Una frase que el españolismo dice a menudo es ésta: “Las lenguas no tienen ningún valor, lo importante es comunicarse”. Decir la frase, sin embargo, no significa creer en ella. Es sólo pura demagogia, la demagogia del prepotente, la demagogia del que, disfrazado de un bonito universalismo, se afana para que todo siga igual en Cataluña. Es decir, el español como lengua hegemónica y el catalán como lengua secundaria, doméstica y ornamental. Pero no. Lo importante no es comunicarse, lo importante es la calidad de la comunicación. Y quienes, de buena fe, crean que el españolismo tiene razón y que, por tanto, una lengua tiene el mismo valor que un utensilio doméstico, tal como una servilleta, un aspirador o un lavavajillas, nunca sentirán el latido del corazón de las palabras ni los siglos de vida que han atravesado. Hay palabras que inducen al amor y palabras que inducen a la muerte. A veces, incluso, puede ser la misma palabra.
De hecho, con las palabras pasa lo mismo que con las personas: nadie es totalmente maravilloso o totalmente odioso. Las personas de una sola pieza sólo salen en las películas. Nadie es únicamente una sola cosa, todos tenemos sentimientos contrapuestos dentro de nosotros. No podemos saber si el que hoy nos apoya mañana nos traicionará, no podemos saber si aquel a quien hoy despreciamos despertará mañana nuestra admiración. El habla es una facultad humana y las palabras son una creación fascinante. Por eso se parecen tanto a las personas, por eso es tan importante que, además de elegir las palabras adecuadas, sepamos encontrar la mejor manera de decirlas. Porque las mismas palabras con las que hoy amamos, mañana pueden ser altamente hirientes. Una entonación inadecuada, por imperceptible que parezca, puede cambiar radicalmente el sentido de una frase y traicionar nuestras verdaderas intenciones.
Las palabras son como las canciones, tienen vida propia y, una vez dichas, una vez se escuchan, ya no son de quien las dice, sino de quien las escucha. Por eso ante la duda es mejor no decir ninguna palabra. El silencio es un gran protector. Si lo practicáramos más a menudo, nos daríamos cuenta de hasta qué punto las palabras pueden convertirse en el escaparate de nuestra ignorancia.
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