La confianza hace la fuerza

Muchos catalanes nos hemos empezado a despertar de madrugada con síntomas de ansiedad, con una leve presión en el pecho. Por la noche, hay quienes se acuestan sin querer ver las noticias, o que las miran de reojo. La pregunta que nos habíamos hecho los últimos meses -“¿lo lograremos, verdad?”-, A medida que se acerca el 9-N, se ha convertido en un intranquilo “¿de verdad que no nos echaremos atrás?” Seguro que no es por falta de confianza en el liderazgo del proceso, porque nunca había escuchado tantos no votantes de CiU enamorados de la figura del presidente Artur Mas y tranquilos con Junqueras, Herrera y Camats o Fernández y Arrufat. No: es por las malas pulgas que gastan al otro lado, un Estado que no está acostumbrado a una Cataluña que le haga frente. Sea como sea, y mientras esperamos con impaciencia el desenlace, creo que pueden ser útiles las siguientes consideraciones.

En primer lugar, hay que tener claro que ahora es la hora de la política en el sentido más estricto: es a las instituciones democráticas, Gobierno y Parlamento, y a los partidos a los que corresponde la iniciativa. La ciudadanía ha tenido -y seguirá teniendo en el futuro- un gran papel. Pero ahora es el momento de las decisiones políticas. Y no debe dar ningún miedo de que haya diferencias entre partidos: al contrario, es una fortaleza del proceso y no una debilidad. No nos quejemos, pues, del partidismo, si por ello entendemos el debate entre sensibilidades diferentes. Es necesario que sea así, que por eso votamos cosas diferentes. La ciudadanía debe estar vigilante, pero no es el momento de amenazar con ultimátums que podrían poner en riesgo la unidad de los partidos favorables a la consulta. La sociedad civil hace bien en ocuparse, a través de la campaña ‘Ara es l’hora’ (Ahora es el momento), de informar a los indiferentes e invitar a los indecisos, eso sí, sin crear sensación de saturación. Ahora es el tiempo de la confianza en los que tienen la responsabilidad de asegurar que el 9-N será útil para una causa que no podemos dañar.

En segundo lugar, hay que evitar la contaminación de las interpretaciones más apocalípticas que llegan de España, pero también aquí mismo. No nos podemos tragar los falsos rumores que quieren desacreditar a los líderes políticos y sociales del proceso y hay que esquivar los términos que anuncian escenarios de fracaso. No: aquí nadie ha enredado a los catalanes -como dicen- porque el propósito de la consulta es firme y, si por alguna razón no se pudiera celebrar, no sería por culpa de los que se comprometieron sino de los que la quieren reventar. Y no: aquí nadie sufrirá ninguna gran frustración, porque todo el mundo es consciente de las dificultades de ejercer la soberanía ante los aparatos de un Estado que anda justito de espíritu democrático. De modo que detrás de una gran esperanza -ahora ubicada en el 9-N- sabemos que después habrá otra mayor, y así hasta llegar al final de todo. Los catalanes somos un pueblo razonablemente maduro, que quiere votar, pero que sabe que después de hacerlo aún tendrá que conseguir hacer realidad la voluntad que haya expresado mayoritariamente.

Y esto me lleva al punto final a donde quería llegar: el camino hacia la independencia no se acaba este otoño. Pasa, primero, por votar, sí. Pero esto sólo es un hito más en el camino. Entonces, si los catalanes queremos la independencia, llegará el tiempo de hacer una declaración solemne. Y después de una negociación con España y el mundo, vendrá la hora de proclamarla y de ponernos a elaborar una Constitución que habrá que someter a referéndum… Así pues, podemos ir a dormir con la seguridad de que esto no tiene marcha atrás. Y, sobre todo, levantémonos sabiendo que se acercan unos años apasionantes para construir el nuevo país que tanto habíamos soñado. El 9-N no es el horizonte: es el mirador desde donde podremos divisarlo con toda nitidez.

ARA