Milan Kundera -se pronuncia Kúndera- montó en cólera como una abeja en 2005 y decidió escribir un gran libro de protesta. Se llama ‘Le rideau’, ‘El telón’. Un ataque contra la impostura y la mediocridad de la literatura, una censura al conformismo baboso de los medios de comunicación, a la instrumentalización política de la cultura, de la educación. Y especialmente a lo que es lo peor de todo, a las malas prácticas y el mal gusto en el mundo de los libros. Por hablar de la novela Kundera se revuelve contra el arrinconamiento de la literatura en nuestra sociedad de hoy. Analiza los motivos. Quizá por eso todo el mundo se le echó encima, especialmente en París, Donde no quieren oír decir que “la historia del arte es caduca” mientras que la “palabrería del arte es eterna”. De hecho, Kundera siempre ha reiterado lo mismo, en los ‘Testamento traicionados’ o en ‘El arte de la novela’. Es decir, que la novela es “la gran forma de la prosa en la que el autor, a través de egos experimentales (personajes), examina hasta el límite algunos de los grandes temas de la existencia”. Kundera piensa que la novela es algo más, que es mucho más, que un género y constituye una ética, un compromiso intelectual de primer orden, una manera de mirar el mundo y de analizarlo más allá de cualquier interés circunstancial, un método extraordinario para comprender todo lo que nos rodea ya que “el conocimiento es la única moral de la novela”.
Kundera, a partir de ahí, censura el relativismo estético y las revueltas que, desde el romanticismo a esta parte, han intentado subvertir el orden establecido en la creación artística por una genealogía muy determinada. La genealogía que comienza con Rabelais y pasa por Cervantes, Fielding, Sterne, Flaubert hasta Kafka. Por eso es tan importante analizar una obra, juzgar estéticamente, desde el punto de vista histórico, con una conciencia clara de la dinámica del tiempo y, a la vez, rechazando el evolucionismo, la proyección en la historia de las artes del criterio científico que cree ciegamente en la superación del pasado. “Aplicada al arte -afirma- la noción de historia no tiene nada que ver con el progreso; no implica un perfeccionamiento, una mejora, un avance (…) La ambición del novelista no es hacerlo mejor que sus predecesores, sino la de ver lo que los demás no han visto, de decir lo que no han dicho. La poética de Flaubert no desmerece la de Balzac, Al igual que el descubrimiento del polo norte no erradica el descubrimiento de América”. La calidad de la novela, la belleza de la novela se encuentra en la densidad de vida que nos otorga cuando la leemos. Por ello Kundera atreve a enumerar cuáles novelas son realmente las importantes y explica el porqué. Discrepa del concepto de literatura nacional, atrapada en una determinada lengua, y vindica un ámbito internacional donde hay una única literatura de gran calidad fundamentada, precisamente, en el género de la novela y centrada en la unidad histórica de los escritores más allá de las fronteras culturales y de los límites del tiempo. Nadie entendió mejor a Rabelais que Bakhtin, que era ruso. O a Dostoievski nadie mejor que Gide, o a Ibsen nadie mejor que un irlandés como Shaw o a Joyce un austriaco como Herman Broch. “¿Quiero decir con todo esto que, para juzgar una novela, podemos prescindir del conocimiento de la lengua original? Por supuesto. ¡Es exactamente lo que quiero decir! Gide no sabía ruso, G.B. Shaw no sabía noruego, Sartre no leyó a Dos Pasos en lengua original”. Y añade: “Sólo una parte de los herederos de Rimbaud comprendieron algo inaudito: hoy la única modernidad digna de este nombre es la modernidad antimoderna”.
Descubrir el alma de las cosas, lo de verdadero que hay en el mundo, esta es la finalidad de la novela, y éste es el prestigio social que debería tener, porque tiene una genuina utilidad pública. La novela es bastante crítica, liberadora, autenticidad que brilla en la niebla. No es verdad que la relación entre filosofía y literatura sólo funcione en un único sentido, como si los novelistas necesitaran recibir prestadas las ideas de los filósofos, como si la reflexión que aporta la novela no fuera un elemento fundamental de la historia del pensamiento. “La reflexión novelesca (…) es intencionadamente afilosòfica, incluso antifilosòfica, Es decir, es vivamente independiente de cualquier sistema de ideas preconcebidas; no juzga, no proclama verdades; hace preguntas, queda parada, sondea… “. La novela no es la solución de nada porque si quisiera ser una solución sería otro fraude.
EL TEMPS










