tarde del jueves, muy poco antes de las siete, empezó a correr por la red que Madrid -donde nadie sabía exactamente quién lo mandaba- había decidido cerrar de manera inmediata y definitiva las emisiones de los canales de televisión y radio de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales, tal como ya habían hecho con otros canales autonómicos. Al cabo de quince minutos, Facebook y Twitter quemaban. Las versiones digitales de los diarios informaban del rumor advirtiendo que no lo podían confirmar. En España, la berrea encajó perfectamente con el deseo, y se dio por bueno. Inmediatamente llegaron las habituales provocaciones anticatalanas en la red, que todavía reafirmaban más la noticia. Desde Palau se buscaba un desmentido a la desesperada, pero en Madrid nadie se sentía autorizado a decir que no era cierto y, además, a las siete de la tarde ya no quedaba nadie conocido en los ministerios. Duran estaba en Chile.
Las plazas mayores de todos los pueblos se empezaron a llenar de gente. Una convocatoria en Twitter en pocos minutos llenó la plaza de Sant Jaume a tope. Casi a las ocho se convocó al gobierno, en un momento en que era imposible discernir la verdad de nada. La gente, al ver llegar a los consejeros, encontró que se confirmaba la gravedad de la situación. A medida que pasaba el tiempo, los rumores iban añadiendo más detalles, cada vez más difíciles de contrastar. A partir de las ocho, corrió uno que invitaba a todos a mirar el TN de las nueve, probablemente el último, y en el que el presidente daría cuenta de la situación.







