Esta misma complejidad identitaria y su gran capacidad divulgativa le convirtieron en un referente ampliamente leído y citado en la esfera pública, aunque no tanto en círculos historiográficos, reconocimiento acentuado a raíz de su abierta lucha contra la ELA hasta su muerte en Nueva York en 2010. Es precisamente durante estos últimos años de madurez -y posterior enfermedad- cuando su pluma se convierte en una presencia constante en la prensa y, sobre todo, en ‘The New York Review of Books’. Cabecera creada como suplemento literario, pero que se ha convertido en uno de los escenarios principales de los más interesantes debates intelectuales contemporáneos.
‘Cuando los hechos cambian’ se nutre en buena medida de estas colaboraciones, más alguna otra aportación proveniente de prensa, conferencias y uno inédito. La recopilación de artículos, seleccionados y prologados por su viuda, Jennifer Homans, se centra en el periodo 1995-2010 (y no desde 1999, como erróneamente se indica en la contraportada de una poco cuidada edición en castellano) y son agrupados en cinco apartados representativos con sus obsesiones: las lecciones no entendidas del hundimiento soviético, la peligrosa deriva de la política israelí, el error del unilateralismo estadounidense post 11-S, la defensa de la socialdemocracia keynesiana europea y finalmente tres obituarios que juegan un papel de espejo del mismo autor. Esta diversidad hace de la obra un libro menor en la trayectoria de Judt, pero interesante, sobre todo para los familiarizados con una prosa llena de opinión, divulgación, polémica, datos y principios.
Keynesiano militante
Admirador de John M. Keynes, el volumen toma como título una frase del economista inglés que alentaba, en la segunda parte elidida, adaptar las posiciones a la evolución de los hechos. Con todo, Judt no defiende una opinión volátil, sino un criterio exigente respecto de los datos. De hecho, el historiador inglés se muestra contrario al cambio por el cambio o a cuestionar las soluciones existentes en función de inconcretas mejoras o de malas lecturas de los problemas. No sorprende, por tanto, su defensa crítica de la trayectoria y vigencia de la socialdemocracia europea ante los cantos de sirena neoliberales: “Si la socialdemocracia tiene futuro, será como una socialdemocracia del temor. En lugar de intentar recuperar el lenguaje del progreso optimista, deberíamos volver a familiarizarnos por el pasado reciente”.
Este conservadurismo -no político, sino estratégico- convive con una opción clara en favor del cambio cuando determinados principios o el fracaso continuado de ciertas estrategias lo justifican. Esto es especialmente manifiesto en su concepción de la política internacional, entendida a partir del multilateralismo, la negociación y el intervencionismo humanitario. Coherente con este posicionamiento, critica con dureza a Israel -“un anacronismo”- y a Estados Unidos. En algunos casos, sorprende la intuición de sus juicios como cuando concluye que “Siria es más útil para los Estados Unidos como amigo que como enemigo” o cuando advierte que “Hamás no es nuestro peor temor, sino nuestra última esperanza” ante futuros yihadistas. Sin caer en el determinismo, Judt defiende la utilidad del pasado para entender el presente, compartiendo la creencia del también historiador Hobsbawm que “lo importante no es cambiar el mundo sino interpretarlo”.
ARA









