“Hay hombres cuya conducta es una mentira continua”. Paul Henri Thiry
Los españoles situados en Logroño se preparan para resistir el ataque del ejército navarro y sus aliados, capitaneados por el señor de Asparros, gracias a los informes aportados por uno de sus espías, Vélez de Guevara, subordinado del terrorífico coronel Villalba. Así el 5 de junio de 1521, las baterías de artillería navarra bombardean las murallas de la capital riojana, fuertemente protegida por soldados españoles.
Muy pronto, a las tropas navarras del general Andrés de Foix comienza a faltarles avituallamiento. En eso que 4000 hombres del duque de Nájera aparecen por el horizonte, comandados por el desertor Luís de Beaumont, tercer conde de Lerin, y atacan al contingente navarro, lo que provoca la huida de los hombres del señor de Asparros y el levantamiento del cerco a la ciudad a orillas del río Ebro, que tan sólo duró seis días.
A las tropas españolas del desertor Luís de Beaumont se le unieron rápidamente las fuerzas de los gobernadores castellanos, que tras derrotar a los comuneros corrieron a socorrer Logroño. El Duque de Nájera organiza en Navarrete nuevos contingentes provenientes de Guipúzcoa, Álava y Vizcaya, formados en su totalidad por 5000 hombres más. Mientras, las tropas españolas de Lanuza, Virrey de Aragón, invaden y ocupan de nuevo la ciudad navarra de Zangoza, robando víveres a la población.
El ejército español, muy superior en número, marcha de nuevo para invadir y ocupar Navarra. Tutera se rinde rápidamente al invasor, tras el abandono de la fortaleza del merino de ciudad y señor de Ablitas, Antonio Enríquez de Lacarra. Los españoles desde Tutera exigen la rendición de Corella y Cintruénigo, junto al pago de 1000 ducados a cada villa. El desertor Luís de Armendáriz fue el encargado de invitar a la rendición a los navarros de Arguedas. Las deserciones eran bien pagadas por los españoles.
Las tropas del general Asparros, tras retirase de Logroño, llegan a Tiebas, donde se establecen. Mientras las tropas españolas de Vélez de Guevara arrasan militarmente numerosos pueblos y villas, y se sitúan en Baigorri (Oteiza de la Solana), desde donde mantienen el dominio estratégico de la cuenca de Lizarra. Así atacan Lizarra y asedian la fortaleza de la ciudad del Ega, defendida por el navarro León de Garro.
Tras el ataque los soldados españoles comienzan el robo y el pillaje, aprovechando la ausencia de Lizarra del regidor navarro Juan de Baquedano, que no se encontraba en la ciudad, al igual que muchos navarros que habían participado en la reconquista de la ciudad, escasos meses atrás.
Las tropas españolas estaban estratégicamente situadas entre Gares y Lizarra, para poderlas atacar o encastillarse en las mismas. Las escaramuzas entre navarros y españoles estaban a la orden del día. Pero los españoles contaban con 30.000 hombres y la ya ocupada ciudad de Gares, desde donde decidieron los gobernadores españoles Adriano, Velasco y Enríquez, el 29 de junio, la imperiosa necesidad de plantar batalla abierta a las tropas navarras del señor de Asparros, apremiados por un posible motín entre sus tropas.
Las tropas españolas parten en busca del ejército navarro, contando con la inestimable colaboración del desertor Francés de Beaumont, señor de Arazuri, que al mando de 500 lanzas del conde de Lerin, se presta como guía a los españoles, llevándolos por un camino de la sierra del Perdón, desconocido por el ejército español, dejando así de lado el camino Real entre Gares e Iruñea, que pasaba por Tiebas, donde estaba situada la artillería navarra y cerrando de paso a una posible retirada a Iruñea de las tropas navarras.
La infantería española del duque de Nájera estaba formada por 4000 hombres, más 500 lanzas de caballería, y se situaron en la noche del día 29 de junio en la retaguardia del ejército navarro. A los navarros solo les quedan dos opciones, rendirse o luchar.
Las tropas navarras estaban compuestas por los hijos del mariscal Pedro de Navarra, preso en Simancas, más los linajes de Bertiz, Jaso, Belaz, Remírez de Baquedano, Garro y los siempre fieles Olloki. Mientras, el ejército del emperador Carlos I de España, donde se encontraban bastantes desertores beaumontes, como Armendáriz, Ursua, Arbizu, Góngora o Beaumont, contaba con auténticos militares profesionales.
El día 30 de junio de 1521 amanece en un día caluroso. El general Andrés de Foix, efectúa un último reconocimiento del enemigo español. El joven señor Asparros, valiente y temeroso a la vez, inicia la batalla a las dos de tarde, sin esperar que se le reunieran los 2.000 navarros y gascones que guarnecían Tafalla a las órdenes de Iñigo Echauz y del señor de Olloki, ni a los 6.000 gascones que se hallaban concentrados en Iruñea. El ejército español era tres veces superior.
Las tropas navarras, inicialmente, infringen un serio castigo a las tropas imperiales españolas. Pero la caballería española, al mando del almirante de Castilla, realiza un movimiento envolvente sobre los caballeros navarros. La batalla fue larga y sangrienta, cayendo finalmente la victoria del lado español, gracias al trabajo de su artillería. Al anochecer 5.000 navarros yacían tendidos muertos tras la batalla, en los campos de Ezkirotz, Noain y Barbatain.
Carlos de Mauleón, Juan de Sarasa, el capitán San Martín y Carlos de Navascues, son algunos de los nombres de los caballeros navarros que perdieron su vida defendiendo la libertad del reino de Navarra. El señor de Asparros luchó hasta caer herido y ciego, siendo apresado por el desertor Francés de Beaumont. Sí pudieron escapar, en cambio, el hijo del mariscal Pedro de Navarra, de igual nombre y también mariscal de Navarra, Angel de Agramont, Fadrique de Navarra, Juan de Azpilkueta y otros, que se refugian al norte del Pirineo.
A Francés de Beaumont los españoles le encargaron la tarea de rendir Iruñea, otorgándole el poder necesario para conseguir dicho objetivo. Tras la retirada de las tropas navarras de la ciudad, Francés de Beaumont entrega gustoso la fortaleza al español Miguel Herrera, el cual se muestra complacido.
Con la entrada de los gobernadores españoles muchos vecinos de Iruñea intentan huir, siendo asesinados como conejos por las tropas españolas. Los bienes de los asesinados son repartidos entre los beaumonteses. Pedro de Beaumont sustituye a Herrera como alcaide de la fortaleza de Iruñea, gracias al mandato de Enríquez, el almirante de las tropas de invasión españolas.
Mientras, al norte del Pirineo el ejército navarro vuelve a organizarse, contando además con una nueva incorporación de su aliado el reino de Francia, la del mismísimo almirante Guillermo Gufior, señor de Bonivet. Las tropas navarras marchan en el mes de septiembre con dirección al castillo de Amaiur, que volvía a estar ocupado por tropas invasoras españolas.
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