EN la mañana del cálido domingo 28 de junio de 1914, hoy hace cien años, festividad de San Vito, patrono y protector de los ortodoxos de Serbia, que coincidía con el aniversario de la derrota nacional de aquellos a manos de los otomanos en la batalla de Kosovo (1389), el archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía, pareja heredera del Imperio austrohúngaro, descendieron de su tren en la estación de Sarajevo y ocuparon sus asientos en un coche descapotable. El archiduque, magnífico con su uniforme de general de la caballería austriaca. La duquesa, toda de blanco salvo una faja roja. Siete conspiradores, serbo-bosnios, contrarios a la visita que interpretaban como el símbolo de la ocupación del país, estaban en sus puestos atentos a la procesión de coches que avanzaba por el muelle junto al río que atraviesa el corazón de la ciudad. Uno de ellos arrojó una bomba, el conductor la vio venir y aceleró, impactando el artefacto en el coche que le seguía y causando varios heridos. La comitiva, siguiendo su programa, avanzó hasta el ayuntamiento, donde el alcalde, tartamudeando, leyó un discurso de bienvenida y el archiduque sacó sus notas para responderle. Los papeles estaban empapados con la sangre de un miembro de su equipo. Acabado el breve acto, se decidió llevar a los heridos al hospital. Los coches volvían sobre sus rodadas por el muelle. El que iba en cabeza, con el jefe de la seguridad del archiduque, se equivocó de calle. El chófer del archiduque frenó a la orden del gobernador: “¡Alto, no es por ahí!”. En ese preciso momento, Gavrilo Princip, el más enclenque de los conspiradores y el más fanático, que había estado aguardando, se subió al estribo del coche y disparó a quemarropa contra el archiduque y la duquesa. Ésta cayó sobre las piernas de su esposo, mientras él gritaba: “¡Sofía, Sofía, no te mueras! ¡Vive por mis hijos!”. Luego, también él cayó inconsciente. La pareja fue trasladada al palacio del gobernador, donde se certificó su defunción. Antes, Princip había intentado pegarse un tiro, pero fue apresado por los espectadores.
En realidad, el siglo XIX había durado más de lo debido. Fue un siglo largo, que comenzó prematuramente con la revolución francesa en 1789 y duró precisamente hasta un mes después del magnicidio de Sarajevo cuando, luego de varios ultimátum y de una infructuosa labor de las cancillerías europeas, se inició la I Guerra Mundial. El orden político hasta entonces existente se puso patas arriba y dejó como secuelas nueve millones de combatientes muertos, la desintegración del imperio austrohúngaro, la revolución rusa, el nacimiento del fascismo y el huevo de la serpiente del nazismo incubándose en Alemania, dando así comienzo al siglo XX político.
Más irónico aún resultó que los terroristas serbios asesinaran a una de las pocas personas que pudo haber evitado la guerra, el heredero imperial Francisco Fernando, quien con gran clarividencia había escrito a mediados de febrero de 1913: “¡Sin renunciar a todo deberíamos hacer algo para mantener la paz! Si nos involucramos en una gran guerra con Rusia sería una catástrofe, Alemania tiene que habérselas con Francia, y Rumania busca pretextos debido a la amenaza búlgara… Si libramos una guerra especial contra Serbia, rápidamente salvaremos el obstáculo, pero ¿y luego qué? ¿Y que conseguiríamos? Primero toda Europa se nos echaría encima y nos miraría como perturbadores de la paz, y Dios nos libre de anexionarnos Serbia”.
Resulta también llamativo que los banqueros y los empresarios involucrados en las importaciones y las exportaciones no veían con entusiasmo la perspectiva de una gran guerra, que acarrearía aumento de impuestos, perturbaciones en el comercio, grandes pérdidas e incluso la bancarrota. El importante industrial alemán Hugo Stinnes afirmó que el verdadero poder de Alemania era económico y no militar: “Permitan tres o cuatro años de desarrollo pacífico y Alemania será amo económico e indiscutible de Europa”. Observen la enorme actualidad de esta apreciación, Alemania dirigiendo el destino económico de Europa, y aprovechen de paso para cambiar una idea tan generalizada como errónea pues los ingleses han resultado ser mejores guerreros que comerciantes y los alemanes mejores comerciantes que guerreros. En todo caso, la guerra del 14 resulta un ejemplo incómodo para la creencia de que cuanto mayor es la relación económica entre las naciones, menor es la posibilidad de que entren en conflicto bélico.
El pacifismo que parecía haberse enseñoreado de la opinión pública europea durante los años anteriores se derritió en la lava de las emociones patrióticas. Incluso Norman Angell, el gran ideólogo contra la guerra que había escrito en 1911 La gran ilusión y posteriormente su Carta abierta a los estudiantes alemanes, auténticos best seller de la época, se vio obligado a admitir: “Hay algo en la guerra, en su historia y en su parafernalia, que exalta profundamente las emociones y que calienta la sangre en las venas hasta a los más pacíficos, y que apela a no sé que instintos remotos, por no mencionar nuestra natural admiración por el valor, nuestro gusto por la aventura, por el movimiento y por las acciones intensas”.
Desde la otra acera, los militaristas instigaban el enfrentamiento. El estado mayor del ejército alemán, que le había tomado la medida a un kaiser de inteligencia limitada, deseoso de gloria y con un ego descomunal, venía preparando el llamado Plan Schlieffen, llamado así en honor a su autor, el cual establecía que Alemania debía luchar en una guerra de dos frentes, contra Rusia y contra Francia. Otro anticipo de lo que acontecería luego en la II Guerra Mundial. Y Helmut von Moltke, jefe del estado mayor alemán, advertía la importancia de que la opinión pública se convenciera de que era justo y necesario ir a la guerra. “Si la guerra se produce, no puede haber duda de que el peso principal de la responsabilidad recaerá sobre Alemania… No obstante, en las presentes circunstancias, podemos seguir afrontando con confianza hasta las tareas más difíciles si logramos formular el casus belli de tal modo que la nación se levante en armas de manera unida y entusiasta”.
La suerte estaba echada. Hasta los internacionalistas más organizados adoquinaban el camino que conducía a la guerra, que finalmente estalló el 28 de julio de 1914
En 1838, Lord Durham había dicho de Canadá que se componía de dos naciones enfrentadas en el seno de un solo Estado y más de un siglo y medio después el conflicto entre franceses e ingleses canadienses aún no ha terminado. Imagínense, por tanto, el desafío del Imperio Austrohúngaro, que reconocía hasta 10 idiomas oficiales. Esto no fue tan importante durante siglos, cuando las personas se definían por su religión, por su gobernante, o su localidad y no por su nacionalidad; pero en las postrimerías del siglo XIX el nacionalismo, es decir, la identificación como miembro de un grupo distintivo por su idioma, su religión, su historia, su cultura o su raza, se había convertido en fuerza de cambio por toda Europa. El impulso del nacionalismo en el Este de Europa fue tal que las clases sociales, que en otros países llegaron a formar partidos socialistas, liberales o conservadores, aquí se fragmentaron conforme a las divisiones nacionales, algo muy similar a lo acontecido al final del siglo XX en Bélgica entre Flandes y Valonia.
El centro del debate en Rusia, su pervivencia como nación, no difiere con el zar, Stalin o Putin. Los tres sostienen que tanto ellos como su régimen eran y son necesarios para mantener a Rusia unida frente a la amenaza enemiga. Consecuencia de ello es la interminable búsqueda de seguridad llevando sus fronteras siempre un poco más allá, como hoy ocurre en Crimea y Ucrania. El problema fundamental de Rusia en sus relaciones exteriores es consecuencia de su geografía, que no le había dotado de defensas naturales contra los posibles invasores mongoles (tártaros para los rusos), suecos, prusianos, franceses y sobre todo alemanes.
Mientras tanto, el parlamento alemán aprobaba, con el apoyo del Partido Socialdemócrata (el mayor partido socialista de Europa) su tercera versión del proyecto de Ley de Defensa presentado por el gobierno, que incrementaba los efectivos del ejército de 117.267 a 661.478 hombres. La suerte estaba echada. Hasta los internacionalistas más organizados adoquinaban el camino que conducía a la guerra, que finalmente estalló el 28 de julio de 1914.
Winston Churchill no era en modo alguno el único que se sintió eufórico ante aquel drama. Churchill, por la época Primer Lord del Almirantazgo, equivalente a ministro de la Marina de Guerra, escribió a su esposa: “Mi amor. Todo tiende a la catástrofe y al derrumbe. Yo me siento curioso, dispuesto y feliz. ¿No es horrible estar hecho de esta madera?”.
Margaret MacMillan, autora de 1914, De la paz a la guerra (Editorial Turner Noema), libro cuya lectura recomiendo y del que he hecho uso para escribir este artículo, sostiene que la Gran Guerra no tuvo una única causa, sino que fue provocada por una combinación de factores y, en última instancia, de decisiones humanas. Y que la carrera armamentista sirvió para elevar el nivel de las tensiones en Europa y presionó a los líderes para que apretaran el gatillo antes que el enemigo. MacMillan resume las dos causas que llevaron a la guerra: “Primero, la falta de imaginación para ver cuán destructivo sería un conflicto semejante; y segundo, la falta de valor para enfrentarse a quienes decían que no quedaba otra opción que ir a la guerra. Siempre hay otras opciones”.
Tras el final de aquella contienda, el kaiser Guillermo, derrocado y exiliado en Holanda, tomó nota del ascenso de Hitler con sentimientos encontrados: le parecía vulgar y plebeyo, pero estaba de acuerdo con su visión de devolver la grandeza a Alemania por la fuerza militar. Sin embargo, advirtió: “Eso acabará con él, como acabó conmigo”. Murió tres semanas antes de que Hitler invadiera Rusia. El mismo catastrófico error, la guerra en dos frentes, que llevó a la derrota a su Imperio en 1918.
Pero lo trastornador no fue la aparición de Hitler en el escenario de la historia, sino la rapidez con que la sociedad alemana cambió de aspecto: hombres cultos y civiles se transformaron en caníbales, los frenos de la civilización se revelaron frágiles y cedieron al primer encontronazo y se embarcaron en una Segunda Guerra Mundial que, esa sí, fue la guerra que no podíamos perder. De siempre he mantenido que “¡Muerte al fascismo!” es un eslogan que no necesita corrección. Y tiene plena vigencia.
Deia







