La dificultad de actuar políticamente

Imaginar que estamos muertos, hacerse el muerto: he aquí una acción que da toda la pinta de un juego infantil. ¿Quien no ha jugado a hacerse el muerto, inmóvil como una estatua o acostado sobre el agua en el mar o en la piscina? Pero este juego, de apariencia banal, puede llegar a ser, según Roger-Pol Droit, un ejercicio propiamente filosófico, hasta tal punto que es el más difícil de todos los que ha recogido en su libro 101 experiencias de filosofía cotidiana. El más difícil porque es imposible. Podemos imaginarnos la propia muerte: la agonía, la muerte, el funeral, el entierro .. pero, por mucho que nos esforcemos, seguimos estando vivos. En sentido literal, no podemos imaginarnos muertos, porque este será siempre un pensamiento de persona viva. Y es que la muerte no es sólo la negación de la vida, sino también, claro, la desaparición del pensamiento. Imaginarnos muertos, en realidad, es una confirmación de la vida. La realidad humana es la vida, no la muerte. Y, aún así, la muerte tiene en nuestra cultura y en la tradición filosófica un extraño prestigio. La muerte, al parecer, es una de esas cosas tan serias de las que se supone que se ocupa la filosofía.

Este prestigio de la muerte ha provocado aberraciones filosóficas tan descomunales como la de Heidegger, que sostuvo, de forma reincidente, que el ser humano es un “ser para la muerte” (en alemán, ‘Sein zum Tod’ ). Este disparate no significa que todos los humanos morimos, lo que es una obviedad incluso para los que nunca han leído Heidegger, y muy bien que han hecho, sino que significa que el destino del ser humano, lo que orienta todo su ser, es que es para la muerte y que, por tanto, es la muerte la que da sentido a la vida. No extraña que este filósofo, cuando tuvo ocasión, se afiliara al Partido Nazi y contribuyera con unos discursos entusiastas a sostener este régimen criminal que envió a millones de personas al exterminio.

Fue Hannah Arendt quien, años después, daría a esta extravagancia una réplica filosófica inapelable, con una ruidosa bofetada: “Los humanos, aunque han de morir, no han nacido para eso, sino para empezar”. Fue ella quien, en ‘La condición humana’ , pensó en la importancia de la natividad por encima de la muerte. Y es que todo nacimiento inaugura un mundo, mientras que la muerte lo extingue. Y aún más: identificó la acción política con el nacimiento, porque la acción, que es la actividad política por excelencia, implica siempre un comienzo. Y es que ella estaba convencida, con razón, de que la política no es la mera gestión administrativa, sino el ámbito a través del cual nos insertamos, como si fuera un segundo nacimiento, en el mundo humano. Así, actuar políticamente, dice Arendt, es empezar, poner algo en movimiento, interrumpir el inexorable curso automático de la vida cotidiana. “A la acción le es peculiar poner en marcha procesos […] y emprender un nuevo comienzo, iniciar algo nuevo, tomar la iniciativa”, escribió en ‘¿Qué es la política?’ Sólo a través de la acción es posible, añade, esperar lo inesperado e incluso improbable, porque la acción trastoca el mundo.

Por eso es tan difícil hacer política, actuar políticamente. Porque es difícil inaugurar mundos que derrumban a los caducos. Es más fácil la inercia que lleva a mantenerlos, aunque sean injustos y anacrónicos. Pero cuando aparece la acción política, la posibilidad de comenzar un proceso que permita la apertura de un mundo, y con él abrir caminos, es como si se produjera un cataclismo. Y en verdad: lo es. Una operación de riesgo, sin duda, sólo al alcance de pueblos valientes capaces de imaginar un mundo diferente del que existe y de hacer todo lo que pueden para lograrlo.

ARA