La principal debilidad de Cataluña en estos momentos consiste en la resistencia de las clases dirigentes para abrir un proceso de secesión. Por eso empieza a ser nocivo continuar centrando el debate político en el pacto fiscal. Invertir las fuerzas en un proyecto destinado al fracaso, un fracaso del que son conscientes sus mismos defensores, equivale a dilapidar más tiempo y más esfuerzos que ya habría que estar invirtiendo en construir estructuras de Estado y en plantear un conflicto político ante España y frente a Europa.
Sí ya sabemos que España es irreformable, que las reivindicaciones catalanas acaban chocando contra el muro de la estructura constitucional española (y lo sabemos porque, entre otras cosas, el proceso que se dibuja con el pacto fiscal empieza a presentar alarmantes identidades con el derrumbe derivado de la reforma del Estatuto), ¿a qué viene continuar insistiendo en un ritual absurdo y doloroso? Con el agravio añadido de que quizás cuando la propuesta sobre la nueva financiación se empotre contra las rocas del poder central, Cataluña ya estará suficientemente arrasada, suficientemente expoliada, suficientemente exangüe y desguazada y será imposible plantear la batalla por la libertad nacional. No hacen falta pasos intermedios ni necesidad de cargarnos de más razones para constatar que la única salida es la plena soberanía.
No es que se trate, como argumenta la mayoría gobernante, de acumular fuerzas en la negociación para alcanzar un trato fiscal justo, es que, al embarcarse en otra aventura diferente del objetivo independentista, nos arriesgamos a perder las pocas energías que nos quedan. Mientras el horizonte político siga siendo el pacto fiscal nos estamos absteniendo de desarrollar la estrategia para alcanzar la independencia. La mayoría de nuestros representantes nos vuelven a meter en el callejón sin salida en el que en Madrid nos quieren ver confinados: divididos, confusos y desahuciados. De hecho, nuestros complejos son la mejor arma que España aún retiene para evitar su descomposición, ya que también se encuentra en una situación crítica, cerca del colapso económico y con todas las instituciones desprestigiadas.
La completa desorientación de la clase política catalana y del corral mediático que le hace de corifeo se manifiesta ante todo en las incertidumbres que se derivan de la terminología que se invoca para referirse a la reforma financiera. Después de haber constatado que la opinión pública no entiende de ninguna manera qué significa el “pacto fiscal” (aunque apoyen la medida o voten a los partidos que la defienden), últimamente circula la pretensión de lograr una “hacienda propia” o de aspirar a acercarnos al sistema de “concierto económico”. Este es el objetivo que parece plantear el presidente de ERC, Oriol Junqueras, a pesar de jactarse de “hablar claro” sobre el horizonte político de esta formación, lo que confirma, por cierto, que también con esta nueva dirección de ERC el proyecto hacia la independencia política sigue siendo pospuesto ‘sine die’. Vale la pena analizar la posición de ERC porque se podría describir como el lío que atenaza a CiU y a buena parte del catalanismo elevado a una potencia superior. Ante la certeza de que el gobierno español del PP no negociará nada sustancial para frenar el expolio que sufre Catalunya, se plantea la idea de un gesto unilateral que permita cortar el drenaje financiero y acaparar los mínimos recursos que aseguren la viabilidad de la Generalitat. Supongo que esto es en lo que piensan cuando hablan de “hacienda propia” o de financiación “en la línea del concierto”. Pero tanto desde CiU como desde ERC se omite que en el sistema constitucional español no hay cabida para gestos unilaterales. Dicho de otro modo: el único gesto unilateral que se puede realizar es la independencia, precisamente porque es el que rompe con el sistema. Todas las demás opciones, como se comprobó de forma descarnada con el Estatut, significan apostar por una medida inconstitucional pero dentro de la Constitución española. El absurdo de querer romper España y contribuir a su erosión pero sin irse. Todo ello sigue alimentando una nueva fantasía en el catalanismo la de reunir diversos estamentos en torno a un proyecto reformista que no implique ninguna ruptura. En el ciclo político anterior ERC intentó fomentar la concordia con un polo de izquierdas y ahora, minorizada, plantea un acercamiento a los sectores soberanistas de CiU en torno a una reforma del sistema de financiación. Se trata siempre de ganar los favores de un supuesto elector moderado que, por otra parte, nunca dejará de votar a CiU si se le siguen ofreciendo las mismas ambigüedades que proclama la federación. La creación de un polo soberanista, la única alternativa real para detener el descenso que sufre el país, pide un mensaje firme y claro que aspire a la mayoría sin renuncias ideológicas y que, mientras no alcance esta mayoría, practique una oposición implacable que destape las podredumbres del autonomismo agónico.
Como en Madrid son muy conscientes de la falta de coraje de los dirigentes catalanes y de las tribulaciones mentales que les aquejan, intentarán asestar el golpe en un plazo breve, cuando todavía tengan capacidad de decisión a pesar del desastre económico y antes de que el discurso independentista sea hegemónico en las instituciones catalanas. No habrá choque de trenes, porque el tren catalán, empantanado con el pacto fiscal, la hacienda propia, el concierto o cualquier otro desvarío, deberá descarrilado antes. Pero habrá que ser muy consciente de que, antes que España, todos los sectores catalanes que han vendido y comprado este humo serán los primeros responsables del fracaso.







