Comparto por completo el pensamiento de Xavier Bru de Sala, al decir que el plan de España para detener la independencia de Cataluña consiste, entre otras cosas, en desacreditar el civismo ejemplar del país y presentarlo como una sociedad rota, deshecha y el umbral de una guerra civil. Por supuesto que el plan es éste. De hecho, es justamente por eso que siempre les ha molestado más el conflicto con Cataluña que el conflicto con el País Vasco. Recordemos las declaraciones hechas en 1982 por Rodolfo Martín Villa, que fue vicepresidente primero del gobierno español: “Me da más miedo Cataluña que el País Vasco”. Y recordemos también las de 1984 de Felipe González, presidente de un gobierno que creó una banda terrorista: “El terrorismo en el País Vasco es una cuestión de orden público, el auténtico peligro es el hecho diferencial catalán”.
Fijémonos , por otra parte, que el Estado que amenaza encarcelar al presidente Mas por permitir que los catalanes voten es el mismo que nunca ha encerrado en prisión a Rodolfo Martín Villa ni a Felipe González. El primero como miembro destacado de un régimen fascista que cometió miles de crímenes contra la humanidad y el segundo como jefe de un gobierno que financiaba una banda de asesinos. Al contrario, ambos viven una confortable jubilación como “demócratas de toda la vida”. Esto sólo ya dice cuáles son los ‘valores’ del adversario con el que nos enfrentamos y qué bajezas morales es capaz de hacer para impedir el ejercicio más elemental de la democracia: el derecho de toda sociedad adulta a dirimir sus diferencias por medio de las urnas. Parece que le intimidan más las urnas que las armas.
Digamos también que un Estado verdaderamente democrático se habría sentido interpelado tras una manifestación como la Vía Catalana, certificada con dos millones de personas. El Estado español no. En absoluto. Y si en lugar de dos millones hubieran sido cuatro o cinco, tampoco. La Vía Catalana no le gustó, claro que no. Pero no por el récord de asistentes, sino por la proyección internacional que tuvo como ejemplo universal de civismo. En este punto, Cataluña le pisó el callo. Desde entonces, el gobierno español ha decidido que este civismo es contrario a los intereses de ‘la unidad de España’ e intentará romperlo de todas las maneras posibles. Es decir, tratará de fabricar una imagen violenta de Cataluña que justifique la represión del Estado por medio de medidas excepcionales.
Las declaraciones del ministro Jorge Fernández Díaz -“he vivido situaciones muy tristes que nunca pensé que viviría en Cataluña”-, refiriéndose a las reuniones familiares durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo, forman parte de esta política gubernamental de acuerdo con los guionistas de la FAES. Ahora toca decir que hay “fractura social” en Cataluña, con la esperanza de que la haya de verdad, con la esperanza de que se hinchen algunas venas y que se produzca un hecho que ilustre la “fractura” con tal de poder difundirlo por todo el mundo como muestra de “paroxismo catalanista”. Lo más lamentable de una actitud así es que no corresponde únicamente a una estrategia. ¡Ojalá, fuera sólo eso! El problema es que los que dicen estas tonterías se las creen de verdad. Están convencidos de que todo catalán crea fractura social por el solo hecho de querer una Cataluña independiente. Quererla dependiente, no. Pero independiente, sí. Ser español es inclusivo, ser catalán es satánico. Por eso Fernández Díaz dice lo que dice refiriéndose al presidente Mas: “Lo que más me duele es que está fracturando la sociedad catalana en el ámbito familiar, entre compañeros de trabajo, entre grupos de amigos…”
La gente totalitaria, la gente absolutista siempre considera una provocación la refutación del pensamiento único. Pensar diferente fractura, dicen. Todo régimen autoritario considera fracturadores sociales a quienes no aceptan su hegemonía, todo amo califica de perturbadores de la paz social a los sometidos que se rebelan. Sabe que un sujeto rebelde crea más rebeldes, alimenta la conciencia de grupo y fortalezca la dignidad, y esto le hace imparable e imbatible. La única solución, por tanto, es estigmatizar a los rebeldes y aislarlos como si fueran fruta podrida. Y si para ello es necesario escenificar un conflicto violento pues se hace y listo. De la violencia de que no te dejen votar, de la violencia de que no te dejen ser sencillamente catalán, no dice nada el absolutista. Él ha venido a este mundo a decirte qué puedes ser y quién no puedes ser y tú sólo has nacido para obedecerle. Su error, sin embargo, es pensar que los rebeldes son cuatro gatos, que todo es culpa de un caudillo que alborota las aves de corral y que la solución pasa por poder decir ‘muerto el perro se acabó la rabia’. Si no caes en sus provocaciones, si mantienes la cabeza fría y la calma, descubrirás que el dueño era en realidad un tigre de papel y te preguntarás cómo has tardado tanto tiempo en darte cuenta. Pero ya no importará, porque serás libre.
Víctor Alexandre
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