Como comentaba en un artículo anterior [‘Recuperar la dignidad o nada’ (1)], los catalanes hemos sufrido tantas humillaciones (tanto de nuestros enemigos como de nuestros representantes), que hemos llegado al límite. Hemos llegado al punto de que prácticamente no esperamos nada de las instituciones ni de los políticos. Nos conformaríamos con que no nos humillaran más ni permitieran que sigamos siendo humillados por nadie.
Es en este marco como se entienden las reacciones políticas y sociales a muchas cosas que ocurren en el país. Seguramente las muestras de catalanofobia y las discriminaciones lingüísticas son su ejemplo paradigmático. Gente que ha dado por perdida la independencia, aunque sabe que sin independencia no hay nada que hacer, todavía exige que alguien, quien sea, plante cara a todos los intentos de humillación. No es cosa ya de remediarlo, sino de revolverse y que al menos no quede impune.
La creciente demanda de revolverse y hacer frente a cualquier nuevo intento de humillación contra los catalanes no parece algo muy racional ni que responda a estrategia concreta alguna. Al menos no más allá de creer que lo que nos pasa es la consecuencia de haber demostrado nuestras debilidades con la gran marcha atrás de los políticos después del 1-O. Y, en todo caso, de entrada no seré yo quien critique una tendencia a endurecer nuestro comportamiento en situaciones de conflicto.
Los catalanes, efectivamente, necesitamos superar la tendencia a evitar el conflicto que tanto daño nos ha hecho en los últimos años. Sobre todo por lo que conlleva en una situación de represión y privación de derechos como la vivida por el país. Evitar el conflicto cuando nos atacan es generalmente un error, porque el enemigo lo percibe como debilidad y tiene todos los incentivos para humillarnos. Y si no lo hace el enemigo, lo puede acabar haciendo cualquier adversario que perciba esta debilidad.
Todo ello, en definitiva, vuelve a confirmar que nada de lo que pasa nos debería sorprender. Pero también debería motivarnos para ir un poco más allá e intentar alzarnos como país. Al menos, avanzar en la racionalización de nuestro comportamiento para modularlo en función de una estrategia como es debido. Una estrategia que necesariamente deberá dejar de centrarse en los síntomas y poner de nuevo sobre la mesa las soluciones.
Una primera reflexión a hacer es sobre la importancia de que el endurecimiento de nuestro comportamiento se dirija contra los agresores reales y aquellos que se interponen entre nosotros y la solución a nuestros problemas. Endurecer nuestro comportamiento contra terceros más débiles, o contra personas concretas en vez de las estructuras de poder para las que trabajan, puede ser claramente contraproducente.
Tampoco deberíamos confundir endurecer nuestro comportamiento ante las agresiones y discriminaciones que sufrimos con abrazar un mundo regido por la ley del más fuerte. Evidentemente nosotros no decidiremos si el mundo vuelve a regirse por normas o sigue imperando la ley de la selva, políticamente hablando. Pero debemos ser conscientes de que si la cosa va de fuertes aplastando a los débiles, Cataluña tiene muchos números para estar junto a los aplastados. No nos va a salvar querer jugar a ser de los fuertes.
A los catalanes nos conviene hacernos fuertes y endurecer nuestra defensa de las leyes universales y los derechos humanos. En cambio, aunque desgraciadamente la tentación está cada vez más presente, no nos conviene responder a la discriminación que sufrimos practicando la discriminación con otros. Básicamente porque la ley universal que condena la discriminación por razones de lengua es la misma que condena la discriminación por género, religión, orígenes o cualquier otra condición.
Se podría alegar que el camino no es la respuesta universalista sino la particularista. Es decir, que la dignidad de los catalanes no debe fundamentarse en la afirmación de la dignidad universal sino en ser los dueños de nuestra casa. Y, ciertamente, debemos ser los dueños de nuestra casa. Pero no podemos perder de vista que por ser dueños de nuestra casa nos conviene que rija el principio universal de que todo el mundo debe ser dueño de su casa (dicho de otro modo, el derecho de autodeterminación).
El relato solo no te da el poder, pero para tener poder debes ganar el relato. ¿Qué credibilidad tiene la denuncia del asimilacionismo español hecha por alguien que defiende el asimilacionismo respecto a otros colectivos? Si respetar la identidad cultural de todos no es un valor universal, ¿qué argumento mejor tenemos para decir que querer hacernos españoles a la fuerza es un proyecto políticamente repugnante? Al fin y al cabo, si la dignidad de los catalanes no se funda en la dignidad humana, ¿alguien me puede decir en qué se funda?
(1) https://elmon.cat/opinio/recuperar-la-dignitat-o-res-1029488/
EL MÓN








