III
FUERISMO VERSUS FEDERALISMO
El federalismo de los partidos españoles, tipo figuerista, ni siquiera fue tenido en cuenta en Catalunia o en Vasconia, porque atacaba frontalmente la esencia, la voluntad, y las instituciones seculares de tales pueblos.
Si se apoyó en determinadas circunstancias la visión federalista margalliana, fue porque se consideró la única vía pacífica posible, para recuperar la soberanía violada por la agresión armada castellana.
La traición de Maroto, vendiendo ladinamente, nuestra tierra al enemigo hispano, había humillado a toda Euskalherria. Y es que las consecuencias de las guerras carlistas representaban la desolación para nuestras costumbres leyes e instituciones.
No era exclusivamente el sistema centralista y capitalista que se nos imponía a sangre y fuego, sino la abolición de los fueros, de los gremios y el dominio de nuestros recursos.
Tal expolio, siempre fue denunciado por los vascos y nunca significó que los navarros hubieran renunciado a sus fueros, es decir a su soberanía. De ahí, que hablar de federalismo, para el pueblo vasco, ineludiblemente era hablar de fueros.
Los españoles siempre lo tuvieron muy claro:” En el campo federal hay dos campos, el nuestro o el de la soberanía nacional absoluta como fuente, base o fundamento de todo derecho y el de los separatistas (pactistas intransigentes) y federales, que exigen un poder libre, para poder pactar como y con quien quieran” F.Garrido.
Por esas fechas el partido de la inmensa mayoría vasca era el carlismo con el mensaje fuerista como principio constituyente. Ni siquiera “los liberales vascos –señala aitzol Altuna- luchaban por la supresión de los fueros, sino por la adecuación a sus intereses económicos”.
Evidentemente pues, el pueblo vasco era fuerista, donde fuerismo y soberanía resultaban términos en este caso, absolutamente convertibles.
Los escarceos del carlismo con el federalismo, habrá que definirlos pues, dentro de este contesto.
Cierto es que la dinámica, o si se quiere convulsiones, que el partido carlista ha evidenciado hasta nuestros días, ha matizado e incluso trastocado -guerra civil, donde los carlistas perdieron toda su honestidad y hasta sus señas de identidad…-, tanto el sentido federalista, como el propiamente soberanista, de tal partido.
Siempre, los españoles, dieron una visión torticera, reducida y simplista del carlismo, al identificarlo con el “partido apostólico”. Nada más ajeno a la compleja realidad de posturas ideológicas que convivieron históricamente en el seno del este partido.
Inicialmente, el carlismo, parece que se arma, sobre el pacto dinastía-pueblo, basado en el concepto foral-medieval, como principio constituyente, en contra de la revolución –caso que en España lo fuera; personalmente lo dudo- liberal burguesa. En este sentido, la dinastía “lideraría”, las luchas por los fueros y por la justicia social.
Durante la monarquía alfonsina, el partido se desprendería de los integristas aburguesados. Eran los que sin duda, mejor representaban esa cara de rancio conservadurismo, que daría pie al sambenito de fanáticos que los liberales endosaron arteramente a los carlistas.
Tales integristas, lo menos auténticos, conformaban la crema del caciquismo navarro. Junto con ellos –de ahí ese tufillo a sotana tan atribuido al carlismo- una clerecía elitista, pringada con la oligarquía. Ambos sectores, pugnaban por hacer del carlismo una fuerza regresiva. Todos ellos fueron expulsados del partido en 1888.
En este sentido, resulta clarificador –para contradecir a la historiografía hispana-que al bando carlista, se le denominara “el bando de los pobres”.
En adelante y hasta nuestros días, las vicisitudes del carlismo han de ser muy variopintas. Posiblemente, al no renunciar formalmente a una españolidad, nunca bien definida ni entendida, por irreconciliable. Esta tiniebla ideológica sin duda, debió ser la que empujó al carlismo a situaciones tan dramáticas como integrarse en la movida franquista, con los trágicos resultados que todos conocemos.
El posterior movimiento renovador patrocinado por el Borbón Carlos Hugo, fue un mero espejismo. Volvió a replantear un federalismo, que en la coyuntura en que se planteó, pareció trasnochado por superado. Hoy el carlismo, no llega ni a puro testimonio.
La apuesta del viejo carlismo, por la soberanía e independencia, era pues evidente, y a partir de Arana Goiri contundente. Sabino ya no aceptó otro federalismo que no fuera el de las siete provincias vascas.
Tan tajante fue tal apuesta, que a partir de ese momento, su desarrollo fue incontenible. Prácticamente, todo el movimiento carlista, sobre todo de Guipuzcoa y Vizcaya, se incorporó con armas y bagajes a estos nuevos horizontes, donde el concepto de separatismo se expresaba claro y meridiano.
El mismo Campión, federalista en su juventud, en su intrusión a la política, había mantenido inicialmente esa difícil aceptación de fueros y pertenencia a la patria hispana. En sus últimos años se declaró abiertamente “católico y nacionalista”.
Campión, del republicanismo federal hizo el tránsito al nacionalismo vasco. Previamente se desprendió del socialismo, -quizás en aras de un cierto integrismo- y posteriormente del carlismo.
Pero aceptando ese matiz integrista, después de leer algunos de sus escritos, se me hace difícil aceptar que su “nacionalismo” fuese tan temperado, como se le acusó.
El hecho de haber hablado de un nacionalismo unionista, dentro de una España federal, más parece como en tantos otros carlistas, una especie de síndrome de Estocolmo, que un convencimiento pleno. De sus discursos y escritos, lo que se desprende, es la dificultad, cuando no la imposibilidad, de que España pueda aceptar en ningún caso, el sistema foral navarro.
Probablemente, debido a ciertas empatías o a un análisis mediatizado de la historia de España, e impulsado por su espíritu conservador, no tuvo los arrestos de Arana para visionar fríamente la realidad. Es decir, para admitir, que la relación de Castilla o España con Vasconia, fue la causante de la destrucción de nuestra soberanía. Y sobre todo, que visto lo visto, era impensable cualquier lazo de buena vecindad.
En todo caso, renunciando a cualquier credo político partidario, resulta difícil dudar, del espíritu soberanista de Campión.
Es tremendamente esclarecedor, que en un discurso de 1920, se reconozca nacionalista, contrario al españolismo. Lo explica sin subterfugios “El basko no es español ni francés, es basko. Al basko le hicieron español o francés las constituciones políticas que escriben los hombres, pero le hizo basko la constitución escrita por Dios –su ramalazo teocrático- en el libro de la naturaleza. Es indudable que (mirando al derecho) baskos y españoles estamos separados.”
Superar el federalismo, y el propio carlismo en aquellas circunstancias, no debió ser un proceso sencillo. Lo propio le pudo pasar a Serafín Olave y otros eximios federalistas vascos, que siendo profundamente fueristas, no podían desprenderse de esa extraña y antinatural relación con España. Indudablemente no deberían caminar muy lejos del postulado de Sabino, de que con España no cabía ningún federalismo, rompiendo la tradición histórica vasca, al excluir lo español.
Es archiconocida la anécdota en que Luis Arana, departe con un santanderino:” Si los vizcaínos –decía el cántabro- sois españoles y vuestra patria es España, no se como queréis gozar de unos fueron que los demás españoles no tienen y eludir obligaciones que a todos los españoles deben comprender por igual ante la patria común. Gozando de los fueron no servís en el ejército español, ni contribuís con dinero al tesoro de la patria. No sois buenos españoles.
El argumento, por simple y razonado resultaba demoledor. Tras un año de reflexión, el antes carlista fuerista, daría alas con sus escritos y actividad, a aquel “viva Euskeria independiente”.
Se puede decir, que desde aquel momento, si alguna virtualidad tuvo el movimiento federalista vasco, que por encima de federalista siempre se definió fuerista, prácticamente volatilizó toda su entidad.
Nunca existieron condiciones reales, para una confederación hispana teniendo en cuenta las pretensiones imperialistas ínsitas en los códigos fundacionales del reino.
El reino hispánico nació exclusivamente para fortalecer y asegurar los privilegios de la monarquía. En su entorno medrarían sin tapujos ni obstáculos la nobleza y en su caso la alta burguesía y las élites económicas. Todo se gestó mediante invasiones, anexiones y genocidio, “manu militari”
Por eso cualquier tipo de negociación o federación o tipo de pacto entre iguales solivianta y descompone a la clase política, a la oligarquía. Y lo que es peor, en cierto modo, a toda esa masa carpetovetónica –“el pueblo soberano”- convenientemente “educada”, o embrutecida o miserablemente engañada.
¿Quién habló de federalismos?






