A POCO que se mire el caso que nos ocupa surge una paradoja realmente chocante -como toda paradoja, por otra parte-: es decir, quiénes ofrecían el sacrificio al Altísimo ¿los verdugos nacionalsocialistas, o las víctimas que aceptaban ser sacrificados como pago a su pasado deicida, o es que se inmolaron por propia voluntad? Algo cruje en el asunto. Si empleo el término de Shoa -que se extendió, al menos, de Pirineos para arriba tras la película, de Claude Lanzmann, del mismo título- es debido a que el significado -en hebreo- de tal palabra es catástrofe, y realmente lo fue y muy en especial para los judíos, sin por ello olvidar, o excluir, del desastre a otras etnias y/o militancias políticas o gustos sexuales… que representaban para la concepción higienista de las bestias pardas peligros infecciosos para el sano cuerpo ario. Tras esta pequeña aclaración , vamos al turrón.
Recuerdo haber leído en una novela autobiográfica (Historia de una vida) de Aharon Appelfed como cuando, siendo todavía un chiquillo, fue a parar al Estado de Israel, después de haberlas pasado canutas en los campos de concentración y tras su huida por los campos cercanos, se quedó sorprendido al comprobar cómo allá no era bien visto que se contasen penas acerca de lo vivido, del mismo modo que se trataba de borrar la imagen de los acobardados judíos del getho, propagando la figura del soldado-campesino capaz de enfrentarse al enemigo y de sacar agua de debajo de las piedras: la azada y el fusil como símbolos del hombre nuevo del Estado de Israel, refugio de los judíos del mundo. Tal imagen brava y guerrera fue llevada al límite tras la guerra de los seis días, en 1967, hasta hoy.
De todos modos fue a partir de 1961, coincidiendo con el juicio a Eichmann en Jerusalem, cuando se disparó la figura de las “víctimas de crímenes contra la humanidad” (aplicación ad hoc del delito bautizado en el proceso de Nuremberg), hallando el hueco que se había producido al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando se recibía a los héroes (los resistentes) y a los deportados por cuestiones de raza se les ignoraba o hasta se les despreciaba en algunos países, debido a que provocaban cierta culpabilidad en quienes les veían llegar -téngase en cuenta que unos llegaban por primera vez a aquellas geografías (venían a robar el pan que dirían algunos), o en otros casos eran antiguos vecinos con quienes no se había mostrado ninguna solidaridad-. No se puede ignorar el papel pionero jugado por Élie Wiesel a la hora de reivindicar la figura de la víctima, reivindicando tal figura como fruto de la persecución sufrida que venía a ser “como un capítulo global de nuestra historia eterna”, en palabras del premio Nobel de literatura.
Fue en diversas etapas como se fueron implantando las víctimas como centro de gravedad, y como imán de la unanimidad compasiva, desplazando el lugar de los héroes; y si ya en 1953 se alzó el primer lugar de culto, propio para conmemoraciones, en Jerusalem, Yad Vashem, más tarde proliferaron los monumentos al judío desconocido: en 1956 en París, o más tarde , en 2005, el gigantesco Holocaust Mahnmal en Berlín, o los templos de memoria de la exterminación, museos, etc. que brotaron partout: Washington, París, México, etc., etc., etc. Lugares para la conmemoración y la práctica de la nueva religión civil, estrenada en el siglo pasado y continuada en el presente.
Quien en primer lugar utilizó la expresión de religión civil fue Rousseau que en su Contrato hablaba de la “profesión de fe puramente civil” que se debía promover con el fin de suscitar entre los humanos un “sentimiento de sociabilidad”. En tiempos de secularización los principios ilustrados, copia en cierto sentido de ciertos valores extendidos por el cristianismo, se laicizaron al tiempo que eran sacralizados por la revolución francesa, así la patria, la libertad o la razón pasaron a ser bienes “sagrados”, asentándose así una nueva religión secular que-en palabras de Émile Durkheim- establecía “su dogma, sus símbolos, sus altares y sus fiestas”. La bandera, los aniversarios, los monumentos, las celebraciones, las conmemoraciones y las fiestas se convirtieron en los emblemas y los ritos que utilizaron los estados con el fin de enraizarse y legitimarse ante sus pueblos.
Si se acepta lo planteado, ceñido a los límites nacionales, la ‘religión civil’ de la que hablo se ha revestido de ropajes de universalidad, del mismo modo que anteriormente lo había hecho el pacifismo en el periodo de entreguerras o el antifascismo en torno la Segunda Guerra Mundial, declinando este último en la medida que iba siendo identificado con el llamado “comunismo”.
La nueva religión civil en boga, es la de la Shoa, su recuerdo y su campaneo viene a ser la prueba del algodón para quienes pretendan pertenecer al club de los homologables desde el punto de vista democrático. En el clima de moralización de la política: rotando en torno al eje bien/mal, la huida de este último representado por el fenómeno totalitario que se ha de evitar a toda costa, queda el bien de acuerdo con los valores propios del liberalismo… como “el mejor de los mundos posibles ” con lo que parece que no hay más horizonte que el estado de cosas actual: por una parte el sistema triunfante frente a los totalitarismos (y lo digo en plural ya que además del nazi, se incluye en el pasado no deseable el “comunismo”) queda justificado como el mejor, como el único posible de cara a evitar el desastre, heredero de los valores ilustrados (coincidentes con los del sistema liberal-capitalista: libertad, pluralismo, tolerancia ) lo que en la utilización que se hace queda embellecido el statu quo, y por otra parte se justifica el sionismo como ideología imperante en la fundación y desarrollo del Estado de Israel como plasmación del Estado de las víctimas que representa a la vez la civilización frente a la barbarie árabe/palestina, sirviendo de coartada a la política de apartheid y de expansión ininterrumpida sionista, olvidándose cualquier horizonte que vaya más allá de las sociedades actuales, obviando las desigualdades, las injusticias, las posturas xenófobas y discriminadoras, etc.; afirmaba precisamente Primo Levi en las primeras líneas de su obra maestra que si se parte de que todo extranjero es enemigo se cierra la cadena con el lager. Parece regir en la comparación algo así como que es mejor que te roben que no que te maten. Visto así…
En este orden de cosas se convierte en moneda al uso la jerarquización de los genocidios, haciendo que uno (el “sin por qué”) sea conmemorable mientras que otros quedan olvidados o minusvalorados (piénsese en los armenios o en los palestinos -que tuvieron, y tienen, en claro efecto dominó su Nakba- catástrofe, o en los irakís, afganos…) haciendo que haya unas víctimas de primera y otras de segunda , o de… nada. Así cuando tras el 11-S se clamaba que “todos somos americanos” se mostraba una arcángelica solidaridad que marcaba claras diferencias con respecto a otros pueblos masacrados a los que no se les recordaban ni se les mostraba una mínima solidaridad, ni empatía.
No hace falta ni decirlo que lo planteado nada tiene que ver con las posturas que proclaman ‘el negocio del Holocausto’ -eso lo dejo para Norman G. Finkelstein, si bien también es verdad que hoy en día los desalmados negociantes surgen por todas las esquinas, y baste con ver la reciente recuperación de Mandela -, ni tampoco con las tan en alza macabras bromas -por calificarlas de algún modo – del idiota Dieudonné y otros comparsas, sembradores de odios, y sus colegas negacionistas (con el falsario Faurisson a la cabeza); de “asesinos de la memoria” hablaba el bueno de Vidal-Naquet.
En estos días en que se ha visto el espectáculo conmemoracionista en acto, con motivo del 69 aniversario de la liberación del campo de Auschwitz por el Ejército Rojo, parece oportuno detenerse en algunas de las reflexiones aquí vertidas, y es que las conmemoraciones, con su innegable justicia y pertinencia, no obligan a nada a no ser a la distanciada memoria del pasado y a unas lagrimitas, olvidando cualquier mirada crítica con respecto al presente y, nolis volis, manteniendo -como queda señalado líneas arriba- una postura conservadora de lo que hay… posición bien lejana, por cierto, de la de cantidad de judíos universales que tan esencial papel jugaron en la instauración de la modernidad europea y en los movimientos de emancipación, y… no pasaré lista, pero ahí está la línea, marrana, que viene desde Baruch Spinoza a Edgar Morin (quien por cierto ha estudiado el asunto con tino), pasando por Marx, Freud, Einstein, Rosa Luxemburgo, Nikolai Bujarin, Walter Benjamín, Pierre Vidal-Naquet, et alli.
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