Las últimas elecciones (municipales y locales del 2015) han supuesto una sorpresa no tanto entre quienes confiaban que por una vez al menos en la vida pudiera acontecer el cambio, cuanto entre quienes confiaban en la seguridad e inmovilidad de lo tradicionalmente establecido. Esto último, diría Spengler, es característica de las sociedades agrarias frente a las urbanas más propicias a la cultura (a la interiorización de lo acontecido) sin alcanzar el estadio decadente que como tal la civilización impone. Buena prueba de ello, es como el espíritu alternativo al statu quo, es protagonizado por la clase funcionarial, o con aspiraciones a serlo, surgida del mundo educativo, profesores del derecho, historiadores en ciernes, politólogos, sociólogos de la estadística y de la lengua, licenciados de la información, así como un largo etcétera a los que habremos, no obstante, de agradecer su implicación, sumándoseles los más tradicionales administradores del poder: abogados sin ejercicio, o con él, y economistas. Este conglomerado, matiza Habermas en la idea de Karl Grünberg, planteada en el lejano año de 1924, era considerado como la base del mandarinato: “…esto es, la totalidad de los funcionarios de la sociedad formados profesionalmente en las universidades: los jueces, los abogados, los funcionarios de la administración, los síndicos de las cámaras de comercio, los profesores de enseñanzas media, los médicos, etcétera, constituyen un presupuesto ineludible del curso normal de la vida social, económica y jurídica”. A los que, por fin, les ha llegado el momento si es que en algún momento no lo tuvieron o lo perdieron.
A las asociaciones empresariales y sindicatos obreros, dentro de la democracia, les queda una vía paralela y marginal de representación corporativista en la lucha por los intereses de la explotación, mayormente de índole pecuniario. Así es como la esfera del trabajo no termina de implicarse en las condiciones de la política salvo excepcionalmente o de forma indirecta, puesto que en la splengeriana visión -para nada sospechosa de ser de izquierdas- ya se sabe que el mal denominado sistema democrático es el determinado por la servidumbre al dinero. Ya no digamos nada de aquel inframundo donde la marginalidad va creando las condiciones de una subcultura -que al parecer es de mucho agradecer, dada la visión gubernamental- de autoexplotación. Esta observación es importante puesto que, mientras no se aborden estas dos esferas, la democracia nunca podrá ser completa y la alternativa al poder no pasará de consistir en constituir una carrera de relevos entre aquellos participantes preinscritos. Sus plataformas: partidos políticos y los, por el momento, emergentes movimientos sociales.
El mandarinato es propio de ese crecimiento cultural hacia lo ancho de la expresión de Hartmann. Su característica principal en el asumido principio jerárquico por el que se rige y que ha de transmitir. Su condición inexcusable es el de la inquebrantable obediencia hacia quien es poseedor y titular del dominio. Y que, todo hay que decirlo, hasta el momento parece ser imprescindible en el correcto funcionamiento societario. Una mirada hacia atrás, la de Spengler, concitaba su representación simbólica en la estamental focalidad de dos emblemáticos edificios de las clases dominantes: el nobiliario castillo y el sacerdotal templo. En una sociedad civilizada -característica del periodo señalado por el mencionado autor como de decadencia- estos bien pudieran extenderse hacia otros complejos parlamentarios, docentes e industriales, así como del ocioso consumo, que tanta satisfacción parecen dar a la demandada situación de mejora en la forma de estar, en el bienestar.
La fortaleza del mandarín surge de la tranquilidad que le da saber que cuenta con la seguridad necesaria para asentar el estatus a través del reconocimiento meritocrático. Lo que en modo alguno es cuestión baladí, no obstante su tendencia hacia la obesidad, una de cuyas acepciones sinonímicas consiste en ser, además de corpulento, humano. Esto último es lo menos que se puede exigir a una sensibilidad que dice caminar hacia el cambio. Y el negarse a ello, tal vez contribuya a esa moda de la delgadez extrema que paradójicamente no nos hace más espirituales sino, en todo caso, corporales, pues ya el mismo Spengler desconfiaba del footing cuando afirmaba la anulación de la tensión espiritual por la corpórea del deporte.
Se dirá que éste es un pensamiento de derechas, pero como es fácil de comprobar todos los regímenes, tanto autoritarios como democráticos, han sido potenciales defensores de la competición olímpica. Lo que nos llevaría a repensar el régimen de dualidad dicotómica de la separación entre tradición y progresía, derechas e izquierdas. De ello trata el ensayo Posizquierda del italiano Marco Revelli fundamentado sobre la pérdida del espacio político y el binomio izquierda/derecha. Este autor nos da cuenta de cómo: “No se puede menos que subrayar, de hecho, que la derecha, al menos a partir de la caída del Muro, ha asumido el tema de la superación de lo existente y de la ruptura con el pasado, apelando a la movilización de las masas y dirigiéndolas contra las instituciones de la modernidad industrial más típicas (las que encarnaban de modo más explícito los valores de la igualdad: el estado de bienestar, la legislación laboral, la fiscalidad progresiva, etcétera), mientras que la izquierda, cuando ha querido seguir siendo coherente con su identidad, ha acabado circunscrita a un papel conservador, y cuando ha intentado adaptarse a los tiempos, ha abandonado su criterio original (desde el punto de vista social y de los valores), haciendo propios temas y valores del adversario; en particular, el conjunto de políticas y de principios vinculados a la exigencia de seguridad y a las prácticas del individualismo posesivo”.
El mandarinato, por ende, lo mismo se alimenta de esa izquierda trasnochada que de la derecha emergente. Su capital de conocimiento, originado en los mismos centros de formación del que se nutren unos y otros, hace que el debate dentro de la comunidad de los expertos se vea condicionada por homologables planes de estudio. Lo que no resta competencia ni aún menos excelencia en la optimización de algunos resultados, casi siempre a demanda del sistema, consiguiendo hacer del mismo el verdadero núcleo de dirección en la gestión de una lógica cerrada y sin enemigos del neo-totalitarismo basado en la sociedad del consumo. No obstante -aunque lo dudo- ojalá constituya ésta que ahora se nos ofrece, una nueva oportunidad para el surgimiento de una verdadera aristocracia del conocimiento.
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