La historia que no ha sido

Oriol Junqueras ha entrado en la Moncloa. Es un hecho y los hechos tienen la virtud de ser irrefutables. Después de varios años de estar proscrito de la escenografía madrileña, el líder de Esquerra ha entrado por la puerta principal, con fotógrafos y cámaras, ha chocado la mano del presidente del gobierno español y ha salido con el anuncio de un acuerdo sobre financiación que, como todos los acuerdos con el gobierno español, el tiempo ya se encargará de poner en su sitio. Todo ello muy razonable, muy sensato, muy –si me permite la expresión– autonómico.

El problema es que la memoria es una facultad traicionera, y yo no puedo evitar recordar que hubo un tiempo –no hace tanto, por mucho que parezca que hayan pasado siglos– en el que la Moncloa parecía un lugar que Junqueras quizás pisaría en unas circunstancias muy distintas.

Hablo del año 2016 o 2017, cuando él, entonces vicepresident de la Generalitat, hablaba de independencia, de un horizonte de dieciocho meses, y prometía el último presupuesto autonómico mientras preparaba el referendo que debía cambiarlo todo.

Era lógico imaginar aquellos días que si Junqueras tardaba varios años en entrar en la Moncloa sería porque España se resistiría a reconocer la independencia conseguida por Cataluña. Que las negociaciones serían muy largas y ásperas, como lo son siempre las negociaciones entre estados. Pero que quizá, al fin y al cabo –¿por qué no?– entraría como president de una república catalana que habría costado sudor y lágrimas conseguir y que él habría tenido un papel histórico fundamental a la hora de crearla.

Muchos pensamos que algo como esto podía ocurrir. Algunos de su partido incluso lo dejaron por escrito. Y no éramos locos ni inconscientes: simplemente todos nos tomamos en serio las palabras que se pronunciaban en las sedes de los partidos y en el Palau de la Generalitat, como es normal y lógico en toda democracia.

Pero la realidad, se sabe, tiene una tendencia incorregible a no hacer caso de nuestras expectativas. El 27 de octubre de 2017, el Parlament de Catalunya declaró la independencia y el senado español aplicó el artículo 155. Y aquella tarde, mientras el president Puigdemont convocaba la que debía ser la primera reunión del govern de la nueva república, el vicepresident no estaba. “No se encontraba muy bien”, dijeron, aunque más tarde supimos que había ido a Montserrat.

Luego llegó la presentación voluntaria ante las autoridades judiciales de Madrid, la cárcel injusta, la condena indignante, los indultos. Y ahora, ocho años más tarde, por último, la hora de entrar en la Moncloa. Pero no en la Moncloa donde podía haber entrado como presidente de una república vecina, sino en la Moncloa en la que ha entrado como dirigente de un partido que negocia una financiación “singular” dentro del triste marco autonómico español que debía ser superado en dieciocho meses. La ordinalidad es un concepto técnico, respetable, útil quizás. Pero todos deben convenir conmigo que no es igual que la soberanía fiscal propia de un Estado independiente.

No es cuestión de hacer sangre –no tengo la menor intención. La política es el arte de lo posible, y esto cambia con las circunstancias. Los hombres que asumen responsabilidades públicas deben tomar decisiones en condiciones de incertidumbre, y nadie puede saber qué habría pasado si las decisiones hubieran sido otras. Estas cosas –si me permiten el sacrilegio– no las sabe sino Dios, si es que Dios se interesa por la política catalana, lo que me permito dudar de forma consistente.

Ahora, dicho todo esto, creo que nadie puede negarme el derecho de constatar y expresar que la distancia entre lo que se prometió –lo que prometió el propio Oriol Junqueras– y lo que se ha obtenido es abismal. Casi incomprensible.

Yo no tengo forma de saber qué pensaba Junqueras ayer, cuando atravesó el umbral de la Moncloa. Quizás pensó en los años de cárcel, en los compañeros que todavía tienen causas abiertas, en todo lo que quedó por el camino. O quizá pensó simplemente que la política es eso: hacer poner cara, negociar lo que se puede, obtener lo que se piensa que se puede obtener, y seguir tirando.

Pero algo es seguro, y nadie puede negarlo hoy: la historia que podía haber sido no ha sido. Y el Junqueras que pudo ser, simplemente no es.

PS1. Permítanme que hoy les pida a los suscriptores un favor especial. Desgraciadamente, demasiado a menudo, cuando aparece el nombre de Junqueras en un artículo, se llena de insultos. Que con frecuencia los borramos, pero que siempre ensucian el diálogo. Quiero pedirles que se abstengan, por favor. A Junqueras se le puede criticar tanto como deseen, pero ni el insulto personal ni la agresión gratuita deberían tener lugar en este diario y en este país. Él ha hecho una elección personal y política y esa elección ya tiene consecuencias. Enfangar el diálogo con la violencia gratuita que implican los insultos pueden estar seguros de que no va a cambiar lo que ha pasado, pero también pueden estar seguros de que nos hace peores a todos.

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