Estoy en el tren. Ante mí hay sentadas dos estudiantes de antropología de una universidad de Barcelona. Una dice a la otra que le gustan mucho las Clases de la asignatura de historia de la ciencia. La otra, descreída, le pregunta: “¿Ah sí? ¿Por qué te gustan tanto?”. La estudiante entusiasta, atropellada por el tono de su compañera, responde con incomodidad: “Porque el profesor me explica cosas que yo desconocía, cosas sobre la tabla periódica, el teorema de Heisenberg, los genes recesivos…”. La estudiante descreída vuelve a apostrofarla, esta vez con una sentencia digna de ser esculpida en el mármol: “Pues a mí no me interesa mucho que me expliquen la expansión del universo ni la división celular, todo eso -si lo quiero saber- ya lo encuentro en la red. ¿Me entiendes? A mí lo que me interesa es que me enseñen a pensar y a encontrar las cosas”. Se hace un silencio. Se hace un hueco. El traqueteo del tren parece una palpitación.
Quizás nunca como en la actualidad ofrecer contenidos de conocimiento no había estado tan desacreditado. El caso es que impera la idea de que la red ya contiene todos los conocimientos y que los docentes deben ser sólo como una especie de guardias de tráfico que indiquen las vías de acceso al conocimiento. Pero lo más cierto es que la mayoría de formas de conocimiento se transmiten a través de los contenidos, en un mismo paso, en una única vibración intelectual. No debería haber oposición entre enseñar a pensar y ofrecer contenidos de conocimiento. Pero es que, además, hay aspectos cruciales del conocimiento -como la emoción, la atmósfera, el color de una voz, la creatividad espontánea, la asertividad, la posibilidad de un diálogo directo…- que difícilmente serán asequibles a través de este agujero negro que con aspiraciones más o menos aproximativas llamamos la red.









