La devastación cultural

El proceso de disolución de la nación catalana que estamos experimentando desde el ‘impasse’ en el que ha caído el proceso independentista también tiene una dimensión vinculada a la alta cultura que, en mi opinión, es determinante. La cultura es, como decía el añorado Joan Triadú, la principal “infraestructura” nacional de un pueblo castigado al no disponer de los medios de consolidación de un orden político que proporciona un Estado y su aparato coactivo. Sin embargo, si incluso en la época del franquismo y de la represión directa contra la lengua y la creación en catalán se mantuvo una conciencia de comunidad cultural, entre las agonías que ha traido el regreso al autonomismo tras el intento de secesión se puede contar el riesgo de la desaparición de todo imaginario cultural y, por tanto, de uno de los componentes de adhesión y sentido de pertinencia más importantes con los que cuentan los grupos humanos para cohesionarnos. 

Podríamos visualizar la magnitud de la catástrofe con un reto sencillo: si asumimos la literatura como una de las principales fuentes de creación de imaginarios, podría plantearse en una encuesta con una muestra significativa de la población que los entrevistados al menos dijeran un nombre de algún escritor o escritora en lengua catalana vivo.

Tampoco es que pudiéramos esperar grandes resultados y conocimientos sobre los escritores de nuestra tradición pero el contraste sería aún más hiriente respecto a la situación de hace unas décadas y el recuerdo que tenemos algunos del impacto que, por ejemplo, Salvador Espriu había tenido en la vida pública. En esta línea, de hecho, podemos incluso lamentar que las obras de figuras que podríamos haber considerado en algún momento totémicas fallecidas en los últimos 20 años, pensemos por ejemplo en Baltasar Porcel o Joan Margarit, raramente sean recuperadas, leídas y reinterpretadas por el público actual.

Si incluso lo que podríamos llamar los “clásicos recientes” se van hundiendo lentamente en el olvido, ¿qué eco podemos esperar de los creadores que ahora mismo están en su madurez o en la efervescencia de la juventud? El supuesto sistema mediático-cultural se echó las manos en la cabeza cuando el editor Aniol Rafel vendió su participación de Periscopi al Grup 62 (es decir, a Planeta) porque algunos consideraban que la integración de una editorial independiente en un gran oligopolio editorial marginaba aún más la diversidad de voces que escriben en catalán. Pero, en resumidas cuentas, ¿qué impacto real tenían, por ejemplo, los narradores en catalán de Periscopi en el conjunto social? ¿Qué lectores, qué debates generaban sus obras? Y, de hecho, ¿qué impacto tienen los autores en catalán que publican en los sellos de Planeta? ¿Tendrá alguna trascendencia para la difusión de las obras de Marta Orriols, Borja Bagunyà, Manuel Baixauli o Helena Guilera que ahora publiquen en una editorial de un grupo grande? La realidad es que, por desgracia, todo esto es indiferente, porque hagan lo que hagan estos autores será muy difícil que en el contexto de un sistema educativo destrozado, desde la primaria hasta la universidad, de unos medios de comunicación adocenados y acomplejados por las redes sociales, y de una tarea crítica completamente ausente y que ha renunciado a recuperar cualquier tipo de en nuestra forma colectiva de interpretar el mundo. En parte, esto es precisamente porque esta “forma colectiva” se está adelgazando a marchas forzadas. Como decía el citado editor Aniol Rafel en una entrevista: “Me gustaría que el libro en catalán estuviera en el centro, pero la literatura y la lectura son muy residuales. […] Nuestra competencia son las otras formas con las que la gente ahora pasa el tiempo. Y la posición social que tiene el catalán no es buena. Ves a los chavales en las escuelas y no lo usan. Si las generaciones que deben leer en catalán no lo utilizan, ¿quién leerá en catalán mañana?”

¿Quién leerá en catalán, mañana? Añadiríamos aquí, ¿y quién interpretará el mundo desde la pertenencia al colectivo y al imaginario en catalán? No lo sabemos pero nos tememos lo peor. Y aún más preocupante que advertir el fúnebre destino que espera a los fundamentos de conciencia y de identidad de nuestra comunidad es que no existe ni siquiera la osadía de hacer el diagnóstico de las causas de este bajón y de los remedios que habría que impulsar. Al menos podría empezarse por la encuesta que proponía aunque el resultado sea muy doloroso.

EL PUNT-AVUI