A medida que van pasando los meses y se acerca la fecha del 9 de noviembre crece el debate sobre la complicada fórmula elegida para la consulta. Recordemos las preguntas: “¿Quiere que Cataluña se convierta en un Estado?” “En caso afirmativo, quiere que este Estado sea independiente?” Es sabido que la Asamblea Nacional Catalana quería una única pregunta -“¿Desea que Cataluña sea un Estado independiente?”-, una pregunta inequívoca que la noche electoral no diera pie a disquisiciones típicamente mediterráneas y que todo el mundo -todo el mundo- que nos estará observando pudiera entender. Después de todo, se trataba de saber cuántos catalanes quieren que su país sea libre y cuántos lo quieren cautivo. Así de sencillo. Los matices de la cautividad son otra cosa. Pero no ha sido posible por cortesía de Josep Antoni Duran i Lleida y de Iniciativa por Cataluña. La dependencia emocional de España da estos curiosos compañeros de cama.
Parece obvio, por tanto, que en caso de que la consulta se haga, el resultado tendrá interpretaciones diversas, nos consumirá un montón de energía y propiciará todo tipo de discusiones en las emisoras de radio y televisión y en las redes sociales. Entonces pensaremos que si hubiéramos hecho la pregunta que querían la ANC y algunos partidos nos podríamos haber ahorrado todo ese follón, pero será demasiado tarde. Cuando murió le dieron la comunicón, dice el dicho. Nótese que aún falta más de medio año y ya hay voces que plantean hacer una segunda vuelta. ¡Sí, una segunda consulta! Parece el juego de los disparates, claro. Pero somos catalanes y nos encanta este juego. Afortunadamente, también hay voces como las de Xavier Arbós, catedrático de Derecho Constitucional, y Josep María Reniu, miembro del Consejo Asesor y jefe de estudios de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona, ??que ponen un poco de cordura en todo esto. Dice Arbós: “Nos encontramos con dos opciones que son indiscutiblemente claras: la del NO y la del SI a la independencia, que todo el mundo entiende. El problema es que hay una situación intermedia [la primera pregunta] que nadie sabe qué quiere decir, por más que se insista que será ‘Estado’ con mayúscula. Esto no quiere decir estrictamente nada. Reniu, por su parte, como ya hizo el Consejo Asesor, que recomendaba una sola pregunta, se expresa así: “Es muy sencillo: ¿usted tiene hambre? ¿Sí o no? Si no la tiene, no me ha de decir si le gusta la carne o el pescado”.
Sin embargo, las voces oficiales que hablan de la consulta intentan que la trampa que supone la fórmula elegida no se note mucho y utilizan términos como ahora “pregunta doble”, “pregunta inclusiva”, “pregunta encadenada” o “pregunta con dos apartados”. Deben pensar que la semántica ofrece más disfraces que el vestuario de la Metro y nada está de sobra. Lo cierto, sin embargo, es que la segunda pregunta deja sin sentido la primera, ya que la materialización del SÍ a la segunda pregunta -ser un Estado independiente- depende sólo de nuestra voluntad, mientras que el SÍ a la primera -ser un Estado dependiente- depende de la voluntad de España. Y eso, justamente eso, la convierte en una pregunta estúpida y embaucadora. Estúpida, porque, como digo, es inconcreta, y embaucadora, porque no es de obligado cumplimiento para nadie. Ni para Cataluña ni para España. Imaginemos, si no, que gana el SÍ a la primera pregunta. ¿Cree alguien que España aceptará alguna vez la condición de Estado (aunque sea dependiente) para Cataluña? ¿De verdad hay alguien capaz de creer que España, que ni siquiera acepta que somos una nación, aceptará por arte de magia que somos un Estado? ¿Y además después de una derrota independentista? ¡Hombre, por favor, seamos serios!
España ya se ha pronunciado a través del Partido Socialista y ha hecho su oferta. Una oferta que se llama Tercera Vía y que se fundamenta en la burla que suponen los acuerdos de Granada. Por eso la primera pregunta es una trampa, porque su vacío la convierte en una mentira. Es confusa, porque no puede ser concreta, y no puede ser concreta porque no puede cumplir lo que ofrece. En otras palabras: para que España admitiera que Cataluña fuese un Estado, primero tendría que reconocer que es una nación, y, si hiciera eso, estaría reconociendo implícitamente su derecho a la independencia. La primera pregunta, por tanto, es de imposible materialización y engaña el votante. Es la pregunta del inmovilismo, es la pregunta de Duran, es la pregunta del sector de vuelo gallináceo de Iniciativa y era -ya no lo es- la pregunta que -santa inocencia- debía incorporar un Partido Socialista que forma el tridente nacionalista español junto a PP y Ciudadanos. Aún estamos a tiempo de eliminarla. La única pregunta que apuesta por sacar a Cataluña del callejón sin salida letal español es la segunda. La de la racionalidad, la de la concreción, la del rigor: “¿Quiere que Cataluña sea un Estado independiente?” ¿SÍ o NO? Claro y catalán.
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