El establecimiento de la Comuna de París en 1871 no fue un evento aislado, sino el resultado de una acumulación de tensiones sociales y políticas exacerbadas por la crisis de la guerra franco-prusiana. Tras seis meses de hambre y ruina derivados tanto del conflicto exterior como de lo que se percibía como una traición por parte de las clases dirigentes locales, el pueblo parisino se encontró en una situación límite. La clase dominante francesa había llevado al país a una guerra catastrófica y a una posterior sumisión ante Prusia, lo que impulsó a los trabajadores y trabajadoras a levantar barricadas y establecer su propio sistema de gobierno basado en principios democráticos radicales para resolver los problemas que la burguesía no podía o no quería afrontar. Este levantamiento se nutrió de la tradición revolucionaria de 1789 y 1848, buscando finalmente crear un mundo diseñado y gobernado por la clase obrera, ante el fracaso recurrente de las revueltas anteriores que habían sido cooptadas o aplastadas por la violencia estatal.
La chispa definitiva que dio origen a la Comuna ocurrió en la alborada del 18 de marzo de 1871, cuando el gobierno de Adolphe Thiers intentó desarmar a la ciudad confiscando los cañones de la Guardia Nacional en Montmartre. La resistencia popular ante este intento de desarme provocó la huida del ejército, la administración y el gobierno hacia Versalles, dejando un vacío de poder que fue rápidamente ocupado por el Comité Central de la Guardia Nacional. La Comuna se proclamó oficialmente pocos días después, tras elecciones municipales que llevaron a representantes de la clase trabajadora y de diversos movimientos revolucionarios a la dirección de los distritos. Este nuevo organismo no buscaba simplemente administrar la maquinaria estatal existente, sino que representaba una forma política nueva: un gobierno de los productores frente a la clase apropiadora, diseñado para lograr la emancipación económica del trabajo.
Durante sus setenta y dos días de existencia, la Comuna implementó medidas que subrayaban su carácter proletario y democrático. Entre estas acciones destacaron la entrega de fábricas abandonadas a cooperativas de trabajadores, la prohibición del trabajo nocturno para los panaderos, la condonación de deudas de alquiler y la transformación de las propiedades de la iglesia en bienes de uso social. Asimismo, se estableció que todos los funcionarios públicos fueran elegidos, responsables y revocables en cualquier momento, percibiendo salarios equivalentes a los de un obrero común. Este experimento de autogobierno demostró la capacidad de las clases populares para dirigir departamentos públicos en interés de toda la sociedad, rompiendo con la ineficacia de la burocracia imperial previa.
Sin embargo, la caída violenta de la Comuna estuvo vinculada a una serie de limitaciones estratégicas y errores tácticos que fueron analizados profundamente por pensadores como Carlos Marx y Vladimir Lenin. Uno de los errores más críticos fue lo que se denominó un respeto reverencial hacia el Banco de Francia; la Comuna no se atrevió a ocupar el banco ni a poner su enorme riqueza bajo control democrático, permitiendo que las finanzas del país siguieran siendo un activo para la contrarrevolución de Versalles. Además, existió una vacilación inicial al no emprender una ofensiva inmediata contra Versalles tras la huida de las tropas de Thiers, lo que permitió que el gobierno reaccionario se reorganizara, negociara con Bismarck el retorno de soldados prisioneros y formara un ejército lo suficientemente fuerte como para asaltar la capital. La benevolencia o el buen corazón de los comuneros frente a la agresividad de sus enemigos permitió que la contrarrevolución se preparara para la masacre.
La caída de la Comuna se consumó de manera brutal durante la denominada semana sangrienta a finales de mayo de 1871. Las tropas de Versalles, tras entrar en la ciudad, desataron una represión sin precedentes que culminó en la ejecución sumaria de miles de parisinos. Se estima que más de cien mil hombres y mujeres fueron asesinados por la burguesía francesa en su afán por exterminar la amenaza que la Comuna representaba para el orden establecido. Este desenlace trágico dejó lecciones fundamentales para los movimientos revolucionarios posteriores, especialmente la idea de que la clase obrera no puede simplemente tomar la máquina del Estado tal como está y usarla para sus propios fines, sino que debe destruirla y sustituirla por instituciones de un tipo completamente distinto. El análisis de esta derrota permitió a Lenin y otros teóricos fundamentar la necesidad de una nueva forma de poder estatal que evitara repetir los vacíos estratégicos que llevaron al exterminio de la flor brillante de París.
Referencia bibliográfica:
Marx, C., Lenin, V. I., et al. (2021). Comuna de París 150. Instituto Tricontinental de Investigación Social.





